Se acabó el Paro ¿y ahora?

on Viernes, 30 Junio 2017. Posted in Artículos, Alejandro Urdaneta, Edición 108, Fecode , Paro nacional, Nacional, Crisis educativa

108 Urdaneta

Durante este tiempo comprobamos que somos una parte que no había sido contada pero que existe. Que tenemos cosas que decir sobre la educación en Colombia. Que no toleramos que se nos excluya porque así mismo se excluye a los niños, niñas y jóvenes, a las familias y a las comunidades.

 

Alejandro Urdaneta

Fuente de la imagen: http://caracol.com.co/

FECODE es solamente una herramienta en el proceso de transformación de la educación en Colombia. Pero el verdadero motor, la fuerza que origina el cambio, proviene de las comunidades escolares de base. Se encuentra en los profes y la eficacia que logremos para apostarle al amor y a la articulación de lo diferente; en los estudiantes y su energía rebelde puesta al servicio de la organización y la movilización; y en las familias, gobernantes naturales de la escuela. La fuerza más grande del magisterio se gesta desde abajo, en las aulas, los patios, los barrios, las veredas. Entre personas de cuerpo y alma que se relacionan cotidianamente.

A ese lugar quiero referirme. En primer lugar, acerca de las razones que justifican el Paro en la escuela, para en seguida tratar de demostrar cómo la reciente movilización del magisterio es no solo un acto de fuerza gremial, sino un ejercicio de organización de base capaz de generar acciones más allá de la coyuntura1.

Parar fue y sigue siendo una necesidad

La constituyente del 91 consagra el derecho a la educación como uno de los propósitos del Estado colombiano y requisito para el disfrute de otros derechos fundamentales. Por su parte, la ley 115 de 1994 refleja aspectos fundamentales de la lucha del Movimiento Pedagógico en los años 80 y 90 tales como la democracia escolar, el Proyecto Educativo Institucional y la función social de los educadores. Tanto la Constitución como la Ley General de Educación son conquistas populares en el campo del derecho y sobre ellas debería levantarse la estructura completa del Sistema Educativo Nacional.

Sin embargo, no ha sido de esa manera. Más o menos a partir de 2001 se instaura por parte del Estado neoliberal una era de contra-reforma educativa, disminuyendo drásticamente los recursos destinados a la educación pública (Ley 715 de 2001) con respecto al compromiso plasmado en la Constitución. “[ Y ] No obstante, la contrarreforma educativa no solo se manifestó en el recorte presupuestal, los primeros años del nuevo milenio vieron la generación de un sinnúmero de decretos que intervinieron directamente en la cotidianidad de la escuela”2.

1. A partir del decreto 1850 de 2002 se reglamenta la jornada laboral de los docentes en 22 horas de clase a la semana, por cuarenta semanas de clase al año. Además, se les asignan tareas de planeación, evaluación y desarrollo institucional que serán desarrolladas en 5 semanas adicionales. De un plumazo, además, recorta poder de decisión de los Consejos Directivos y le otorga facultades excesivas a los rectores, quienes han venido siendo cooptados por el Ministerio.

2. A partir del decreto 3020 de 2002 se reglamenta la relación técnica docente-estudiante, es decir, cuantos docentes le corresponden a cada colegio según la cantidad de niños que atienda. Por cada grupo (independientemente del número de estudiantes que tenga) deben haber entre 1 (en primaria) y 1,7 docentes (en media). Por ejemplo, a un colegio que solo atienda primaria, con 480 estudiantes distribuidos en 12 salones (de 40 cada uno), le corresponden 12 profesores.

3. A partir del decreto 1278 de 2002 se crea un nuevo estatuto docente, recortando los derechos adquiridos por el gremio luego del Paro Cívico del 77. Principalmente, se supedita su ascenso a la disponibilidad presupuestal e impone una evaluación que castiga salarialmente a quienes no la pasan. 4. Más recientemente, en 2016, se han venido imponiendo desde el Ministerio varios decretos que modifican o adicionan el Decreto Único Reglamentario del Sector Educación (1075 de 2015). Con estos, se ha querido de un lado imponer a las malas la jornada única (Decreto 501 de 2016) y del otro precarizar aún más las condiciones laborales del magisterio (Decretos 915 y 490 de 2016).

Todas estas normas y muchas otras tienen efectos reales sobre la escuela. Aulas con más de 40 estudiantes, diversos en edades, géneros, formas de aprender, etc.; docentes con sobrecarga laboral reducidos al control autoritario de la escuela y sin materiales para trabajar, ni libros, ni pinturas, ni probetas, ni refrigerios. A la par, hay una enorme presión por la infinidad de formatos que exige el Ministerio para cumplir con los indicadores de calidad vacíos y descontextualizados. En la escuela todo el mundo está cansado, muy pocos le encuentran sentido a la acción y, constantemente, se ejerce la autoridad y la violencia sobre las y los diferentes.

Por eso hay que parar, porque seguir así duele.

El Paro como escuela, alegría y asamblea popular

Al Ministerio no le interesa que los profes aprendamos. Le interesa el número de docentes que puedan acreditar estudios de maestría porque ese es un indicador que se puede lucir en el extranjero. Poco le importa la calidad de los programas de posgrado a los que podemos acceder debido a los altos costos y, mucho menos, si nuestros proyectos de investigación logran articularse en el territorio para construir comprensiones colectivas de la escuela y su entorno. Por el contrario, la política de competencia promovida desde el gobierno genera recelo y mezquindad entre los propios docentes.

Pero el Paro transforma la dinámica cotidiana. De un momento a otro somos compañeros, compartimos un mismo objetivo y somos capaces de coordinar acciones de movilización para obtenerlo. Salir al barrio para hablar con la comunidad; reunirnos en asambleas, conformar comités, distribuir tareas y realizarlas; decir la palabra frente al otro y frente a las otras y escuchar atentamente, con la intensión de tomar lo mejor y seguir construyendo; hablar con los estudiantes, explicarles, convocarlos, transformar el aula y la práctica a partir de la movilización; autorregularnos, comprometernos por fuera de la vigilancia ministerial.

Todos esos aprendizajes, más la mejor comprensión de la crisis educativa como problema político y sociológico, hacen del Paro una escuela popular donde los profes aprendemos de nosotros mismos. Y así como es escuela, el Paro también es festival, marchas capaces de demostrar que los ríos de gente siempre serán más importantes que el flujo vehicular. Aparecen las voces silenciadas cantando arengas; florecen los liderazgos y la valentía ante la represión; suenan los tambores, se estremecen los cuerpos; desborda la energía popular tomándose las avenidas.

Durante este tiempo comprobamos que somos una parte que no había sido contada pero que existe. Que tenemos cosas que decir sobre la educación en Colombia. Que no toleramos que se nos excluya porque así mismo se excluye a los niños, niñas y jóvenes, a las familias y a las comunidades. El Paro es nuestro lugar de participación en la sociedad, justo en el momento en el que esta parecía proscrita a las oficinas y los escritorios de la tecnocracia ministerial: nuestra asamblea popular.

La represión y sus efectos

La Ministra se mostró siempre muy conmovida por los niños, niñas y jóvenes que se encontraban desescolarizados durante el Paro. Apeló muchas veces a su derecho a recibir todos los temas programados en el currículo y fue insistente en la necesidad de que los docentes, una vez terminara el Paro, repusiéramos las clases que habíamos dejado de dictar. Y, efectivamente, una vez llegado el día, se modificaron los calendarios, copando con clases semanas de vacaciones y días festivos.

Se trata, sin lugar a dudas, de una medida represiva porque saturar de actividades la escuela en realidad no beneficia a nadie y solo puede conllevar estrés y conflicto. Además, promueve la confrontación entre docentes, pues no todos deben recuperar la misma cantidad de días y no en todas partes se recuperarán de la misma forma. Esto será fuente de envidias y favorece la aparición de posturas moralistas descalificadoras. Por tal razón se trata de un golpe profundo a lo construido durante el Paro y a la posibilidad de Paros futuros, del cual habrá que saberse reponer.

Algunas consecuencias y alternativas después del Paro

1. Concluir el nacimiento de las organizaciones de base que logramos vislumbrar durante el Paro. Ya sea como grupos de estudio, foros, organizaciones comunales o subdirectivas sindicales, pero lo claro es que es necesario estrechar los vínculos entre aquellos profes que insinuaron querer continuar activos.

2. Proyectar espacios de encuentro y reflexión regionales, entre los municipios, comunas o localidades que se encontraron durante la movilización y lograron articular esfuerzos.

3. Fortalecer la participación docente en el gobierno escolar, especialmente en el Consejo Directivo y el Consejo Académico. Ser contrapeso efectivo frente a los rectores cooptados por el Ministerio.

4. Fortalecer, como parte del Plan de Estudios, la comprensión de la crisis educativa por parte de los y las estudiantes y sus familias. Promover la creación de grupos de estudio y acción frente a la exigibilidad del derecho a la educación.

5. Continuar y fortalecer los proyectos pedagógicos críticos. Crear espacios de intercambio de experiencias de pedagogía crítica.

6. Estrechar el vínculo con los movimientos sociales y favorecer el encuentro entre los educadores populares y los jóvenes y niños escolarizados.

7. Fortalecer la FECODE desde el trabajo de base y la crítica (constructiva) permanente a los representantes regionales y nacionales.

***

1Basado en el artículo ¡Presupuesto Presupuesto para la Educación! Escrito por Luis Eduardo Pérez y publicado en el portal lanzasyletras.org el 7 de Junio de 2017.

2(http://lanzasyletras.org/2017/06/07/presupuesto-presupuesto-para-la-educacion/#more-1273).

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