Lucas Restrepo

* Lucas Restrepo

Doctorante en Ciencias Sociales, mención Sciences juridiques et philosophie politique, de la Universidad Denis Diderot - Paris 7 (Francia). Proyecto de investigación: ’’Gouverner le conflit, faire justice. Une lecture généalogique de l’expérience de la justice à propos du conflit politique colombien’’. Master 2 europeo en Filosofía, mención: Philosophie et critiques contemporaines de la culture, de la Universidad de Paris 8 (Francia). Especialista en Derecho Público de la Universidad Externado de Colombia. Abogado de la Pontificia Universidad Javeriana - Cali

Como nos lo recuerda Deleuze, el escritor es extraño al mundo de los intelectuales puesto que su lugar está del lado de la invención; el escritor inventa, inventa una lengua en la lengua, el escritor la hace delirar, y ese delirio forma las figuras de una Historia y de una geografía constantemente reinventadas1. Invención impersonal, no obstante: no es el Autor-rey sino el proceso delirante el que inventa la diferencia dentro del lenguaje. No es difícil encontrar diferencias entre un escritor y un intelectual: el escritor es como arrastrado por un proceso de creación; el intelectual es un estatuto, un fuero. El escritor deshace las frontera del lenguaje, des-identifica; el intelectual repite, reproduce. El escritor arriesga en el proceso de indiferenciación que lo arrastra, incluso hasta la auto-abolición; el intelectual hace de la mediocridad la fuente de todo su brillo. El escritor está atrapado en un devenir; el intelectual no es más libre que un prisionero de su propia Historia. El lugar del intelectual es tan pobre que cualquiera puede ocuparlo. Pocos hoy en día se deshacen en el pensamiento de esa carga.

A veces, la Historia se rompe, explota, se hace añicos por un gesto del presente que no puede ya asimilarse a sus condiciones de posibilidad. El escritor no dice la verdad ni de la Historia ni de sus rupturas, sólo deviene él mismo en las formas más inverosímiles; no es un pontífice fungido de la sagrada misión de darle forma al mundo con sus palabras, es un ser saludable que experimenta el derrumbe de su propio mundo incluso allí en el momento de mayor brillo, como Andrés Caicedo y sus atravesados en medio de una urbe joven y frenética que lleva ya toda su decadencia a cuestas. Y, sin embargo, ese mundo se recompone constantemente, puesto que la mediocridad tiene de excelente su capacidad para instalarse y perdurar. Las rupturas son temibles, los intelectuales tienen de brillante que las presienten con angustia y por ello la asimilan a la amenaza de la violencia. Tienen de mediocres que sólo ven las imágenes de la violencia prefigurada por la ley. Los escritores tienen de ingenuo que lo arriesgan todo por ese momento de indiferenciación. Tal vez por ello pocos escritores se autodenominan “escritores”, portando incluso un íntimo trazo de vergüenza que ni la grandilocuencia de la deshonestidad pública puede jamás borrar. Escribir es un misterio en la Historia.

La “polarización” del mundo es una de esas grandes imposturas intelectuales que coronan las hermosas tartas de crema y frutas que comemos diariamente en la prensa y en la literatura especializada. Impostura puesto que el auto-engaño es tan evidente que sólo es explicable si suponemos que hay un acto de mala fe continuado en el gran teatro politiquero-pop. “Polarización” suele conjugarse con “populismo”, “autoritarismo” y “despotismo”. Y todo lo anterior se conjuga con caricaturas humanas, como estatuas movientes que respiran, mienten y odian. La polarización es siempre el otro, como en el “Wild West Show” de Buffalo Bill que nos cuenta Éric Vuillard: los Indios – ese “malo” radical que debe ser vencido cada noche, que no es ni siquiera el “bad boy” that “acting like a bloody fool”, sino sobre todo un zombi – son, sin embargo, los indispensables si queremos que el espectáculo tenga lugar, pues el público viene para verlos y para odiarlos2. No hay polarización tal, sino más bien un juego de visibilidades que reenvía a una disimulación, la democracia como el remanso de un “consenso” “gerenciado” por preclaras autoridades venidas de un mundo sin conflictos y que promete un profiláctico proceso de purificación espiritual.

En su manual de filosofía política para perversos3, Santiago Castro-Gómez nos recuerda que una política emancipatoria no es la que busca eliminar el agonismo interminable de la vida, sino aquella que lo estimula y le da luz verde evitando, al tiempo, los “estados de dominación”4. Dicho agonismo no es más que el conjunto de relaciones de fuerza que tejen un socius histórico particular. Dicho agonismo o, si se quiere, los “conflictos”, no son pues el origen de la violencia y la corrupción como nos lo quieren hacer creer los pontífices de la despolarización y de la a-politización; al contrario, la violencia surge allí cuando los conflictos son reducidos a su más mínima expresión en una relación, hasta el punto de la destrucción de la relación o de la abolición misma de las fuerzas en tensión. El problema no es pues la existencia de dos polos idénticos y separados sólo por un punto medio que sería como una especie de “justa medida”, sino la producción de estados de dominación que anulan toda posibilidad de acción en los conflicto, esto es, que anula la posibilidad de un ejercicio democrático.

La democracia no sería, en ese sentido, un sistema de gobierno, sino más bien un esfuerzo constante de “adecuación” de las fuerzas en lucha a un nuevo momento de lo común, la ruptura frente a un orden social cuando éste sofoca la diferencia o el diferencial de las relaciones de fuerza. Afirmar ese diferencial no es polarizar, es, primero que todo, denunciar los peligros del “consenso” y de la democracia formal, cuando ésta se constituye en una institución de captura de la acción de los cuerpos. El ejemplo lo estamos viviendo en este momento: estadistas y opinadores a sueldo apostaron y guardaron silencio en favor de un fraude electoral, denunciado con antelación y suficientemente documentado, para favorecer al candidato de los “consensos”. ¿Qué importa que el voto individual termine siendo sustituido por un software controlado por algunos funcionarios con la capacidad de imponer al candidato de sus afectos? Lo importante es que no haya tanto pueblo “irracional” empujando una expresividad otra, tal vez demasiado incontrolable, de las instituciones.

La fuerza de un acontecimiento no está en su durabilidad. El momento “insurreccional” del 9 de abril o del 14 de septiembre, no se sintetizó en una estructura ni en una institución. Sin embargo, expresó una “disonancia”, una aparición casi fantasmagórica que ha servido también para asustar a grandes y chicos. La fuerza del acontecimiento está en su capacidad para hacer de aquello que nos produce horror en tiempos de quietud, una fuerza positiva en un tiempo deshecho en sus representaciones; también en su capacidad para producir nuevas relaciones, desestructurar dominaciones, hacer aparecer la igualdad. La libertad no es, pues, lo contrario de la igualdad; la libertad es lo que se expresa en las relaciones de fuerza con la aparición de la igualdad.

A veces, “polarización” se conjuga con “derechización”, con “radicalización” con “comunitarización”. Polarización se dice para significar un alejamiento de la “justa medida” en el ejercicio de la autoridad. ¿Cuál será esa justa medida? La justa medida parece depender de una distribución prestablecida a todo discurso de justicia, distribución de afectos, de reconocimientos, de bienes, de geografías: los beneficios para los mejores, Israel para los judíos, Alemania para los arios, la tierra para las castas, etc. No hay justicia política sin geo-política y sin bio-política. La justa medida parece ser el equilibrio frágil de la distribución vigente que depende, al tiempo, de su aceptabilidad. El mayor problema de la política proviene de aquello que a veces toma la forma jurídica de la “obediencia”: por qué la gente no se rebota. No es que los pueblos tengan los gobiernos que se merecen, es más bien que los gobiernos construyen su aceptabilidad de forma molecular. Llevamos un buen tiempo ya en que las estabilidades institucionales están constituidas de fosas comunes y goteos de sangre: más de doscientos líderes sociales asesinados en pleno proceso de post-acuerdo le hubiera costado el nombre a Nelson Mandela. En Colombia, el Gran colombiano y el Nobel 2016 se atornillan sin dificultad. La justa medida, nos dicen, depende del silencio y la aceptabilidad frente a tanta sangre y, sobre todo, frente a sus efectos de hegemonización… la justicia proveerá (algún día). De la tal “polarización” sólo hay de realidad la interpelación a guardar silencio y a aceptar las injusticias, hecha con insistencia a aquellos que siempre son el blanco de múltiples violencias. La despolarización es un llamado a que los que viven constantemente la injusticia permanezcan en ella, obedientes y sumisos. No por nada “Hidroituango” y “El Quimbo” se conjugan con “Esmad”; no por nada “restitución de tierras” se conjuga con “paramilitares”.

Todo pasa como si los “equilibrios” se jugaran entre una racionalidad política supuestamente validada por el cálculo contable típico del utilitarismo y un mundo “terrible” de afectos, en tanto que desprovistos de toda norma de conducción, los famosos “polos”5. Como si la justa medida se encontrara justo entre el mundo del cálculo frio y el mundo intenso de las pulsiones. Ahora bien, lo político no niega ni lo uno ni lo otro, los integra. Es función del poder actual falsear la relación: poner del lado del poder la razón de las instituciones, y del lado de los gobernados los instintos. Es el fondo del argumento de Antonio Caballero contra Gustavo Petro: odia al candidato de la “Colombia humana” porque éste odia y desvirtúa a su vez lo que él ama, el arte taurino. Su análisis es pobre no tanto porque su argumento sea más afectivo que racional. Su argumento es pobre por cuanto sus afectos son falsificados por un argumento recortado del juego de imágenes que el actual consenso enarbola para darle forma a un mundo que ya casi no entiende: “despotismo”, “rencor”, “prepotencia”…

Las ideologías reaccionarias, de su parte, prefieren “normalizarse” sin mayor desprecio por una gramática centrista, despolitizada y consensual: el mundo se viene abajo, dicen, porque falta “unidad”, “homogeneidad”, “norma” y “obediencia”. Un nuevo fascismo en boga, que conjuga por arriba la locuacidad del machismo, del racismo y del clasismo bajo una pobre retórica aún liberal, y una “gestapoización” creciente de los controles policiales y para-policiales, por abajo. El paramilitarismo es esencialmente una policía intensiva frente a poblaciones que se constituyen como líneas de fuga. La tesis de la despolarización no dice nada, expresa, por el contrario, la aceptación mediocre y, por tanto, la ocultación de un abandono paulatino de toda retórica “democratera” en beneficio de una biopolítica cada vez más cerrera, más espesa, más proclive a la opresión abierta. El mundo no se está derechizando, el mundo se está volviendo cada vez más complicado y hostil para esas “formas de vida” que encuentran cada vez menos espacio en ese mundo gerencial, inversionista y emprendedor de Hidroituango, de Lizama 158, de El Quimbo, de Reficar.

Tal vez por ello una retórica consensual que introduce, contra sí misma, la idea del reconocimiento y la asunción abierta y clara de los conflictos sociales parece tan radical, tan violenta, tan inaceptable para el intelectual promedio colombiano. Aun siendo insuficiente – porque cree en ciertas instituciones del pasado y en las medias tintas de la COP21– la “Colombia Humana” ha logrado expresar una palpitación que aún no aparece del todo, pero que empieza a romper con las formas que la violencia de Estado y la violencia económica llevan imponiendo desde hace décadas. Hay como una disonancia nueva en esta gramática, en esta tonada de la violencia y del otro salvaje que tanto daño le hizo a ese gran proyecto socialdemócrata y modernizador de construcción de “ciudadanía” que fue el movimiento democrático-constitucionalista nacido de la Carta de 1991. Gustavo Petro es un producto de este reformismo pero que ha logrado darle nuevos contenidos. Su grandeza: haber des-institucionalizado el progresismo y  haberle permitido, así, convertirse de nuevo en una “pasión” de un pueblo en gestación, en una “cadena de afectos” creciente que se expande como el susurro del viento que anuncia la tormenta. El gran peligro del discurso de la “despolarización” es que es el antídoto perfecto contra la democracia, la disimulación de los estados actuales de dominación y la condición de continuidad de la violencia como estrategia de dominación. Las elecciones presidenciales de 2018 serán recordadas como el teatro extraño en el que el centenario coro cómico se vio constantemente interrumpido y deshecho por el susurro de una épica en gestación, en el sentido poético del asunto. No fue la lucha de los populismos contra el centro, sino la bancarrota de una gran disimulación de la violencia y de la opresión como efecto de la emergencia de una ruptura contra las instituciones actuales. Dicha ruptura no es ni Petro ni su partido, sino la movilización anunciadora de cosas nuevas que su campaña ha provocado. La plazas de Petro no son las de Mockus, no tanto porque las presencias actuales triplican a la “ola verde”, sino porque dicha fuerza trasciende el estado de “opinión”.

  1. Gilles Deleuze, Critique et clinique, Paris : Minuit, 1993, p. 9
  2. Éric Vuillard, Tristesse de la terre, Actes Sud « Babel », 2014, p. 88
  3. Santiago Castro-Gómez, Revoluciones sin sujeto, Akal, 2015, p. 223 ss.
  4. Ibidem, p. 269.
  5. Es curioso que uno de los adalides de la despolarización porte consigo el nombre de « Polo ».