Petro, el populista

on Sábado, 01 Marzo 2014. Posted in Artículos, Edición 28, Gustavo Petro, Nacional, Democracia, Edwin Cruz

28 EdwinLa novedad del caso Petro no es el poco original uso que la oligarquía y demás opositores al Alcalde hacen del epíteto “populista”, calcado del ya desgastado discurso de la derecha neoliberal, sino el hecho de que la interpelación al pueblo haya tenido cierto éxito o, cuando menos, se haya percibido como exitosa al punto de preocupar a la oligarquía, en un contexto donde no hubo populismo y donde el pueblo secularmente ha estado al margen de la política y ha sido duramente castigado cada vez que ha intentado ingresar en ella.
 
Edwin Cruz
Fuente de la imagen: www.elespectador.com 

La noche del 9 de diciembre de 2013 el Alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, hizo gala de sus destrezas de orador ante una Plaza de Bolívar repleta de indignadas e indignados con el conocido fallo del Procurador. Fue una experiencia extraordinaria en la política colombiana, acostumbrada desde hace tiempo a los discursos impostados atiborrados de pésimas recitacionesi. Entre tanto, en los noticieros de televisión y las cadenas radiales con más sintonía, varios de los analistas de turno se mostraban exasperados por lo que consideraban “polarizar” a la ciudadanía con un discurso “populista”. No era la primera vez que, con un tono de acusación y como si se tratase de un grave crimen o un mortal pecado, se acudía a tal etiqueta para tratar de desautorizar las posiciones del Alcalde. Desde la campaña misma, en 2011, los adversarios de Petro vieron en ese calificativo una alternativa para camuflar sus intereses políticos detrás de una retórica aparentemente técnica y cuestionar la capacidad de gestión del actual Alcalde, condenando todas sus iniciativas.

La llegada de Petro al Palacio Liévano puso en su contra virtualmente a todos los sectores poderosos: los carteles de la contratación, que no se conforman con capturar las rentas del Estado sino que, como él mismo lo demostró, desangran el erario público a punta de corrupción; pero también distintos sectores de la clase política capitalina: desde aquellos “emergentes”, que han hecho carrera desde abajo poniendo a su disposición los mecanismos de la política tradicional, hasta la rancia oligarquía, reencauchada en una generación cuyo ilimitado cinismo le permite presentarse como la renovación de la política, como si antes otros hubiesen ejercido el gobierno, y como alternativa de gestión eficiente, como si no vinieran diciendo lo mismo desde hace décadas sin que se note ningún cambio en su forma de administrar.

Era de esperar, entonces, que a los carteles de la contratación no cayera bien el empeño de Petro por fomentar la transparencia y recuperar para el Estado la gestión de servicios públicos estratégicos. La oligarquía, por su parte, nunca ha cejado en su empeño por recuperar la Alcaldía y, por tanto, también era previsible que se alarmara ante lo que en rigor es el primer gobierno de izquierda de la Ciudad y frente a un mandatario que no se mostró dispuesto a contemporizar con la política tradicional, como sus antecesores. Si a ello se adiciona la instrumentalización que ambos sectores hacen de los medios de comunicación, no debe extrañar que Petro debiera interpelar al pueblo para conseguir el respaldo que no puede tener en el marco de la política institucional.

Con todo, tal como es usado por los antagonistas del Alcalde, el mote de “populista” tiene un claro y desvergonzado contenido político. De ahí su imprecisión, pues en la práctica sirve para condenar cualquier cosa apelando a un significante desprestigiado en el discurso público. En ello no hay ninguna novedad pues, como recuerda Agustín Cuevaii, el remoquete de “populismo” en su sentido negativo empezó a usarse en América Latina justo en el contexto de la crisis económica de principios de la década de los ochenta, para resumir un diagnóstico “técnico” de la situación que empezaba por afirmar que el endeudamiento extremo y los exorbitantes índices de inflación habían sido producidos por gobiernos irresponsables en la gestión del gasto público. Ello serviría, en las dos décadas siguientes, para concentrar cada vez más la política económica en instancias tecnocráticas alejadas de todo control democrático y obedientes a la banca multilateral, todo en aras de la “eficiencia”.

Pero lo paradójico del caso es que los gobiernos que llevaron a la mayoría de los países a ese crítico estado fueron justamente las dictaduras de los años sesenta y setenta que implementaron, de forma pionera, el modelo neoliberal. Así, en aquella época, a principios de los ochenta, ya no había populismo en sentido estricto, si por ello entendemos los sistemas políticos que ampliaron la ciudadanía interpelando al pueblo, excluido del ámbito público-político por la oligarquía desde la fundación de las repúblicas, a mediados del siglo XX, ese “pequeño Estado de bienestar” como también lo llamó Cuevaiii. Más paradójico resulta todavía que en Colombia el “populismo” adquiera esa connotación negativa, pues acá no hubo populismo, porque la oligarquía se encargó de acabar con cualquier posibilidad de que el pueblo ingresara al espacio político desde abril de 1948, pero tampoco una crisis económica similar a la que desde 1982 afectó a otros países. Por todo ello, quizás la condena del “populismo” de Petro se explica, más que por una supuesta gestión deficiente, por la incomodidad que suscita su éxito a la hora de convocar al pueblo.

En este sentido, la etiqueta se ha empleado, por lo menos, con cuatro acepciones:

a) Para indicar que Petro supuestamente no cumple con lo que promete. A diario se ven desfilar por todos los medios de comunicación críticos del Alcalde que lo conminan a gobernar y acatar las decisiones de las instituciones (v.g. el Procurador) en lugar de hacer “populismo”. Así, pasan por alto que la ingobernabilidad es creada justamente por sus adversarios, que no han escatimado esfuerzos y triquiñuelas para entorpecer su gestión, ocasionando grandes costos y perjuicios a la ciudadanía. Además, son pocos los que, en medio de su ira, tienen en cuenta que controlar la provisión de los servicios públicos de forma que se pudiesen reducir las tarifas fue uno de los propósitos del Alcalde. Por consiguiente, no es el incumplimiento sino, al contrario, el cumplimiento de su programa de gobierno lo que ha generado la oposición. Por otro lado, si “populista” es aquél político que no cumple con el programa con el que fue electo, ninguno de los personajes que hoy fruncen el ceño para vociferar en favor de la gestión y la eficiencia podría excluirse de tal apelativo.

b) También se recurre al “populismo” para resaltar la presunta “improvisación” del Alcalde. El populismo de Petro radicaría en la poca planificación que tienen sus medidas, cuyo ejemplo dramático es el de haber cambiado el esquema de recolección de basuras sin contar con la capacidad necesaria para asumir el servicio. Incluso, se ha llegado a decir que se acabó con un modelo de ciudad, supuestamente planificado y eficiente, que se venía construyendo desde fines de los noventa, con lo que nuevamente se hace una operación de cínica memoria selectiva. Por ejemplo, se olvida que el sistema de transporte del tercer milenio surgió de la noche a la mañana, como un reemplazo salomónico al tan esperado metro, y sin que el Alcalde de la época lo hubiese planificado lo suficiente, razón por la cual en su momento, entre 1998 y 2000, se ocasionaron graves problemas de movilidad por el hecho de que vías arterias como la Avenida Troncal de la Caracas colapsaron durante meses. Eso sin mencionar los problemas, experimentados por los ciudadanos y ciudadanas a diario, que tal iniciativa legó a la Ciudad, pero cuya deficiencia hoy en día nada tiene que ver con el sistema mismo sino se explica, en boca de sus antiguos promotores, como una mala “gestión” por parte de la administración distrital. Ni qué decir de la “recuperación” del espacio público que por aquél tiempo se ensayó mediante los finalmente desaparecidos “bolardos”. Uno de los gestores de ese “modelo de ciudad” que hoy se ve cuestionado pretendió “solucionar” el problema de la antaño famosa “Calle del Cartucho” llevando las personas que allí habitaban –llamados entonces “indigentes”- en camiones y volquetas a un lote en Soacha, lo que ocasionó protestas en el municipio vecino. Su sucesor decidió demoler las edificaciones de esa calle para construir un parque que, al igual que el “transmi”, abriría la puerta del tercer milenio a la Ciudad, adornando el espacio y desplazando los problemas sociales sin resolverlosiv. El flamante “modelo” de ciudad nunca se tomó en serio el problema social y político que existe en aquél lugar, como lo ha hecho la administración del Alcalde Petro, cuyas medidas para tratar el problema de la distribución y el consumo de drogas en el hoy llamado “Bronx” no tienen antecedente.

c) La etiqueta de “populista”, se ha empleado también para rechazar la “innecesaria polarización”. Esta expresión esconde una particular concepción de la política que ha primado en nuestro país, especialmente entre las élites políticas, cuando menos desde el Frente Nacional. En cualquier sistema político que se repute de democrático el conflicto, el desacuerdo, el disenso y el antagonismo de posiciones políticas, no sólo son apenas normales sino incluso deseables como uno de los rasgos de pluralidad de tal sistema. Pero para la oligarquía colombiana, que ahora posa de tecnocrática, siempre es preferible el unanimismo al disenso. Ello permite comprender el hecho de que los críticos de Petro se hayan valido de toda clase de falacias en su contra y se hayan abrogado el derecho a hablar por “los bogotanos”, aparentando la existencia de un consenso, como lo hizo la Revista Semana en un muy leído editorial: “Señor alcalde (sic): por favor deje que la Justicia actúe sin meterle (sic) populismo. Los (sic) bogotanos están dispuestos a aceptar el veredicto final, sea cual sea”v. En fin, la idea de política que reivindica la oligarquía, cuando le conviene como es el caso, se reduce a la administración supuestamente eficaz, técnica y aséptica, no tocada por los intereses políticos. Pero sabemos que la administración, la gestión y la implementación de políticas públicas están hechas de conflictos y componendas. Por consiguiente, debemos inferir que esa concepción de la política no se opone a que existan intereses políticos, pero sí a que existan intereses diferentes a los de la oligarquía. Es frente a esos intereses, que por supuesto no coinciden con los de los ciudadanos, que reclaman gestión eficiente y reivindican la unanimidad frente a la “polarización innecesaria”. Como consecuencia, el disenso se vuelve más preocupante cuando es capaz de articular al pueblo.

d) Por eso, el uso más destacado que tiene la etiqueta de “populismo” en este caso particular es tratar de contrarrestar la capacidad de Petro para realizar esa articulación del pueblo. En esta perspectiva el epíteto “populista” resume a la perfección el malestar de los distintos contradictores, pero sobre todo de la oligarquía, en contra del Alcalde. En el fondo lo que molesta es lo mismo que debió molestar a los sectores de la élite que tuvieron que escuchar el discurso de Jorge Eliecer Gaitán: que el pueblo sea capaz de devenir sujeto de la política. Así pues, no sólo la idea de política de los opositores a Petro es reducida, sino también su idea de democracia. Su rechazo de la interpelación al pueblo, el “no más balcón”, se traduce en una democracia formalista o de élites y sin soberanía popular.

En suma, la novedad del caso Petro no es el poco original uso que la oligarquía y demás opositores al Alcalde hacen del epíteto “populista”, calcado del ya desgastado discurso de la derecha neoliberal, sino el hecho de que la interpelación al pueblo haya tenido cierto éxito o, cuando menos, se haya percibido como exitosa al punto de preocupar a la oligarquía, en un contexto donde no hubo populismo y donde el pueblo secularmente ha estado al margen de la política y ha sido duramente castigado cada vez que ha intentado ingresar en ella. El que Petro haya conseguido, aunque sea parcialmente, interpelar al pueblo, indica que se está agotando la retórica técnica y tecnocrática con la que se impuso el neoliberalismo, la misma que ha soportado un relevo generacional de la oligarquía colombiana. Más aún, el que la “indignación” haya articulado personas que no se declaran “petristas” muestra que existe un espacio potencial de disputa más allá del discurso técnico, una especie de retorno de la política, que puede ser aprovechado para articular las luchas populares.

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ihttp://www.revistaarcadia.com/agenda/articulo/uribe-recitador/35534
iiCueva Agustín (1990) El desarrollo del capitalismo en América Latina, México, Siglo XXI, p. 265.
iiiIbíd, p. 271.
ivVer: Góngora Andrés y Suárez Carlos José (2008) “Por una Bogotá sin mugre: violencia, vida y muerte en la cloaca urbana”, en Universitas Humanística, no 66, pp. 107-138. Disponible en: http://www.scielo.org.co/pdf/unih/n66/n66a08.pdf
vhttp://www.semana.com/nacion/articulo/destitucion-petro-no-mas-balcon/371166-3.

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