Ponerse la ruana: del performance a la hegemonía. Una respuesta a Richard Tamayo

on Lunes, 02 Septiembre 2013. Posted in Artículos, Paro nacional, Edición 16, Nacional, Alejandro Mantilla

16 MantillaConfieso que tengo una ruana y un poncho. La ruana la heredé de mi abuelo, un maestro de construcción que trabajó incansablemente hasta su muerte. El poncho fue un regalo de los campesinos del Coordinador Nacional Agrario de Catatumbo. Los seguiré usando con orgullo, haya o no paro agrario, pues expresan mis orígenes, nuestros vínculos y nuestras luchas por una sociedad más justa.
 
Alejandro Mantilla Q.
Fuente: http://enosaquiwilches.blogspot.com

Durante el Paro Agrario y Popular muchos jóvenes, hombres y mujeres, decidieron usar ruanas, cacerolas y ponchos para apoyar simbólicamente la protesta. Vale la pena preguntarse si su gesto refleja un mensaje político, o si no es más que una moda pasajera despolitizada.

Tiempos agitados… y de agitación

Vivimos en tiempos de alta movilización popular. La anterior afirmación no es una arenga o una consigna, más bien es un enunciado constatativo verdadero. En una reciente entrevista, el profesor Mauricio Archila, una de las voces más autorizadas en el tema, afirmó:

“…puedo decir que por lo menos desde 2011 ha habido un aumento notorio de la protesta. Hay nuevas dinámicas y tendencias. Lo que más resalta es que hay mucha protesta en torno a las actividades extractivas (minería y petróleo) en comparación con decenios anteriores. También esto se ha visto en actividades agrícolas. Esto es un fenómeno fuerte que se manifiesta en la actual coyuntura”1.

Tal vez ese período de creciente movilización tuvo como primer hito las protestas contra la reforma a la educación superior impulsadas por la Mesa Amplia Nacional Estudiantil (MANE) en el 2011, mientras el Paro agrario y popular aparece como el más reciente, y más importante, eslabón en la cadena de hechos que reflejan la fortaleza de la movilización popular en nuestro país.

Valga resaltar que el ascenso de las luchas sociales no es exclusivo de Colombia en este período. Sucesos como la primavera árabe, el movimiento Occupy Wall Street, los indignados españoles, la revolución de las cacerolas en Islandia, las recientes protestas urbanas en Brasil, la resistencia a la gran minería en Perú, el movimiento estudiantil chileno, las movilizaciones para defender el Yasuní en Ecuador, el movimiento Yo soy 132 o las marchas de los maestros en México, indican que nuestra época está marcada por la creciente lucha social en buena parte del planeta.

Aunque las proposiciones sobre el futuro tienden a ser engañosas, parece que este ciclo de luchas sociales no va a languidecer en el corto plazo. Buena parte de estas protestas están motivadas por la crisis económica actual y la aplicación de la receta neoliberal para gestionar dicha crisis. Como lo ha planteado Paul Krugman, otra voz autorizada, los grandes responsables del capital financiero no han aprendido mucho de las crisis de los noventa2, lo que nos hace pensar que, como ha dicho la canciller Alemana3, la crisis va para largo, al igual que el descontento asociado a las protestas.

¿Basta la ruana para protestar, o basta de la ruana para protestar?

En un mundo que padece una crisis económica, ambiental, energética, alimentaria y de civilización, la protesta expresa la ansiedad de millones de hombres y mujeres de generar sociedades más justas. Pero esa ansiedad implica preguntarse cuál es la manera más efectiva y más razonable para obtener los cambios deseados. En una reciente columna4, Richard Tamayo ha manifestado su desconfianza ante ciertas manifestaciones de la protesta que, a su juicio, se limitan a modas pasajeras sin impacto político y a la mera estética de la protesta que no genera compromisos políticos claros. En sus palabras:

“… cada vez me parece más insoportable esa idea de sublevación 2.0 y de resistencia política pop que toma forma en Colombia. Una política vacía, puramente gestual y cercana al más mediocre performance, que tiene por plataforma de amplificación las redes sociales y por entorno natural a las agencias de publicidad… El paro nacional agrario ha sido su última excusa de propagación y ensalzamiento. Bajo la consigna de “ponerse ruana”, tuvimos que soportar a cientos de personas expresando su solidaridad con una causa completamente legítima, pero cuya solución dista de ser simbólica, semiótica o metafórica”.

Aunque reconozco que coincido con las preocupaciones de Tamayo, creo que sus afirmaciones incurren en una especie de error categorial, pues pretende crear una dicotomía entre dos aspectos que no guardan una oposición necesaria. Las expresiones estéticas de la protesta y los cambios políticos de fondo no se contraponen, y tanto la historia, como la mejor teoría política de la izquierda, nos han mostrado que pueden integrarse de manera creativa.

Insisto en afirmar que la preocupación de Tamayo tiene asidero. Un buen ejemplo lo encontramos en el legado de la Internacional Situacionista, un movimiento compuesto por artistas y agitadores comunistas que lograron reflexiones críticas muy profundas sobre la sociedad del espectáculo, así como importantes aportaciones a prácticas estéticas ligadas al movimiento revolucionario europeo de los años 50 y 60; su influencia llegó a tener tal magnitud que buena parte de las consignas del mayo del 68 francés estuvieron teñidas de las tesis situacionistas. En la década siguiente, la mayor influencia situacionista se evidenció en ciertas bandas de rock (entre ellas New York Dolls y Sex pistols) que, paradójicamente, aunque compartían su crítica a la sociedad de consumo, se convirtieron en un producto más para el consumo de masas. En suma, se pasó de la estetización de la protesta a la protesta como espectáculo5. Tamayo plantea algo similar cuando afirma que la ruana usada por los jóvenes urbanos parece “más una experiencia gestual que solo delata cierta incapacidad individual y colectiva de plantear, producir y vivir formas de resistencia ético-política que efectivamente sean transformadoras de realidad”. No obstante, nuestra coincidencia solo es aparente, pues no comparto su crítica por varias razones.

En primer lugar, la movilización de los últimos tiempos ha generado simpatía colectiva más allá de los sectores que convocan las protestas. Los estudiantes de la MANE se vieron respaldados por muchos sectores que no hacían parte del sector educativo, algo similar ha ocurrido con el movimiento agrario, pues la inmensa mayoría de la gente que sacó sus cacerolas para apoyar el paro en las grandes ciudades, no eran personas vinculadas al campo. Creo que hay que saber leer este descontento colectivo. Creo que es razonable sostener que buena parte de quienes se solidarizan con tales causas lo hacen apoyados en razones políticamente bien fundadas y no por mera estética pasajera.

En segundo lugar, me parece que el punto grueso de la discusión no radica en acusar la potencial banalidad del performance, sino en señalar que hay una disputa por los mensajes políticos en el marco de una batalla de ideas más general. Esa preocupación fue muy bien tratada en la filosofía política marxista por Antonio Gramsci. En uno de sus Cuadernos el italiano señala que en los períodos de crisis de larga duración -como la que vivimos hoy- la sociedad en su conjunto vive antagonismos y protestas -como las que vivimos hoy-, que buscan modificar el orden social permanente. No obstante, el antagonismo no se da únicamente en el terreno de la transformación de las grandes instituciones económicas y políticas, sino en una serie de polémicas jurídicas, filosóficas, ideológicas, o estéticas “cuya concreción se puede valorar en la medida en que son convincentes y desplazan la anterior disposición de las fuerzas sociales”6.

En suma, para Gramsci, hay una diferencia entre la polémica “ocasional”, “coyuntural” y las transformaciones “permanentes”. Pero esa diferencia no implica oposición entre ambas, por el contrario, las polémicas ocasionales se inscriben en una batalla general, más permanente, que va modificando políticamente a las fuerzas sociales en oposición. De eso se trata su reflexión sobre la Hegemonía. En sociedades complejas no es habitual que las movilizaciones generen victorias automáticas, más bien hay un camino sinuoso donde hay múltiples batallas que configuran la gran disputa por la Hegemonía. Las luchas políticas transformativas también requieren de la generación de liderazgos morales e intelectuales colectivos que unifiquen voluntades para cohesionar alianzas amplias. Tales alianzas pueden redefinir las fuerzas sociales y políticas que se disputan lo político en una sociedad.

En tercer lugar, para el caso del paro agrario la ruana muestra ser un símbolo de mucha contundencia. Como bien lo ha recordado Frank Molano recientemente7, en la cultura masiva colombiana la ruana tiende a ser asociada con el desprecio al campesinado. Expresiones como “la Ley es pa ́los de ruana”, “Peón con ruana ni para la comida gana” o “los perros solo muerden a los de ruana”, reflejan el desprecio de una sociedad urbana que ha considerado al campesinado como una muestra de atraso e ignorancia.

Retomando las elaboraciones de Nancy Fraser8, el estereotipo, la invisibilización y el irrespeto, son las tres manifestaciones por excelencia de la injusticia cultural; para el caso colombiano, el campesinado, los pueblos indígenas y los pueblos afro han sufrido históricamente de las tres manifestaciones de injusticia, manifestaciones que han reforzado la injusticia socioeconómica que tienden a padecer tales sectores sociales. Por eso el ponerse la ruana ha sido mucho más que una moda vacía, más bien ha reflejado que la lucha del campesinado colombiano cuenta con simpatía, que quienes se movilizan tienen peticiones justas, y que un sector importante de la sociedad colombiana viene comprendiendo que sin campesinado no hay comida, de ahí que deba valorarse su labor y sus luchas.

El error de Tamayo radica en pensar que las manifestaciones simbólicas de solidaridad son externas a las grandes transformaciones. En realidad hay una relación entre ambas, pero no es una relación causal, más bien tales expresiones simbólicas son tanto un síntoma de respaldo a luchas sociales, como un catalizador que visibiliza la protesta y la fortalece. Tamayo tiene razón al indicar que esas manifestaciones estéticas aisladas no generan transformaciones y pueden ser mera moda pasajera, pero se equivoca al no considerar que si se unen a una dinámica más general sí podrán ser efectivas.

Curiosamente, Tamayo no parece tener claro cuál es la verdadera práctica política que supere la manifestación meramente estética. Cuando se pregunta “¿por qué no pensar en comunicar una crítica de nuestras prácticas alimenticias y de consumo antes que reducir al campesinado al cliché de la ruana?”, su interrogante refleja más una confusión que una sospecha poderosa ante ciertas manifestaciones. Si regular nuestro consumo es la alternativa política que propone, entonces se reduciría la acción política a la capacidad de consumo. Es decir, que solo podrían manifestarse políticamente quienes pueden elegir qué comprar y qué no. La política estaría definida por el valor de cambio, y estaría vedada para la mayoría de la población que no puede elegir lo que puede consumir.

Por eso no sorprende que su alternativa sea una nueva forma de recogimiento individual que ha puesto de moda cierta lectura de Foucault: “Prefiero los retos éticos que nos obligan a poner en riesgo lo que somos y lo que pensamos, así nos impliquen la soledad de no participar en la orgía del signo común”. A mi juicio, tal actitud es la negación de la política, una alusión velada a una soledad donde el individuo no se relaciona con nadie y cuya ética puede desembocar en la desconfianza en el contacto efectivo con el otro.

Confieso que tengo una ruana y un poncho. La ruana la heredé de mi abuelo, un maestro de construcción que trabajó incansablemente hasta su muerte. El poncho fue un regalo de los campesinos del Coordinador Nacional Agrario de Catatumbo. Los seguiré usando con orgullo, haya o no paro agrario, pues expresan mis orígenes, nuestros vínculos y nuestras luchas por una sociedad más justa.

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1Ver “Manifestaciones atienden al modelo económico” disponible en: http://www.elespectador.com/noticias/economia/manifestaciones-atienden-al-modelo-economico-articulo-440855 
2En palabras de Krugman: “No reformamos el sector financiero, sino todo lo contrario: la liberalización siguió adelante a toda máquina. Ni tampoco aprendimos las lecciones correctas sobre cómo reaccionar cuando la crisis golpea. De hecho, no solo hemos estado cometiendo muchos de los mismos errores otra vez, sino que en muchos sentidos importantes, lo estamos haciendo ahora mucho peor de lo que lo hicimos entonces”. Ver su columna del 30 de agosto “Un mundo aún no salvado”, disponible en: http://economia.elpais.com/economia/2013/08/30/actualidad/1377882013_840846.html
3“Ángela Merkel cree que la crisis en Europa va a durar años”, disponible en: http://www.elespectador.com/noticias/economia/articulo-420338-angela-merkel-cree-crisis-europa-va-durar-anos
4“Travestirse de revolucionario”, disponible en: http://www.las2orillas.co/travestirse-de-revolucionario/
5Traté esta cuestión en mi artículo “Plástica y política de la impotencia” en “Ensayos críticos de teoría política”, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 2009.
6Ver Antonio Gramsci, “Análisis de las situaciones. Correlaciones de fuerzas” en “La política y el Estado moderno”, Planeta, 1971.
7Ver “Ruana y cacerola en el #ParoNacional una alternativa colombiana al "Desarrollo rural " burgues”, disponible en: http://cedins.org/index.php/proyectos-mainmenu-50/tierras-y-territorios-mainmenu-69/494-ruana-y-cacerola-en-el-paronacional-una-alternativa-colombiana-al-desarrollo-rural-burgues
8Ver “Iustitia Interrumpta”, Bogotá, Universidad de los Andes, 1997.

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