Situación entre judíos y palestinos: conflicto y empatía

on Jueves, 14 Agosto 2014. Posted in Artículos, Edición 39, Palestina, Israel, Internacional, Susana Ballesteros

39 Ballesteros

Desde un punto de vista de izquierdas, la crítica a la ofensiva emprendida por Israel en los últimos días, no puede evadir los temas económicos, políticos y sociales que implica una guerra desigual entre un pueblo con todo el poder del dinero y un pueblo sumido en la miseria y el no futuro.

 
Susana Ballesteros
Fuente de la imagen: http://www.elnuevoherald.com/

Un gran número de periodistas, analistas y académicos alrededor del mundo se preguntan, cada vez con más pesimismo, si realmente es posible encontrar una salida al conflicto que, por estos días, se ha recrudecido en la Franja de Gaza y otros territorios compartidos por palestinos y judíos.

Las esperanzas decaen porque las circunstancias se hacen cada vez más complejas y a los factores del choque cultural y religioso de los actores –y de los demás pueblos que conforman el mundo árabe– se suman los factores económicos, sociales y políticos internos y externos.

Desde el punto de vista filosófico, muchos pensadores provenientes de la llamada Ilustración occidental han reflexionado sobre las posibilidades morales y políticas del diálogo entre culturas y, en algunos casos, sobre el establecimiento de perspectivas neutrales que puedan zanjar las diferencias entre las creencias de los diferentes grupos humanos. Pero, ¿qué ocurre cuando estas expectativas no son compartidas por los participantes en el conflicto? ¿Cómo actuar si las partes en disputa consideran que el asunto primordial no es llegar a un entendimiento sino ejercer el poder sobre la contraparte?

A partir de la lectura de filósofos contemporáneos radicalmente anti-metafísicos como Richard Rorty, podemos pensar que los intentos por encontrar un punto de vista neutro que sea apto para allanar este tipo de diferencias, son inalcanzables; principalmente, porque no habría posibilidad absoluta de salirnos de nuestros contextos (lenguajes) particulares. Sea que se comparta o no esta reflexión, los intentos de Occidente por fundamentar una racionalidad capaz de brillar por sí misma, por encima de los intereses privados de cada quien, no han dado los resultados esperados. Conflictos persistentes como éste han mostrado, por un lado, la dificultad en la comprensión entre culturas (cuando no imposibilidad) y, por otro, la debilidad de los organismos supranacionales cuyo objetivo es superar los intereses particulares.

Tales intereses están íntimamente ligados a la cuestión de la identidad de grupo. Dice Rorty que los seres humanos hemos desarrollado comunidades exclusivistas, es decir, comunidades en las que la cohesión está dada por el hecho de no ser como otros grupos. Una concepción similar, pero llevada al extremo, fue sostenida por el teórico político de derecha Carl Schmitt, quien consideró que la guerra era adecuada, ya que en política prima la lógica del amigo-enemigo. Esta visión de la política ha tenido un nuevo auge en los últimos años, según creo, impulsada por los hechos del 11 de septiembre de 2001 y la guerra Bush-Bin Laden que de allí resultó. De esta perspectiva política se desprende la idea de que el centro del actuar político no necesariamente es la reflexión, y mucho menos la ampliación de la propia visión de mundo, sino que entrarían en juego otros factores como el sentimiento de pertenencia, esto es, la identidad del grupo de “amigos”.

Desde mi perspectiva, el auge de teorías políticas como la de Schmitt pone en evidencia que no es posible seguir haciendo caso omiso a las reflexiones sobre la importancia del sentimiento y el deseo en la comprensión de la especie humana, mucho menos en ética o política. Requerimos una visión que nos permita hacerle frente a la cuestión de la identidad, del sentimiento y del deseo como móviles en las disputas y guerras actuales. La filosofía contemporánea tiene ideas interesantes sobre la importancia de la inclusión de una “tercera persona” en los conflictos –sin necesidad de apelar al punto de vista neutro– en donde esta instancia actúa como juez mediante, por ejemplo, un sistema de puntos que evalúa una y otra perspectiva. Estas vías, aunque no implican que el juez se deshaga de su contexto, sí involucran unas reglas de juego racionales respetadas por todos.

Pero muchas veces los actores de los conflictos no están dispuestos a llegar a un entendimiento y, por tanto, voluntariamente no entrarían en tal juego. Tampoco quisieran validar una tercera instancia que fungiera como juez. Por esta razón, el tercero debe luchar su lugar en el conflicto. En un mundo globalizado en el que los conflictos nos atañen a todos, este juez debería ser la comunidad internacional, no necesariamente la comunidad de políticos y poderosos. Así, para que la opinión pública –entendida como la opinión de todos y todas– logre un espacio como juez en el conflicto, se hace apremiante el logro de la empatía con los que sufren la guerra. Para ello, podemos utilizar la idea de Rorty de multiplicar los relatos sobre dicho sufrimiento e impartir educación. Nadie está obligado a salir de su comunidad exclusivista, pero en muchos casos la literatura –en todas sus variantes– ha logrado debilitar el exclusivismo logrando sentimientos de identificación entre quienes son radicalmente diferentes.

Desde un punto de vista de izquierdas, la crítica a la ofensiva emprendida por Israel en los últimos días, no puede evadir los temas económicos, políticos y sociales que implica una guerra desigual entre un pueblo con todo el poder del dinero y un pueblo sumido en la miseria y el no futuro. Pero el gran poder de acción de los que habitamos el planeta frente a una guerra como esta se manifiesta en la empatía y en la identificación que podamos lograr, al menos con el sufrimiento ajeno. La presión y el poder para detener las ofensivas están justamente en los periodistas, los analistas, los académicos y los artistas, quienes deben seguir tocándonos con sus relatos del horror, como fábulas que nos harán desistir de continuar con él.

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