Víctima, resistencia, poder constituyente

on Jueves, 01 Mayo 2014. Posted in Artículos, Edición 32, Víctimas, Jaime Rafael Nieto, Nacional, Memoria histórica, Conflicto armado

32 NietoLa condición de víctima y la posibilidad de la resistencia no son antinómicas. La resistencia se nutre y se afirma a partir del hecho de la victimización, de la pretensión de nuda vida del poder, de su exclusión o de su negación como sujeto. Desde el punto de vista de la resistencia, la víctima es un estado de indefensión, pero de indefensión activa no pasiva, indefensión sufrida pero también sobrepasada.
 
Jaime Rafael Nieto
Fuente de la imagen: http://elcirculo.com.co/ 

Cerrado el último ciclo de la confrontación dura y cruda del conflicto armado en Colombia durante el primer lustro del siglo XXI, la imagen que queda es la de la víctima. El informe del Centro de Memoria Histórica así lo confirma. Cerca de 6 millones de colombianos padecieron en carne propia el drama de una guerra cada vez más degradada y desregulada. Fueron y siguen siendo aún múltiples y devastadoras las diferentes modalidades de victimización de la población civil a manos de la acción y las estrategias de guerra de los actores armados, tanto irregulares como estatales. Se contabilizan en por lo menos doce las modalidades diferentes y muchas veces combinadas de esa victimización de la población civil, las cuales van desde el desplazamiento forzado, el despojo, las masacres, la desaparición forzada, el secuestro, hasta la destrucción de bienes colectivos e individuales.

Hoy el lenguaje de las víctimas se ha hecho hegemónico en referencia al conflicto armado. No son las estrategias de los actores armados, ni la correlación de fuerzas entabladas entre ellos, ni la caracterización de sus dinámicas y tendencias las que ocupan prioritariamente el centro de atención de la opinión pública ni la reflexión especializada de los analistas. El discurso de las víctimas expresa el desastre humanitario y social que ha significado la guerra en Colombia y concentra toda la sensibilidad frente al sufrimiento y el dolor de quienes la han padecido directa o indirectamente sin reconocerse parte de ella. Por otro lado, desde la última década por lo menos las víctimas han irrumpido como sujeto social y político reclamando justicia, verdad y reparación. Las víctimas son hoy el foco de atención de lo público. Con justeza hacen parte de la agenda de negociaciones de la Habana entre el Gobierno Nacional y las FARC. Nadie duda del lugar central que ocupan en esta etapa moribunda de la confrontación armada y se estima que lo ocupen todavía más en la fase del postconflicto una vez firmados los acuerdos de paz entre las guerrillas y el Estado.

Sin embargo, el lenguaje de las víctimas no es nuevo en el imaginario colectivo (común o especializado). En la etapa más reciente de sus estudios, por ejemplo, los académicos lo incluyeron como un referente clave para caracterizar las nuevas dimensiones del conflicto armado, en una fase de la guerra marcada por su exacerbada agudización, creciente expansión territorial y sobre todo extrema degradación. La nota predominante en estos estudios consistió en subrayar la condición de víctima de la población civil como carne viva de las máquinas de guerra. Con los minuciosos análisis acerca de las dinámicas de guerra se subrayaba al mismo tiempo la transgresión progresiva de los códigos del DIH y de los DDHH. El giro poblacional de la guerra se convirtió en drama humanitario, y a quienes lo padecieron -y padecen- los convirtió en víctimas.

El lenguaje de las víctimas es todavía más remoto. Es figura constituyente de nuestra propia personalidad histórica y cultural. Desde las primeras décadas de la conquista y la colonización, las comunidades indígenas americanas avasalladas y sometidas por conquistadores y clérigos españoles y portugueses, fueron asumidas y tematizadas como víctimas. Desde el legendario sermón del padre dominico Fray Antonio de Montesino en La Española, que conmovió tanto al colonizador Bartolomé de las Casas que lo hizo renunciar más tarde a su colonia en la Española y hacerse también Frayle para defender la causa de los indígenas, la voz disonante a favor de los dominados ha sido la voz de las víctimas o en nombre de las víctimas.

Dice Montesinos:

“todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbres aquellos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinita dellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos en sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren, y por mejor decir, los matáis, por sacar y adquirir oro cada día? (…) ¿Estos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos?”.

El de Montesinos fue, sin duda, el primer trueno occidental por la humanidad en estas tierras. En la base de este primer ecumenismo humanista cristiano se encuentra la figura del indígena, del dominado, como víctima. El indígena, sujeto racional, fue concebido sobre todo como sujeto de compasión y de piedad, conforme a las más avanzadas doctrinas humanistas de su tiempo prohijadas desde la Universidad de Salamanca, que más tarde hará suyas Bartolomé de las Casas.

La brevísima relación de la destrucción de las indias de Fray Bartolomé, toda íntegra está atravesada por esta denuncia de las crueldades y vejámenes cometidos contra los indígenas, víctimas de la codicia y la sed de oro del conquistador español. Dice De las Casas en uno de sus muchos pasajes similares de su testimonio:

“tanto son las perdiciones, daños, destruiciones, despoblaciones, estragos, muertes y muy grandes crueldades horribles y especies feísimas dellas, violencias, injusticias y robos y matanzas que en aquellas gentes y tierras se han hecho (y aún se hacen hoy en todas aquellas partes de las Indias), que, en todas cuantas cosas he dicho y cuanto lo he encarecido, no he dicho ni encarecido, en calidad ni en cantidad, de diez mil partes (de lo que se ha hecho y hace hoy) una. Y para que más compasión cualquiera cristiano haya de aquellas inocentes naciones y de su perdición y condenación más se duela, y más culpe y abomine y deteste la cudicia y ambición y crueldad de los españoles, tengan todos por verdadera esta verdad, con las que arriba he afirmado: que, después que se descubrieron las indias hasta hoy, nunca en ninguna parte dellas los indios hicieron mal a cristianos sin que primero hobiesen recibido males y robos y traiciones dellos”.

¿Podría dudarse de la fuerte carga de profundidad crítica contra el poder y la dominación que subyace en este discurso del otro dominado como víctima? No hay lugar para dudarlo. Sin embargo, ¿es suficiente? En la figura de la víctima subyace una crítica y una poderosa denuncia contra los poderosos. Un cuestionamiento a la propia realidad del poder. Sin embrago, desde una perspectiva emancipatoria, puede decirse que la figura del dominado como víctima es insuficiente y vale la pena debatirla y trascenderla. En primer lugar, se trata de una figura construida desde referentes narrativos completamente externos a los dominados: desde el ecumenismo cristiano, ayer, desde el cosmopolitismo de los derechos humanos, hoy. La víctima no es una figura que surge desde la propia experiencia histórica, cultural y política de los dominados, desde su conciencia histórica, sus saberes acumulados, o desde su propia producción como sujetos. Hay, por esto mismo, un hilo rojo, desde el pasado hasta el presente, que identifica a esta figura como sujeto pasivo, como aquel que sólo puede suscitar conmiseración, compasión o piedad.

Por esto, la imagen contemporánea de los dominados como víctima no ha variado mucho desde los viejos tiempos, como alguien que sufre daño material o moral a manos de otro o de otros que, por lo general, ostentan poder. El filósofo contemporáneo Giorgio Agamben la tematiza como homo sacer o nuda vida, para referirse a aquel que cualquiera puede darle muerte. El dominado es una víctima inocente, que sufre, que padece, que está enteramente a merced del poder. La relación política de poderes y dominaciones sobre dominados o vencidos, es sustituida por la relación “inmoral” entre victimarios y víctimas. La crítica al poder es crítica a su inmoralidad, que viola códigos sagrados o derechos universalmente consagrados. Sin reducir forzosamente sus términos, podría decirse que los alcances de esa crítica toman como blanco las desviaciones del poder o su degeneración, pero no al poder mismo en cuanto tal. Por lo demás, se trata de una crítica discursiva, de enunciación, pero sin sujeto de acción.

En segundo lugar, decía que la figura del dominado como víctima hay que trascenderla, no rechazarla. Digo bien trascenderla en sentido hegeliano. Trascender en este caso es reconocer al dominado no sólo en acto sino también como potencia. No sólo como sujeto sujetado, objetivado por el poder, sino también como posibilidad emancipatoria, como resistencia. Como la semilla de Hegel, que en Introducción a la Historia de la Filosofía es superada por el árbol, superación posible sólo gracias a que en cuanto semilla ella es también potencia, es decir, contiene el árbol mismo, lo anuncia. Esto implica replantear completamente la relación victimario-víctima, para colocarla en una dimensión más plena, la de dominación y resistencia. Dimensión de conflictos y antagonismos, reales o potenciales. La figura de la víctima no agota todas las posibilidades de la relación dominación y dominados, como tampoco la figura del obediente. Víctima y obediencia absolutizados como subjetividad de los dominados corresponden bien con la imagen de un poder total, de una dominación hermética, plena, densa y sin fisuras. Imperecedera. Por el contrario, la resistencia, como esa otra subjetividad indomesticada, insufrible, desafiante, crítica, subvertora, devela los límites y porosidades del poder, su temporalidad. Resistencia que siempre está ahí, antinómica frente al poder, como subjetividad excedente, nunca disciplinada ni acotada completamente por aquél.

Este replanteamiento-trascendencia implica reconocer, como bien lo anota Negri, que más allá de la víctima se encuentra la resistencia como ese otro del poder en tanto producción alternativa de subjetividad, que no sólo resiste al poder, sino que también busca autonomía respecto a éste. La resistencia es esa otra dimensión del dominado con el poder, como un poder otro de la vida que lucha por una existencia alternativa, y no la vida inerme, desvalida, expuesta como carne viva a ser triturada por las máquinas de guerra y explotación. La resistencia constituye al sujeto del mismo modo que el sujeto la realiza realizándose. A diferencia del discurso acerca de la víctima, la resistencia no es una prédica abstracta sobre sujetos pasivos, sino sujetos en movimiento, el sujeto en acción, potencia que anuncia la afirmación de la vida, la autonomía y la libertad. El “mal sujeto” de Touraine, rebelde a la regla y a la integración, tratando de afirmarse, de gozar de sí mismo, que gracias a la resistencia al poder transforma esa afirmación de sí en voluntad de ser un sujeto.

La condición de víctima y la posibilidad de la resistencia no son antinómicas. La resistencia se nutre y se afirma a partir del hecho de la victimización, de la pretensión de nuda vida del poder, de su exclusión o de su negación como sujeto. Desde el punto de vista de la resistencia, la víctima es un estado de indefensión, pero de indefensión activa no pasiva, indefensión sufrida pero también sobrepasada. Como diría Walter Benjamin, “La idea de sacrificio no puede imponerse sin la idea de redención”. Desde el mismo Bartolomé de las Casas la exaltación de las víctimas no deja de reconocer la resistencia: “comenzaron a entender los indios, dice De las Casas, que aquellos hombres no debían de haber venido del cielo; y algunos escondían sus comidas, otros sus mujeres e hijos, otros huíanse a los montes por apartarse de gente de tan dura y terrible conversación…De aquí comenzaron los indios a buscar maneras para echar los cristianos de sus tierras; pusiéronse en armas, que son harto flacas y de poca ofensión y resistencia y menos defensa (por lo cual todas sus guerras son poco más que acá juegos de cañas y aun de niños)”. Por eso en Colombia cuando hacemos la narrativa de la víctima hay que pasar a la historia, vieja y nueva, el cepillo a contrapelo, como diría Walter Benjamín en sus inquietantes tesis sobre la historia.

La experiencia contemporánea del conflicto armado en Colombia muestra vigorosamente que la población civil bajo dominio de los actores armados no siempre hace de víctima pasiva de la violencia y la agresión armada, ni que su actitud sea inevitablemente la de la lealtad sumisa ante el dominio de los mismos. Por paradójico que parezca, esta guerra también ha desencadenado valerosos y persistentes procesos de resistencia social por parte de vastos sectores de los dominados. De modo que el “neoliberalismo armado” imperante en Colombia por más de 20 años no sólo ha producido víctimas, también ha desatado procesos colectivos muy valiosos de resistencia y de lucha social, en los que la ciudadanía avanza hacia el ejercicio de sus derechos, el cese de la guerra, la búsqueda de la paz, el respeto de sus libertades, la autonomía, el rechazo a las contra-reformas sociales neoliberales y la autogestión económica y social. En el Cauca, en Antioquia, en los Santanderes, en la Costa Atlántica, en los Llanos Orientales, en las ciudades y en prácticamente todos los territorios de la geografía nacional irrumpe la resistencia como respuesta a la violencia de los actores armados y al neoliberalismo expoliador y excluyente. Hoy existe un vasto movimiento nacional de víctimas que muestra la enorme potencialidad de esa transfiguración radical de la condición original del sufrimiento de los dominados en actitud y condición de resistencia.

Después de la frustración producida tras la promulgación de la Constitución de 1991, por su incumplimiento, por las contrareformas de que ha sido objeto o por los desarrollos legislativos en contra de su espíritu democrático y transformador, el punto de la convocatoria a una constituyente se viene planteando en el país desde hace varios años. La idea la agitan sectores de la izquierda y de los movimientos sociales, y hasta la derecha uribista con propósitos claramente reaccionarios. La constituyente es una exigencia democrática de primer orden, que va más allá de la paz negativa eventualmente pactada entre las guerrillas y el Gobierno. Su actualidad como exigencia democrático-plebeya debe estar articulada estrechamente a la movilización nacional por una paz positiva, duradera y estable, a la configuración de nuevos y vigorosos sujetos sociales y políticos, que instituya un nuevo orden social y político fundado en criterios de justicia social y democracia popular. Se trata de un sujeto constituyente cuya potencia transformadora articula nuevos reclamos y subjetividades en resistencia. Aquí, el punto de vista de los vencidos y su potencia emancipatoria anuncia nuevos rumbos para la nación y su historia. Un salto de tigre del pasado hacia el futuro, un discontinuum histórico, que redima no sólo a las generaciones futuras sino también a las vencidas, como lo imaginaba Benjamin. Abrirle espacio y potenciarlo es la mejor y mayor responsabilidad con las víctimas.

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