¿Y dónde está el Estado colombiano en los tiempos de paz?

on Lunes, 13 Marzo 2017. Posted in Artículos, Edición 101, Estado y violencia, Edgar Ricardo Naranjo, Posconflicto, Nacional, Participación social

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Necesitamos un Estado descentralizado, cuyas instituciones gobiernen desde las regiones y sus funcionarios respondan a las dinámicas locales-comunitarias y no al aparato burocrático central. Así podremos ir encontrando al Estado perdido y suplantado, así podremos hacerlo propio y colectivo. El Estado de la vida cotidiana, el de nuestros sueños y el de nuestras esperanzas, el de nuestros cuerpos y territorios.

 

Edgar Ricardo Naranjo
Fuente de la imagen: https://fverdesoto.wordpress.com

¿Cómo reaccionamos, qué sentimos y qué pensamos cuando escuchamos la palabra Estado? Se dice que debemos ponerle mayúscula cuando la escribimos y su alcance dentro de esta perspectiva supone un mundo de posibilidades que pretenden tener un cierto poder de divinidad, misticismo y supremacía. Pareciese que anteriormente había sido llamada de otra manera, sin embargo el poder de las palabras la institucionalizó en la vida social y académica. Desde ese momento se estudia al Estado como un ser vivo, se recrea en los libros, se reinterpretan sus significados y se justifica su existencia. Un mundo de ideas y discusiones sobre el mismo objeto, sobre el mismo aparato abstracto que comienza a tener forma cuando nos hablan de la presidencia, el congreso, los jueces, los alcaldes. Por lo menos esa era mi percepción, posteriormente y debido a mi animadversión hacia el Estado, comencé a verlo y sentirlo cada vez más presente, entonces comprendí que existía una enorme distancia entre el Estado de los libros y el Estado de la vida cotidiana.

Al igual que las diferentes visiones que se pueden construir sobre un mismo espacio, las percepciones acerca del Estado pueden ser diversas sobre todo si su presencia institucional es reducida. Esto pasa en Colombia y otros países de América Latina y el Caribe, en donde las interpretaciones sobre ese ente omnipresente, varían de forma particular ya que en algunas regiones el Estado no es más que la representación simbólica de un ente de poder ausente. Es por eso que se han concebido otras formas de entenderlo, otras maneras de nombrarlo y reclamarlo. Desde esa cotidianidad el Estado ha adquirido otros significados, aspecto que se hace muy visible en nuestro país, en donde coexisten varios estados al interior de un Estado, un sinfín de micropoderes y elites regionales en el seno de un idílico proyecto de nación que ha buscado crear una identidad colectiva en torno al Estado colombiano.

En Colombia un sin número de grupos de poder se autoproclaman Estado y en función de esto la generalización de la idea ha adquirido muchos matices, convirtiéndose así en el Estado de las elites regionales, el Estado de las empresas mineras y petroleras, el Estado del narcotráfico, el Estado de los grupos armados. En el vacío del poder del Estado y el incremento del accionar violento por causas relacionadas con el conflicto armado, el narcotráfico y la extracción desmedida de los recursos naturales, la población reclama seguridad, ya que lo demás sigue siendo administrado y controlado por estas pequeñas fuerzas que han hecho presencia en estos lugares y han llenado el vacío dejado por las instituciones de un ente central de poder que en la teoría logra ser identificado en las cátedras de las facultades de ciencia política y derecho, pero en la realidad tan solo se percibe como aquella fuerza legítima que detenta el monopolio de la violencia. En este sentido ¿cómo materializar la propuesta de la paz territorial en Colombia, cuando en las regiones más afectadas por el impacto del conflicto armado la visión-percepción del Estado se ve reducida a la presencia de la Fuerza Pública?

Si bien este elemento se considera parte fundamental de la estabilidad social de muchas comunidades, la concepción del Estado debería mantener un nivel más amplio de acción en cuanto a la protección de la seguridad jurídica de las tierras y la presencia física de sus instituciones en los campos de la educación, la salud y el desarrollo sostenible de las regiones. ¿Por qué no se reclama? Porque nunca se ha visto.

Conforme a esto, no podemos culpar a la población, ni a las comunidades por mantener esta visión del Estado colombiano, ya que esta percepción se ha ido construyendo a lo largo de la historia. Por ejemplo, en el departamento del Cesar el Estado se ha presentado como el garante de los intereses económicos y políticos de las élites, su presencia se equipara con la del poder regional que algunas familias han constituido a partir de la aplicación de políticas económicas que reforzaron la acumulación y la expansión de las tierras para el cultivo del algodón, la ganadería extensiva y más recientemente la explotación minera. Con el incremento de la violencia y la agudización del conflicto armado, el Estado se convirtió en el garante de la seguridad, razón por la cual su presencia se contaba por el número de batallones construidos en los lugares más importantes de este departamento. Paradójicamente mientras se incrementaba el pie de fuerza militar, las acciones paramilitares se fortalecieron. Durante los años 2002 y 2003 la mayor parte de los crímenes perpetrados por el Bloque Norte de las AUC se llevaron a cabo en el corregimiento de La Mesa, lugar custodiado por las tropas del Batallón La Popa ubicado en la carretera que conduce de la ciudad de Valledupar al corregimiento mencionado (Comisión Observación Humanitaria, 2003).

Uno de los casos más emblemáticos en nuestro país es el del departamento del Chocó, una región cuya población se ha cansado de buscar el significado del Estado. En este trasegar, y por más que se intente rememorar la presencia de las instituciones, aparecen las inversiones y gestiones de sectores privados, como es el caso de las empresas de extracción de oro y platino que se fueron instalando en la región a finales siglo XIX y comienzos del XX. Gabriel García Márquez logró evidenciar este fenómeno en el año de 1954, al describir en su narración en detalle la prosperidad de la cabecera municipal del medio San Juan, la ciudad de Andagoya, urbe ostentosa edificada por los mineros extranjeros (Márquez, 1954). En esta misma dirección, se pueden encontrar los registros de la intervención que el cartel de Medellín logró establecer en la década de 1970 al interior de Bahía Solano y Juradó. Aquí el narcotráfico ejerció su control territorial desde todas las perspectivas y su presencia posibilitó la construcción de nueva infraestructura en la región.

A raíz de la aparición de la guerrilla de las FARC-EP en la década de 1980 y la de las AUC en la década de 1990, la disputa por el territorio consolidó una cruenta guerra, en la cual se registraron dos de las masacres más impactantes en la historia nacional, la de Coredó en 1996 y la de Bojayá en 2002. Así mismo se presentaron un sin número de enfrentamientos armados, los cuales obligaron a millones de personas a abandonar su territorio ¿Y en estos casos dónde estuvo el Estado?

Se manifestó con la Fuerza Pública que comenzó a hacer presencia en estos lugares lejanos y se encuentra acompañando a la población desplazada en su legítimo proceso de retorno y reparación colectiva. Sin embargo y en el marco de este arduo y continuo proceso por la paz, la visión del Estado se sigue representando bajo una institucionalidad armada que provee seguridad a sus ciudadanas(os), pero que se encuentra distante de su población y de sus regiones. Este podría ser uno de los mayores desafíos del Estado colombiano en tiempos de paz y de su visibilidad depende el cambio de percepción que la población en las regiones tengan de él. Necesitamos un Estado descentralizado, cuyas instituciones gobiernen desde las regiones y sus funcionarios respondan a las dinámicas locales-comunitarias y no al aparato burocrático central. Así podremos ir encontrando al Estado perdido y suplantado, así podremos hacerlo propio y colectivo. El Estado de la vida cotidiana, el de nuestros sueños y el de nuestras esperanzas, el de nuestros cuerpos y territorios.

Referencias

Comisión Observación Humanitaria. (2003). “Informe”, en: Cuando la madre tierra llora (2009). Bogotá: Fundación Cultura Democrática.

Márquez, Gabriel García ( 1954) La riqueza inútil del platino colombiano, el espectador. Bogotá http://www.elespectador.com/noticias/nacional/riqueza-inutil-del-platino-colombiano-articulo-332114

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