¿Vivir para trabajar o trabajar para vivir?

on Jueves, 02 Mayo 2013. Posted in Artículos, Edición 9, Crisis laboral, Nacional, Edwin Cruz

8 1EdwinHoy más que nunca la ciudadanía está anclada a criterios de igualdad abstracta y desigualdad concreta. De ahí la pertinencia de las demandas de ciudadanía universal, que hacen del ser productivo su criterio definitorio, independientemente del espacio donde se sitúe o de la comunidad política o cultural a la que pertenezca.
 
Edwin Cruz Rodríguez
 
El día de los trabajadores es una fecha propicia para formular esta pregunta. Durante buena parte de su historia, la humanidad se ha dividido en una reducida minoría que puede elegir su ocupación y vivir para trabajar, para quienes el trabajo es sinónimo de placer, autorrealización y felicidad, y una inmensa mayoría que no puede escoger y debe trabajar para vivir, para quienes el trabajo es una carga a cuestas desde que Dios expulsó a Adán y Eva del paraíso.

Por eso todas las utopías están ligadas directa o indirectamente con el fin del trabajo obligado. Una de las más coherentes, formulada por Karl Marx en el siglo XIX, sostenía que ese retorno al paraíso era inevitable: si bien deberíamos hacer lo posible para acelerar el proceso, forjar la revolución y realizar la utopía, necesariamente el desarrollo de las “fuerzas productivas”, la ciencia y la tecnología aplicadas a la producción, llevaría a una sociedad donde el trabajo forzado sería innecesario. Cuando las “relaciones de producción” capitalistas dejaran de ser funcionales al desarrollo de las fuerzas productivas, se produciría una revolución y el advenimiento de otra sociedad, en la que las máquinas nos ahorrarían el gasto de energía para la satisfacción de nuestras necesidades. Entonces, la sociedad se organizaría de modo que el trabajo no fuera una actividad dolorosa sino gozosa, donde el libre desarrollo de cada uno sería condición para el libre desarrollo de todos y cada quien aportaría trabajo según sus capacidades y sería retribuido según sus necesidades. En fin, donde todos podríamos elegir nuestra ocupación y vivir para trabajar, disfrutar de nuestras creaciones, auto-realizarnos y conseguir la felicidad.

Hoy tenemos razones suficientes para desconfiar del inevitable advenimiento de tal sociedad pero, al mismo tiempo, poseemos muchas más razones para preferir o desear esa alternativa y trabajar por construirla. A la intolerable miseria, la desigualdad social, la opresión y la explotación, se ha sumado la debacle ambiental planetaria que amenaza con extinguir la vida en poco tiempo. Además, hoy en día, las fuerzas productivas se han desarrollado a un nivel donde esa sociedad ideal sería posible. Sin embargo, en vez de avanzar a una realidad donde todos podamos vivir para trabajar, nos enfrentamos a una situación donde ya ni siquiera esa reducida minoría puede hacerlo. Ello se explica en cierta medida porque en la organización social actual, que es funcional como siempre a los intereses de una diminuta capa de la población, el desarrollo de las fuerzas productivas se ha convertido en un fin, en lugar de ser un medio para mejorar nuestra existencia y, hasta cierto punto, ha llevado a la anulación de la diferencia entre trabajo forzado (o alienado, dirían algunos) y vida –el fenómeno de la “producción biopolítica” como algunos autores lo han conceptualizado.

La distinción entre tiempo de trabajo y tiempo de ocio, implícita en la reivindicación obrera de ocho horas de trabajo, ocho de estudio y ocho de descanso, ya no se sostiene. En buena medida, los avances tecnológicos explican la reestructuración en las formas de trabajo, que se ha denominado “postfordismo” y que, entre otras cosas, se caracteriza por la informatización de los procesos productivos. La informática y las telecomunicaciones hacen innecesaria la concentración de los trabajadores -como ocurría con las fábricas-, la producción se descentraliza espacialmente y se redistribuye temporalmente. Ahora es posible trabajar cómodamente “desde casa” y establecer nuestro horario, pero ello tiene como contrapartida que el trabajo se confunde con la vida cotidiana, con nuestros espacios, tiempos y relaciones personales, familiares e íntimas, de tal forma que tenemos cada vez más dificultad para “desconectarnos” del trabajo.

Paradójicamente, las facilidades de conexión al trabajo están lejos de implicar una mejor articulación y organización entre trabajadores. Por el contrario, esa nueva configuración del trabajo, flexible y descentralizada, ha conllevado la crisis de las formas de organización y acción colectiva de los trabajadores, que se sustentaban en gran medida en las relaciones regulares que se establecían en las fábricas y otros espacios de trabajo. Existe una gran dificultad para crear alternativas de organización y acción colectiva más allá de los sindicatos, capaces de articular a las luchas contra el capital esa extensa gama de sujetos que aunque formalmente no tienen trabajo o son trabajadores precarizados, participan de la producción y son explotados. En fin, en lugar de liberarnos del gasto de energía para satisfacer nuestras necesidades, el desarrollo de las fuerzas productivas ha acabado por vincularnos más estrechamente al trabajo obligado.

Y es que es cierto que los avances tecnológicos reducen cada vez más la proporción de fuerza de trabajo humana empleada en la producción, pero ello no se ha traducido en un incremento del tiempo libre y menos en su mejor aprovechamiento, sino más bien en su desaparición. Tales avances han traído como consecuencia la flexibilización y la precarización laboral –el trabajo asalariado es cada vez menor al informal- y el desempleo estructural.

Todos estos fenómenos generan una creciente incertidumbre que lleva a la mayoría de las personas a fluctuar permanentemente, en el tiempo y en el espacio, entre distintos puestos de trabajo y adaptarse a las condiciones aunque ello implique dedicar por completo su vida a laborar. El trabajo ya no proporciona ninguna sensación de seguridad, ya no se puede tener un puesto para toda la vida o la mayor parte de ella, aunque ello no implica un mayor aprovechamiento del tiempo vital: las actividades orientadas al crecimiento personal y la auto-realización, como el deporte, la estética, la filosofía, la ciencia o el simple ocio.

Además, existe una tendencia hacia la dislocación del vínculo entre ciudadanía y trabajo, en la medida en que crece la población que, por el hecho de trabajar informalmente, sea en su país de origen o como migrante, no puede acceder al disfrute de sus derechos. Si durante la vigencia de los Estados de bienestar y, en América Latina, del Estado desarrollista, tal vínculo se estrechó mediante el reconocimiento de derechos laborales y la acción colectiva de los trabajadores, el desmantelamiento de esas formas de Estado implica una dislocación entre ciudadanía y trabajo. Hoy más que nunca la ciudadanía está anclada a criterios de igualdad abstracta y desigualdad concreta. De ahí la pertinencia de las demandas de ciudadanía universal, que hacen del ser productivo su criterio definitorio, independientemente del espacio donde se sitúen o de la comunidad política o cultural a la que pertenezcan.

Finalmente, esas tendencias conllevan una carga negativa para los día tras día más críticos sistemas de seguridad social, pues reduce sus ingresos haciendo que las posibilidades de jubilación, terminar con el trabajo forzado en algún punto de la vida para dedicarse a cosechar lo sembrado, sean cada vez menores o más distantes.

Todo ello ha hecho del trabajo una actividad más absorbente y menos placentera, cuyo fin no parece ser el logro de la felicidad sino el desarrollo infinito de las fuerzas productivas, incluso entre aquella minoría que antaño podía vivir para trabajar. La tecnificación de la producción requiere un alto estándar de preparación intelectual que, aunado al creciente desempleo estructural, generan una mayor competencia por los puestos de trabajo. El afán de seguridad laboral conduce a una obsesión con el desempeño laboral y el éxito individual, manifiesta en el aumento creciente de los trabajólicos (en inglés workaholic, adictos al trabajo) o de las personas que padecen el “síndrome del quemado” (burnout, desgaste ocupacional causado por la acumulación de estrés), curiosamente entre los cargos más elevados de dirección y mejor remunerados. El trabajo se convierte en una patología dolorosa entre quienes antes podían vivir para trabajar.

Obviamente, la explicación sería incompleta si achacáramos todo al avance tecnológico. La tecnología no tiene voluntad propia y no hace falta un esfuerzo intelectual profundo para comprender que nuestra organización social actual no es racional, pues no está orientada a la realización de la felicidad humana, la conservación y el desarrollo de la vida. Hoy más que nunca es necesario un cambio hacia una sociedad distinta, donde el desarrollo de las fuerzas productivas deje de ser un fin funcional a una pequeña minoría y se conciba como un medio para hacer del trabajo una actividad vinculada a la felicidad, la realización de las potencialidades de todos los seres humanos y la preservación del ambiente natural necesario para la vida. Ahora tenemos mayores incentivos: el desarrollo desaforado de las fuerzas productivas tiene como límite la crisis ambiental y la supervivencia de la especie humana. No es tarde, entonces, para responder si queremos vivir para trabajar o trabajar para vivir.

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