Política sin moral o las cosas del mundo

on Viernes, 30 Junio 2017. Posted in Artículos, Edición 108, Gerardo de Francisco Mora, Ética, Nacional, Participación política

108 Gerardo

La política es un arte que crea mundos posibles y no el campo para imponer un único sentido al devenir. Por lo anterior, es imposible pensar la política como un medio para instaurar un orden definitivo a la realidad, pues la política es el lugar de la pluralidad.

 

Gerardo de Francisco Mora

Fuente de la imagen: http://plazatomada.com/

Es habitual pensar la política y la moral conectadas irremediablemente. Hay múltiples formas de pensar esta aparente dupla y para algunas formas de acción política es indispensable mantener esta vigorosa conexión lo más viva posible. El conservatismo es famoso por intentar extender esta noción lo más lejos posible; el activismo encuentra su génesis y núcleo central en intentar borrar la distinción entre lo moral y la política y el liberalismo clásico encontró su piedra angular al copar los espacios tradicionalmente políticos con conceptos y prácticas morales. Sin embargo, es necesario cuestionar esta conexión. La tesis central que pretendo explorar aquí consiste en mostrar que esta vinculación produce que la política se vuelva un espacio cerrado, indiferente a las necesidades especificas de una época y las situaciones concretas que las configuran.

La forma más tradicional de pensar la conexión entre moral y política se enfoca en mostrar que es necesario ajustarse a algún principio ordenador de la realidad para poder actuar políticamente. De alguna manera, se piensa que hay cosas esencialmente buenas y que es necesario aproximar la realidad, contingente y desorganizada, a estas cosas. De ahí se desprende que existan objetos, ideas o prácticas cuyo valor no pueda ser cuestionado, cosas que deberían ser así simplemente porque son mejores que otras, cosas que, supuestamente, encarnan lo que verdaderamente debería ocurrir y no la realidad pervertida que han construido los poderosos, los incapaces, los manipuladores o las situaciones variables y desordenadas de la vida humana.

Por supuesto, esta conexión se expresa de múltiples maneras en diferentes contextos. Puede tener una aproximación conservadora en la que se piensa que existe un orden determinado para los asuntos humanos, puede existir una perspectiva revolucionaria que ve en la moral un horizonte de posibilidad de los asuntos humanos al que deberíamos aproximarnos, purgando todos los vicios tradicionales. Dicho de otro modo, se trataría de algo así como crear un “hombre nuevo”. Hay perspectivas liberales que ven en ciertos conceptos como el individuo o la libertad pilares inviolables que no son cuestionados o al menos no deberían serlo. También hay perspectivas que mezclan todos estos rasgos y hacen difícil distinguir claramente sus características; por ejemplo, los movimientos recientes guiados por la indignación o el sentimiento religioso. Se puede afirmar, con algunas reservas, que casi todo el panorama político contemporáneo discurre en esta dimensión y que el debate político se ha traslado al campo de los conceptos morales.

Aunque esta forma de pensar ha sido más o menos exitosa y ha servido para desarrollar múltiples conflictos y diversas formas de cooperación social, no está exenta de problemas. De hecho, creo que ha producido más inconvenientes y más desencantos que las posibilidades que ha abierto. Pues bien, ahora me propongo mostrar algunos de estos problemas.

La vinculación entre moral y política presenta un problema fundamental del que se desprenden todos los demás. Este consiste en desconectar la política de las situaciones concretas en las que esta se da, es decir, elimina las experiencias particulares en las que se articula y redefine la lucha por el poder; reemplaza lo concreto por criterios rígidos que definen quién puede actuar y cómo puede hacerlo; selecciona actores privilegiados para la acción política y les asigna un valor y unas posibilidades específicas. En últimas, pretende fijar la política a criterios externos a ella, pues hay que cumplir un conjunto de requisitos para poder ser parte del campo de la política. En suma, se cree que el poder se desprende o emana de un conjunto de virtudes y aptitudes morales que legitiman cualquier acción.

En este camino se abre la puerta al fanatismo, lo que no encaja en el criterio carece de valor, no merece ser considerado y lo extraño al criterio, en el mejor de los casos, está condenado a ser ignorado; en otros, simplemente debe ser eliminado. La política deja de leerse en términos de la lucha por el poder y se convierte en una cruzada moral en la que hay que convertir o eliminar a los impíos. El orden social ya no es algo en constante construcción sino algo fijado y organizado, en donde la única tarea pendiente es eliminar las fallas. En este camino, se elimina la posibilidad misma de los antagonismos y aparece una política que asigna roles y fronteras específicas para la acción. Hoy en día, el fanatismo tiene que ver menos con las grandes maquinarias autoritarias y propagandísticas de los Estados y, poco a poco, se ha mudado a una política de la identidad, fijada en función de criterios morales, para lo cual solo algunos pueden considerarse buenos ciudadanos, buenos demócratas o buenos revolucionarios. Los demás están condenados a ser los inmorales que amenazan el orden verdaderamente bueno, la buena vida que hemos alcanzado o los irracionales que no pueden ver el bien, aunque lo tengan en sus propias narices.

Junto allí, cuando moral y política se piensan estrechamente vinculadas, la política se vuelve un campo de todo o nada, pues nunca la realidad está lo suficientemente cerca del ideal regulador y, por lo tanto, es necesario usar medidas cada vez más fuertes para transformarla. Cada decisión política adquiere un tono apocalíptico, cada cambio es el punto de inflexión en un espiral interminable de decadencia, cada evento y cada lucha es el bastión final que hay que tomar para lograr la victoria definitiva que nos librará de nuestros males. El todo o nada se traduce en una intensificación de las identidades y una delimitación más radical de lo que debe sentir y opinar cada persona; cada acción se vuelve en la oportunidad para abrir un juicio moral y político y todos los seres humanos se vuelven en desertores y traicioneros de las causas más elevadas en las que, supuestamente, nos jugamos la última oportunidad para rescatar el mundo de la inmundicia. La diferencia se ve condenada a significar lo despreciable, el otro no puede ser más que un conquistador orgulloso que hace trizas nuestra añorada forma de vida o un bárbaro infrahumano que no entiende el verdadero valor de las cosas.

Para combatir esta conexión entre política y moral es necesario recordar que la política es un campo atado al mundo de la necesidad. La política es un arte que crea mundos posibles y no el campo para imponer un único sentido al devenir. Por lo anterior, es imposible pensar la política como un medio para instaurar un orden definitivo a la realidad, pues la política es el lugar de la pluralidad. En él se configura el orden de una forma insospechada. El orden de la política siempre es contingente y no tiene ningún motor externo que le dé vida y movimiento. Por eso siempre está abierto al cambio y no hay nada en política que tenga un valor intrínseco y que no esté sujeto a un cuestionamiento profundo; lo político solo se puede pensar en función de situaciones concretas y los criterios que utilicemos para explorarlas deben cambiar siempre en función de estas. El único criterio que tenemos para actuar en política es estar a la altura de las circunstancias, responder a la situación concreta y no pretender que el mundo se limite a nuestras propias convicciones de lo bueno y lo malo, pues en política es indispensable “contar con un ánimo dispuesto a moverse según los vientos de la fortuna”.

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