Wittgenstein, el mito de Filomela y las bordadoras de Mampuján

on Martes, 30 Abril 2013. Posted in Artículos, Mujeres luchadoras, Edición 8, Mampuján, Nacional, Paramilitarismo, Memoria histórica, Andrés Fabián Henao

8 henaoEl decir del silencio es político porque "habla" y "silencio" coexisten conflictiva y simultáneamente en el mismo acto que cuestiona la distribución que separa los que hablan de las que callan.
 
Andrés Fabián Henao
Fuente: www.fiscalia.gov.co

De lo que no se puede hablar, mejor es callarse
(Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus)

La última línea con la que Wittgenstein concluye su Tractatus encierra una productiva ambigüedad política. Se trata, por un lado, de la crítica que Wittgenstein esgrime contra el poder totalizante de la filosofía, que termina por atribuirse la prerrogativa de hablar con autoridad sobre todo discurso (científico, político, estético, religioso, etc.). Lo que se debe callar, el silencio en donde el habla es impotente, demarca un territorio en que la filosofía ya no puede gobernar, en que la philia (amor) por el saber no termina por convertirlo todo en un objeto del saber filosófico. Contra la hubris (exceso) de la filosofía Wittgenstein denota su finitud, los límites constitutivos del discurso filosófico a partir de los cuáles se puede hacer una cartografía política de su arrogancia.

Por otro lado, en tanto punto límite de la filosofía—y del propio Tractatus como el discurso filosófico que concluye—la línea también tiene un valor performativo. Es decir, la última línea del Tractatus no sólo denota sino que hace lo que dice. A diferencia del resto de las líneas que constituyen el Tractatus a la última línea no la sigue un comentario que la explique o la desarrolle. De ser así, Wittgenstein se vería—paradójicamente—obligado a hablar de aquello sobre lo que él mismo dice que no se puede hablar. El único comentario posible es la ausencia de comentario alguno. De modo que el silencio de la última línea termina por decir algo sobre la filosofía y el propio discurso de Wittgenstein, por delimitar la espacialidad del propio Tractatus. El silencio que concluye el Tractatus participa del argumento, lo realiza por así decirlo.

Si la última línea del Tractatus puede convertirse en máxima filosófica, una máxima en la que la propia filosofía reconoce el tipo de poder que la produce, la delimita y que circula a través de ella, todo lo contrario sucede con la política. La política existe precisamente cuando uno habla de lo que no se puede hablar, cuando las normas, instituciones y prácticas que legitiman determinados discursos como posibles son cuestionadas mediante la irrupción de los discursos que dichas normas delimitan como imposibles. En política, el silencio que en Wittgenstein cuestiona la arrogancia del discurso filosófico—que debe auto-silenciarse a riesgo de reproducir su potencial colonización del saber—produce lo contrario, soporta la violencia del status quo, que busca sumir en el silencio al discurso que prohíbe. El silencio, al que Wittgenstein le otorga una función de rompimiento con la jerarquía del saber, tiene la función contraria en la política. En lugar de producir una interrupción, el silencio de la política soporta la jerarquía que busca naturalizar la desigualdad sobre la que determinada autoridad se mantiene y se reproduce.

En ambos casos, sin embargo, lo político emerge cuando el silencio dice algo en relación con aquello de lo que no se puede hablar. En el Tractatus, el silencio que realiza el argumento, el silencio que dice algo al final del texto, inscribe a la filosofía en el universo político del conocimiento. El silencio hace visible el saber como un espacio de conflicto entre distintas disciplinas y otras formas de conocimiento que escapan de la formación disciplinaria, por ocupar y resistir posiciones de autoridad con relación a aquello de lo que se puede hablar. En el caso de la política, el silencio que dice cuestiona la violencia que legitima determinados discursos y deslegitima otros, desordena la separación entre los que hablan y los que callan y problematiza la distribución social del habla y del silencio. El decir político del silencio no opera mediante la transformación de la que calla en la que habla, como si se tratara de dos eventos temporalmente distantes que son mediados por una acción política exterior a ellos. El decir del silencio es político porque habla y silencio coexisten conflictiva y simultáneamente en el mismo acto que cuestiona la distribución que separa los que hablan de las que callan. Esta es la característica distintiva de las arpilleras, textiles políticos—originalmente bordados por las mujeres de Isla Negra en Chile—mediante los cuáles las mujeres han hecho visibles el conjunto de violencias que organizan y distribuyen el habla y el silencio en lo público, lo privado y lo último, y que terminan por desproveerlas de su voz.

Aquí vale la pena recordar el mito griego de Filomela. A Filomela la viola Tereo, el esposo de su hermana, Procne, que es también el rey de Tracia. A Procne la forzó su padre, Pandión, a casarse con Tereo como retribución al rey extranjero por haber salvado a Atenas de las invasiones bárbaras. Procne debe irse a vivir a Tracia en donde procrea un hijo con Tereo, al que llaman Itis. Cuando invitan a Filomela para que conozca el niño Tereo la viola antes de que llegue al palacio y, para ocultar su crimen, le corta le lengua y la encierra en el bosque diciéndole a Procne que su hermana ha muerto. La sumisión en el silencio de Filomela es triple. En primer lugar, como una mujer ateniense Filomela no puede participar en los discursos públicos, las normas de la ciudad la clausuran al hogar y su domicilio está sujeto a la autoridad masculina. En segundo lugar, su propio hogar, el único espacio en el que de alguna forma su habla es reconocida, también le ha sido usurpado. Tereo la ha encerrado en el bosque en una torre de piedra de la que Filomela no puede escapar. Finalmente, después de violarla, Tereo también le ha mutilado el órgano vocal. Sobre el cuerpo de Filomela recaen al menos cinco violencias que se soportan las unas a las otras sin que sus lógicas y sus protagonistas sean necesariamente los mismos: i) la exclusión del ámbito público, ii) la subordinación en el ámbito privado, iii) el encierro y el aislamiento, iv) la violencia sexual y v) la mutilación corporal. Filomela no puede hablar, ni en la polis (ciudad), ni en el oikos (casa), ni en la soledad de su encierro (intimidad). Aun así, Filomela consigue decirle a su hermana qué fue lo que le pasó. Su estrategia consiste en bordar su historia en un tejido que le envía a su hermana con ayuda de un sirviente que desconoce el mensaje político que porta aquel objeto.

Procne recibe la arpillera y diseña un plan para salvar a su hermana. Según cuenta Ovidio, en sus Metamorfosis, durante el banquete de Baco Procne aprovecha para rescatar a Filomela de la torre, fingiendo estar conducida por la locura del Dios que gobierna el aquelarre. Tras romper las puertas de la torre, Procne disfraza a Filomela con los vestidos de Baco y la esconde en el palacio. A esta primera respuesta, que deriva en la libertad de su hermana, le sigue otra, que gira en torno a la venganza contra Tereo. Esta segunda respuesta cobra una nueva víctima, Itis. Procne asesina a su propio hijo con una espada, mientras Filomela le corta la lengua con un cuchillo. Luego ambas hermanas lo descuartizan para cocinarlo y servírselo de comida a Tereo, que muy tarde se da cuenta de quién es la carne que ha devorado. Horrorizado, Tereo desenvaina su espada para asesinar a las hijas de Pandión, que huyen hacia el bosque en busca de refugio. Los Dioses intervienen y los convierten a todos en pájaros. Tereo se transforma en un tipo de abubilla cuyo rostro parece armado, a Procne la vuelven un ruiseñor que llora la muerte de su hijo y a Filomela la convierten en una golondrina sin lengua. La historia de Filomela concluye en filicidio, canibalismo y persecución eterna. No así la de las arpilleras del siglo XX, las herederas de Filomela.

Vi las arpilleras por primera vez en la galería de la Universidad de Massachusetts, Amherst, el 27 de Febrero del 2012. La mayoría eran chilenas, bordadas a finales de la década de los setenta, después que la dictadura de Pinochet instaurará el silencio como política de Estado, mutilando simbólicamente el órgano vocal mediante la militarización de todos los espacios políticos y sociales. En Chile no se podía hablar, a riesgo de ser desaparecida, torturada o asesinada. Las mujeres se reunieron en las Iglesias y en sus propias casas, aprovecharon los talleres organizados por la Vicaría de la Solidaridad y comenzaron a tejer sus historias en la tela de los costales (de ahí el nombre arpilleras), en donde hicieron públicos los excesos de la dictadura, el coraje de su resistencia y su rol como (re)constructoras de la memoria y de la historia política de Chile. En las arpilleras chilenas se protesta contra las salas de tortura, se registran las marchas que lideraron contra la ley antiterrorista, las denuncias que hicieron frente al desalojo de la comunidad Mapuche, la detención injusta de sus líderes y la huelga de hambre que protagonizó la comunidad, entre muchas otras acciones. También vi arpilleras del Perú, España, Irlanda, Alemania y Zimbabwe, protestando contra la violencia colonial, la pobreza, la exclusión social y política de las mujeres, el autoritarismo y el desalojo, entre otros.

Pero las arpilleras no sólo hablaban de la violencia que sufrían sus tejedoras, sino de las relaciones sociales que se tejían entre las mujeres en los talleres, mientras resistían la represión de sus gobiernos, el silencio que se les imponía. En los bordados aparecen ollas comunitarias, talleres colectivos, mesas de trabajo, foros improvisados en las iglesias, homenajes públicos a las víctimas, mujeres recuperando sus territorios en la periferia de las ciudades, expresando su deseo por volver a la democracia en las calles, preguntando por el paradero de sus familiares desaparecidos, encadenándose a las rejas del parlamento, reclamando “paz, justicia y libertad”. El bordado, de otro modo silencioso, dice lo que no se puede decir cuando se ha impuesto el silencio. No solo se trata del conjunto de significados políticos que se tejen en él, sino de la propia transformación del bordado de mercancía descartable—en donde también queda registrada la violencia que reproduce la desigualdad de clase, que está a la base del autoritarismo político y patriarcal—en objeto de arte político. La propia precariedad del material que compone la arpillera registra la dimensión estructural de la violencia que impone y reproduce el silencio de sus productoras. La arpillera dice porque no dice, porque no habla sino que muestra lo que pasa en un mundo militarizado en donde el habla ha sido prohibida. El bordado hace coexistir lo dicho y lo silenciado porque la arpillera suplementa, visualmente, la marginación policiva de lo fonético.

Visité la galería por última vez el día de su clausura y me detuve en las dos arpilleras bordadas por las mujeres de Mampuján en Colombia, en las que se narra tanto la masacre que cometieron los paramilitares el 11 de marzo de 2000—y que forzó el desplazamiento de 1400 campesinos afro-descendientes—como la (dis)continuidad de la violencia racista que las afro-colombianas resisten desde que los cimarrones organizaron los palenques en su lucha contra la esclavitud en Colombia. La yuxtaposición de ambas arpilleras me hizo caer en cuenta que Procne, si bien es cierto no participa materialmente del tejido, si participa del futuro simbólico de su contenido político. Procne no es una espectadora pasiva del bordado de su hermana, así como nosotros tampoco somos espectadores pasivos de las arpilleras de Mampuján. Procne debe tejer una historia que bien puede derivar en el rescate de su hermana y la interrupción de la violencia patriarcal y racista que la silencia, también puede traducirse en la reproducción de otra violencia que se origina en la venganza. Me pregunto ¿cuál ha sido la historia que hemos terminado por tejerle a las arpilleras de Mampuján con nuestra participación simbólica por su futuro? ¿Me pregunto si hemos sabido escuchar lo que dicen los bordados o si hemos decidido callarnos, porque no se puede hablar?

Comentarios (0)

Déje un comentario

Estás comentando como invitado. Autentificación opcional debajo.

Ediciones anteriores

Ver más ediciones