Christian Fajardo

* Christian Fajardo

Doctor en Filosofía de la Universidad de los Andes. Magíster en Filosofía de la misma Universidad y politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Profesor asistente del Departamento de Ciencia Política de la Pontificia Universidad Javeriana. Sus intereses giran alrededor de la filosofía política contemporánea y de las tensiones entre sociología y filosofía.

La noche del 6 de junio del año en curso en Zona Franca1, Héctor Riveros, director del instituto de pensamiento del partido liberal y panelista de blu radio, puso en evidencia el carácter delirante de las apreciaciones de los apologistas del voto en blanco de cara a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia. El argumento de Riveros fue el siguiente: el voto en blanco es una necesidad histórica porque quien en apariencia unifica la resistencia en contra del uribismo, no es Gustavo Petro, sino alguien con una convicción de centro: Fajardo o De la Calle. Ahora bien, viendo que ninguno de estos espíritus neutrales logró pasar a la segunda vuelta, no hay otra alternativa que optar por el emblema del centro: el voto en blanco. Para Riveros es contradictorio marcar el tarjetón sobre la imagen de Petro y Ángela María Robledo porque su convicción de centrista lo obliga a marcar la casilla blanca, aun cuando sea un voto indirecto para el uribismo. Y, para finiquitar su delirio, Riveros termina diciendo que, entre Duque y Petro, prefiere que gane el segundo; pero, lastimosamente no podrá votar por quien quiere que sea elegido.

Muchos dirán que decir que las palabras de Riveros son delirantes no contribuye mucho a la deprimente labor de seducción a la que hemos caído muchos de nosotros para convencer a un centrista de este tipo para que vote por Gustavo Petro. Propongo una campaña diferente. Desnudemos sus argumentos para mostrar que su defensa del voto en blanco cae en lo que ellos odian: en un pensamiento dogmático que prohíbe la capacidad humana de sopesar, de elegir y de distinguir. Los centristas se jactan (pensemos en Andrés Hoyos, en De la Calle, en Fajardo, en Abad Faciolince) de que, a diferencia de Petro, a ellos sí les interesa la deliberación, el intercambio de argumentos; sin embargo, ¿hasta qué punto su espíritu deliberativo se ve manifestado cuando la necesidad de la pulcritud del centro les atrapa la mano y los obliga a marcar la casilla en blanco? ¿Lo centristas no están pelando el cobre al mostrar que no son los humanos los que toman decisiones sino la pulcritud del centro que se presenta como si fuese una razón supra-histórica y que solo ilumina a los mejores de una sociedad? ¿Hasta qué punto defienden la democracia y la deliberación cuando sus actos y sus gestos ponen en evidencia que solo existen unos cuantos seres humanos de centro que son iluminados por la divina providencia de la razón mientras que los demás están enervados y embrutecidos por las propuestas de un “populista” como Petro?

El gesto de Riveros, como de los demás centristas, me recuerda al comunismo estalinista soviético y a las dictaduras que padeció la mal llamada Europa del este. Sí, estoy comparando la perspectiva de un impoluto centrista con la del estalinismo. La razón es sencilla. Los comunistas soviéticos pensaban que existe una razón escondida detrás de los acontecimientos. Solo los mejores y los más iluminados lograrían acelerar la infalibilidad del proceso histórico para llegar a una sociedad comunista. No importaban los medios, se trataba de alcanzar una sociedad sin clases. El escritor húngaro-británico Arthur Koestler en su novela Darkness at noon pone en evidencia esta demencialidad a través de su protagonista: Ruvaschov, integrante del partido comunista y férreo creyente de la razón escondida detrás de la historia y que además cayó preso por varios señalamientos de su presunta traición a la revolución. A pesar de esta “injusticia”, Ruvaschov acepta con resignación su expulsión del partido comunista y su encarcelamiento porque, a juicio de él, mientras los seres humanos son débiles y falibles, la historia es infalible e irresistible. Para él hay una razón escondida que lo obliga a transformarse en víctima.

Esta razón escondida que obligaría al centrista Riveros a marcar la casilla en blanco del tarjetón, es la misma de Rubaschov. Los atuendos y los argumentos claramente son diferentes —Riveros y De la Calle jamás se verían reflejados en la figura de un comunista soviético— pero la lógica de sus argumentos es exactamente la misma: hay una necesidad irresistible que obliga a los centristas a concebir el terror de la política de Álvaro Uribe y la presunta egolatría de Gustavo Petro en el mismo nivel.

La demencialidad de su argumentación consiste en que ellos saben muy bien que el retorno de la política del terror de Álvaro Uribe es, sin duda alguna, el mal que hay que combatir, pero su impoluto blanquismo (que no tiene que ver con la genial figura de Auguste Blanqui) los obliga a ser cómplices del terror uribista. Para ellos, es mejor estar del lado del terror con el fin de que sus ideas blancas no sean violentadas —de la misma manera que Rubaschov prefería su encierro con tal de que las ideas comunistas no se vieran violentadas—. O podemos decirlo de una manera más sencilla: la consecuencia práctica de los planteamientos de Riveros consiste en que es preferible desencadenar una política del terror con el fin de preservar unas ideas blancas intactas. En esa medida, la sociedad colombiana logrará superar el terror en el momento en el que una persona con ideas blancas logre disputar el poder del Estado porque el uribismo no se combate con posiciones, sino con el blanco deslactosado de una política de centro.

Desde mi punto de vista, esta es la actitud que hay que tomar en contra de los centristas. No suframos por el hecho de que no quieren votar por la Colombia Humana. Muchos de ellos no cederán. Quienes pueden ceder ante esta actitud funesta, demente y delirante son los ciudadanos libres, las personas que saben muy bien que en el discurso de Gustavo Petro pervive una promesa de humanidad que pudimos ver, como un destello, en sus geniales políticas. ¿No recuerdan la lucha de Petro por construir vivienda de interés prioritario en el corazón de Bogotá y no en las periferias como estaban empeñados Santos y Vargas Lleras? Esta lucha dio como resultado la bella Plaza de la hoja (Carrera 30 casi con 19; al frente del C.C. Calima). Apartamentos que, para Santos, debieron haberse construido donde deben vivir los pobres: en la periferia. ¿Alguno de ustedes recuerda cómo la Bogotá antes de Petro estaba llena de vehículos de tracción animal? Hoy no existen. Los recicladores entregaron sus caballos al distrito para recibir unos camioncitos de gas que los sigo viendo. Y ¿El mínimo vital de agua?… Podría continuar, pero lo que quiero decir es que los centristas no ven esto no porque sean brutos, sino porque su dogmatismo marchitó una de las actividades primordiales del espíritu humano: el pensamiento. Como lo aprecia Arendt, el pensamiento no tiene que ver con el saber; sino con la capacidad de luchar en contra de ideas blancas que nos prohíben decidir y, al mismo tiempo, deducir de ellas lo que nos venga en gana.

  1. Programa de opinión dirigido por Daniel Pacheco que se transmite en Red Más.