Violencias políticas y política de memorias. Los desafíos del regreso del ex dictador Jean Claude Duvalier en Haití

on Martes, 30 Septiembre 2014. Posted in Artículos, Jean Waddimir Gustinvil, Haití, Jean Claude Duvalier, Edición 42, Internacional

42 Internacional

La dictadura tiende a destruir toda existencia de la pluralidad y de la política. Es así que la primera tarea de un régimen post-dictatorial es la de reconstruir el espacio público instituyendo la pluralidad como fundamento de nuestro estar juntos en una comunidad en devenir. La política es un asunto de lazos.

 
Jean Waddimir Gustinvil
Fuente de la imagen: www.noticiariobarahona.com

Jean Claude Duvalier es el hijo de Francois Duvalier, conocido con el sobrenombre de “Papa Doc”. Este último fue elegido presidente en 1975 con el apoyo del ejército y gobernó el país hasta 1971, año de su muerte. Antes de su fallecimiento designó a su hijo “Baby Doc” como heredero legítimo del poder, quien gobernará de 1971 a 1986 año en que deja el poder luego de una revuelta popular y se exilia en Francia. El régimen de “Baby Doc” es considerado como el más brutal de los dos regímenes, siendo responsable de más de 30.000 asesinatos y ejecuciones. Dirige el país con mano de hierro apoyándose en su fiel milicia armada, los Tontons Macoutes (“Voluntarios de la Seguridad Nacional” VSN), encargada de asegurar el mantenimiento del terror sobre el conjunto de la población. El 16 de enero del 2011 el ex dictador, con la complicidad de algunos países amigos, regresa a Haití poniendo fin a 20 años de exilio. Luego de su regreso, los responsables del Estado hacen todo lo posible por eximirlo de todos los crímenes perpetuados durante su dictadura. A pesar de la ausencia de voluntad política, el ex dictador está siendo procesado por la justicia haitiana por crímenes de lesa humanidad.

Cuando un dictador regresa a la escena política dejando su guarida del exilio (interior o exterior), su presencia en el espacio en cuestión es asimilada por los ciudadanos testigos como la de un fantasma que viene a perturbar el buen orden de las cosas. En El Coronel Chabert, de Balzac, aprendimos que los vivos detestan los fantasmas porque los primeros construyen el presente sobre la herencia dejada por los últimos. En este sentido, su regreso constituye a la vez una amenaza o, al menos, un desafío para el nuevo orden establecido. Por analogía, todo regreso de un dictador derrotado, como es el caso de Baby Doc, y luego de un largo tiempo de ausencia, constituye una amenaza para el nuevo orden que se estableció después de la caída de la dictadura. Sin importar la naturaleza del nuevo régimen o de quienes tienen el poder, sean los más fíeles apoyos o los más fuertes opositores del ex dictador, lo que es seguro es que todo regreso de un dictador somete al nuevo régimen a varios desafíos, siendo uno de ellos la capacidad a conjurarlo, es decir la capacidad a juzgarlo o volverlo inofensivo para los pasibles vivientes o al menos para la memoria de sus víctimas. Así, la cuestión del fantasma que atormenta el espacio político haitiano es subyacente a la cuestión de la justicia.

Volvamos al caso que nos interesa: el regreso del dictador haitiano Jean-Claude Duvalier, apodado “Baby Doc”. Su “retorno” así como el retorno de un “fantasma” o de un “ausente” somete las instituciones públicas a una ruda prueba, aquella de la inestabilidad de los logros políticos, ya que lo que el fantasma pone en evidencia es la inconsistencia de los principios de las instituciones públicas o de las instituciones democráticas. De este modo, si el regreso de Jean Claude Duvalier tiene un mérito, éste sería el de poner en evidencia la debilidad de las transiciones democráticas y sus balbuceos a la hora de juzgar a los ex-dictadores.

La presencia del ex-dictador en el suelo haitiano y la duda de la justicia haitiana para responder a las denuncias de las víctimas, son una muestra de la debilidad del proceso de democratización de la sociedad haitiana, que comenzó con la caída del ex-dictador el 7 de febrero de 1986. Luego de más de 25 años, a falta de una política seria de democratización de las instituciones del país por los actores políticos implicados en esta transición, las víctimas tienen una gran dificultad para hacer escuchar sus voces y las instituciones judiciales hacen muestra de su voluntad de enterrar estas voces.

¿Qué evidencia esta situación?

Esta situación dejar ver al menos dos cosas. Primero, la experiencia post-dictadura se acompaña siempre de un deseo de justicia de una gran parte de los ciudadanos que conoció los delitos de la dictadura. Estos ciudadanos fueron privados de sus derechos y violentados por los responsables del Estado o por los esbirros del régimen en el poder, en nombre de la violencia legítima del Estado. Aunque este deseo de justicia es justificado, éste no hace parte de las agendas de los actores políticos comprometidos en la ocupación del poder. De esta manera, el deseo será siempre un simple deseo si no se obliga a los actores políticos a integrar este importante parámetro en sus agendas, para que la institución judicial pueda identificar los responsables de las violaciones a los derechos de las víctimas. Segundo, las víctimas en todas las dictaduras han sido siempre identificadas como los enemigos interiores que deben ser eliminados para instituir la paz social deseada por el dictador. Las víctimas de la dictadura de Duvalier eran identificadas antes de ser asesinadas por ser "comunistas", así la primera batalla de éstas es la de recuperar su dignidad de víctima.

25 años después de la caída del régimen de Duvalier, la situación que vive la sociedad haitiana a través del proceso que se intentó contra el ex-dictador, seguido de los balbuceos de la institución judicial a perseguirlo por crimen de lesa humanidad, es reveladora de una incapacidad de la institución de conjurar los fantasmas de esa dictadura. Esto quiere decir que luego de 25 años, el espacio judicial se revela incapaz de entender la voz de las víctimas sin equipararla a perturbadores de la fiesta del nuevo orden que consagra el triunfo de la memoria de los verdugos sobre el de las víctimas. Todo esto muestra que ningún trabajo sobre la memoria se ha puesto en marcha para conjurar el espectro del regreso del antiguo régimen, y esto no es fruto del azar, por el contrario, esto hace parte de una voluntad política de conservar la amnesia colectiva. En este sentido el regreso de Jean Claude Duvalier no puede ser más que la prueba irrefutable de la eficacia de una cierta práctica política, que conserva el olvido de los crímenes políticos a través la institución de la impunidad como regla de gobierno. En este sentido, el trabajo de rehabilitación de la imagen del dictador es un trabajo ligado al régimen de gobierno en Haití.

Para romper con el vergonzoso pasado el régimen post-dictadura, se debería comenzar un trabajo de conjuración de los fantasmas del antiguo régimen. En efecto, este trabajo de conjuración, vía el refuerzo de las instituciones democráticas, constituye un sistema de defensa de la sociedad contra toda forma de posibilidad de regreso de esos fantasmas. Esta tarea es en sí misma un trabajo de restitución del conflicto entre memorias, que tendrá como fuente el esclarecimiento de la verdad para el conjunto de los ciudadanos acerca de los desafortunados hechos que se produjeron durante la dictadura.

Para efectuar un trabajo de conjuración de los fantasmas de la dictadura, el Estado debe comenzar por reconocer el respeto del derecho de las víctimas como una de las finalidades de la justicia estatal. El mismo Estado debe asumir su pasado de Estado criminal con respecto a su papel y participación en la violencia que fue ejercida en su nombre contra los ciudadanos a los que se suponía debía proteger. Por esto, éste tendría que tomar disposiciones para que aquellos que actuaron en nombre del Estado o de la ideología duvalieren sean llevados ante la justicia. Solamente un tal proceder por parte de la institución estatal post-dictadura sería apto para hacer nacer un nuevo relato nacional capaz de tener en cuenta “regímenes de frases”1 o los relatos de “memorias sufrientes”2 de las víctimas o de las memorias de los victimarios que hacen parte de ese doloroso pasado.

El advenimiento de esta nueva narrativa nacional capaz de rehabilitar la figura de las víctimas, distinguiéndola de la de los victimarios, es un imperativo para toda sociedad que quiera salir de la dictadura. Esta narrativa no debe ser confundida con el relato-discurso de la reconciliación, se trata de una narrativa de justicia que reconoce los errores del pasado y que no puede producirse sin la emergencia de una escena de justicia donde el encuentro frente a frente entre víctimas y verdugos vea la luz del día. La sociedad haitiana debe saber lo que sucedió realmente, es un deber de cada ciudadano frente a las víctimas.

Es en su propio interés que el Estado post-dictadura debe impulsar esta nueva narrativa porque en nombre del principio de la continuidad del Estado, él es solidario del Estado duvalieren, así que es responsable de los actos realizados en su nombre. Esto es lo que hace que el Estado haitiano no pueda escapar de ninguna manera a su papel de proporcionar justicia a las víctimas de dicha violencia. El caso de Baby Doc es un desafío para el Estado pos-dictatorial en general y sugiere algunas preguntas: ¿el Estado llamado “democrático” puede hacer justicia siendo heredero de las instituciones (ejército, policía, justicia, etc.) legadas por las dictaduras? ¿Cómo instituir una justicia reparadora o que calme las heridas dejadas en la sociedad haitiana por la violencia de la dictadura, sin provocar una fragmentación de la sociedad que nació al día siguiente de esta tragedia?

En el caso haitiano el discurso político del perdón de toda responsabilidad del Estado es un engaño. Este discurso llega en un momento en el que el espacio público político es dominado por la memoria de los verdugos, puesto que los actores políticos se inscriben en la continuidad de esta memoria. El miedo de una fuerte fractura de la sociedad no puede de ninguna manera justificar tal discurso. Los conflictos de memorias son la base de toda sociedad democrática ya que esta vive de los conflictos.

El caso de Jean Claude Duvalier tendrá por efecto benéfico el de subrayar la importancia de los lazos políticos en una sociedad que conoció la violencia extrema de un poder político delirante. La violencia ejercida por todo tirano durante el ejercicio de su pleno poder, se ataca a los lazos que establecen los unos con los otros. La dictadura tiende a destruir toda existencia de la pluralidad y de la política. Es así que la primera tarea de un régimen post-dictatorial es la de reconstruir el espacio público instituyendo la pluralidad como fundamento de nuestro estar juntos en una comunidad en devenir. La política es un asunto de lazos.

Este caso es importante porque señala tres vías para la sociedad haitiana que trata de salir del círculo de las dictaduras. La primera es el reconocimiento del estatus de las víctimas. Un estatus que no ha sido reconocido hasta ahora puesto que no existe ninguna política de memoria que pueda probar simbólicamente que el Estado quiere marcar los espíritus de las generaciones futuras a propósito de estos desafortunados eventos. El segundo es el reconocimiento de la figura de la víctima en su dignidad, que pasa por el reconocimiento del estatus del verdugo. Las dos figuras no pueden tomarse en forma separada, ellas deben comprenderse en una relación que las liga. Ellas son el producto de una doble relación: de una parte el verdugo produce la víctima por un acto de violencia; y de la otra, la víctima en vista de lo que la produce, designa el autor del acto. La tercera es la existencia de un juicio por crimen de lesa la humanidad en contra del ex-dictador tras una denuncia interpuesta por las víctimas que ha generado incomodidad en los responsables del Estado actual, y que deja entrever un rayo de esperanza en la reconstitución de los lazos políticos menoscabados por la dictadura. La reconstitución de estos lazos pasa por el reconocimiento de las diferentes memorias que atraviesan el espacio público post-dictatorial: la memoria de las víctimas, la memoria de los verdugos, etc. La rehabilitación de la figura de las víctimas de diferentes dictaduras vividas en el país es una de las condiciones necesarias para romper con la amnesia colectiva y la impunidad política como modalidad de gobierno.

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1Jean François Liotard, “El diferendo”

2Dorismond Edelyn, « L'ère du métissage”

[1] Para mayor información ver : Diederich et Burt, Papa Doc et les Tontons Macoutes, Port-au-Prince : Editions Henri, Deschamps, 1986. Jean Philippe Belleau, « Liste chronologique des massacres commis en Haïti au XXe siècle, http://www.massviolence.org/Article?id_article=471, mis en ligne le 14 décembre, 2009 consulté le 4 septembre 2014.

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