Camilo Castellanos

con la ayuda de los mejores poetas

y de un novelista que también es poeta

El 27 en la madrugada, desperté con la ilusión viva y floreciente. Había cultivado semana tras semana, a fuerza de whatsapps, la certeza de que el país estaba cambiando y estaba cambiando.  Como si se hubiera liberado una fuerza contenida por el miedo y la desesperanza, las plazas se llenaban de fervor y coraje, y surgían voces inéditas para manifestar la voluntad de conquistar otro país y, a veces con el desenfado de Francia Márquez, se atrevían a decir en escenarios no admitidos y en momentos que podrían considerarse inoportunos que era necesario soñar y que los sueños podían hacerse realidad.

Yo, señor, soy acontista.

Mi profesión es hacer disparos al aire.

Todavía no habré descendido la primera nube.

Mas, la delicia está en curvar el arco

y en suponer la flecha donde la clava el ojo.

(León de Greiff)    

Por décadas se había inoculado el realismo de que no era posible romper el cerco de la marginalidad.  La tenaza bipartidista, se argumentaba, ahogaba la inconformidad.  La represión con la fuerza de la inercia monocorde cerraba el paso implacable a los anhelos de justicia.  Los medios masivos de comunicación en manos de los poderosos no dejaban oír ni ver otra cosa que la monserga de que era iluso pensar que fuera posible otra realidad, que la única verdad posible era la pesadilla que por décadas vivimos.  Pero

los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria.  Una nueva  y arrasadora  utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir,  donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad  puedan tener por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra…

(Gabriel García Márquez)

Así, con la espontaneidad de la vida, sin un cerebro capaz de programarlo todo, empezaron a surgir los cantos del Llano, y de las tierras frías las tonadas carrangueras, los paseos del Valle y las champetas también, y las marimbas del Pacífico, y la gente improvisaba parodias y largos poemas, todos expresando, a veces con ingenuidad,  que había aparecido una nueva fe, la fe en sí mismo, en la propia capacidad, seguros de que era posible hacer que el emperador cayera de su corcel. El buen profesor, formado en los pensares del solitario de Koenisberg, juzgaba que todo era mal gusto… “Muy mal gusto político y musical”.

Cuando aparece en Cojimar un problema, no van a buscar la solución a Dantzig. Las levitas son todavía de Francia, pero el pensamiento empieza a ser de América.  Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa, y la levantan con la levadura de su sudor.  Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear.  El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino!

(José Martí)

 Y es que esta es la gran novedad.  Cuando lo creyeron muerto, irremisiblemente muerto, el pueblo renació de sus cenizas.  A las plazas llegaban los indios caucanos y los de la sierra nevada, los indios, la guacherna.  Y los negros de las dos costas, con su alegría que no conoce límites, se metieron a la plaza.  Y los pobres de las barriadas ocupaban ese viejo escenario, a decidir el destino colectivo como corresponde a los verdaderos ciudadanos. Es curiosa esta mezcla de la tradición de la plaza pública —arrinconada por el terror y las nuevas tecnologías, con las que se pretende eludir los olores y los gritos populares, para disfrutar en la soledad del estudio las buenas razones y los mejores sentimientos—   y el recurso a las mismas nuevas tecnologías invadidas ahora por el mal gusto de los nadies y sus pobres pero poderosas razones.

Solía escribir con su dedo grande en el aire:

«¡Viban los compañeros! Pedro Rojas»

(…)

¡Viban los compañeros

a la cabecera de su aire escrito!

¡Viban con esta b  del buitre en las entrañas

de Pedro

y de Rojas, del héroe y del mártir!

(César Vallejo)

 Otra gran nueva es la irrupción de legiones de jóvenes —y no solo a la campaña de la Colombia Humana, también a la de la Coalición Colombia  y a  la de Humberto de la Calle—, jóvenes que se han casado con la idea de que la paz es un aspiración irrenunciable, que la defensa del medio ambiente es la causa de la humanidad, que quieren ciencia y cultura para todos. Se escaparon de los claustros y se apoderaron de los espacios públicos para ingresar en las plazas en tropel y es su tropel el de un país que insurge en el escenario y del que nada ni nadie podrá expulsarlo.

Todavía irrumpir. Irrumpir otra vez… No cïar.

Todavía irrumpir. Siempre izar, no amainar.

Todavía irrumpir, irrumpir otra vez. No anclar en el recuento

de  fazañas, proezas, de éxtasis y deliquios de dulce memorar,

de capitoso retrotraer,

de deleitable revivir…

Todavía irrumpir.

Irrumpir otra vez. No amainar. No cïar. Jamás anclar…  

(otra vez León de Greiff)

 El 27 amanecí pensando que este día muchos vivíamos la misma ilusión. No sabía si la fe es una forma de la ilusión.  Pero recordé que de pequeño me enseñaron que la fe mueve montañas.  Y me preguntaba si la ilusión de todos el 27 de mayo haría el milagro.  Y la montaña empezó a moverse.  La abstención comenzó a ceder, no por el encanto del billete y el tamal, sino a la voz desafiante del aquí vine porque quise, a mi no me pagaron.  La ilusión de estos días es fermento de siglos de postergación y abandono, de traiciones reiteradas, de broncas ante la desigualdad afrentosa que supura el privilegio, de esperanzas  que evaden el escepticismo y  el desencanto.

El 17 de junio la montaña acabará de moverse.