Mami, ¿por qué matan tanta gente en Colombia? 

En el Mercado de Sopocachi en La Paz, Bolivia, asistí a una conversación que sostenía una niña y su mamá (la caserita a la que le compraba el jugo de chirimoya todas mis mañanas), en la que después de escuchar las noticias de la radio la niña le preguntó: «¿por qué matan tanta gente en Colombia?» y su madre le respondió, sin saber que yo era colombiano, «Pues así son no más, hijita, violentos, no ve». La radio estaba anunciando el asesinato de un líder social más, sin nombre, sin cara, sin culpables, sin razones. Solo comunicaron la escandalosa cifra que aumentaba a más de 300 asesinatos desde que se firmó el Acuerdo de Paz y que hoy 14 de agosto, según la Defensoría del Pueblo, completa 337 líderes con la muerte de Alfredo Manuel Palacio Jiménez en el pueblo más querido de la literatura colombiana: Aracataca. 

Reflexiones sobre la situación de las lideresas y defensoras de derechos humanos en Colombia

Así las cosas, los asesinatos y agresiones contra lideresas suponen un retroceso en materia de exigibilidad de derechos y en las agendas sobre las que ellas trabajan a nivel territorial, con el agravante de que las defensoras, en muchas ocasiones, posicionan en la agenda pública temas tradicionalmente ignorados, como los derechos de las poblaciones con orientaciones sexuales e identidades de género diversas, los derechos de las mujeres o los derechos ambientales.

A nadie le interesa que se reduzca la producción ni el consumo de drogas

Los que exigen cifras, números y resultados no han comprendido que el fenómeno de las drogas no se soluciona con la destrucción de las plantaciones, ni con métodos violentos. Todo el glifosato del mundo no es suficiente para exterminar la producción de coca. Los cultivos se trasladan de lugar, mientras las poblaciones que viven en las zonas sufren sus efectos devastadores y los sistemas ecológicos experimentan pérdidas irreparables.

La protección de los y las líderes en el proceso de construcción de una nación en Paz

Según el programa “somos defensores”, al día de hoy, año y medio después de la firma de la paz entre el gobierno de Santos y las FARC, van 435 lideres asesinados en Colombia. Siempre es momento para recordar que con cada una de sus muertes no sólo se está perdiendo a una persona, también está desapareciendo todo lo que esta persona representa, su experiencia, los años de formación y concientización que la llevaron a convertirse en líder, y aquello que simboliza y representa en su contexto local, así como en el nacional.

Megaproyectos

La obsesión por megaproyectos como el de Hidroituango está culturalmente apoyada por la megalomanía de una clase empresarial que saca réditos de usar ese mito de la antioqueñidad, aunque ello sea para el beneficio de unos pocos.
Tal vez sea el más peligroso, pero no es el primer megaproyecto avanzado por la clase empresarial antioqueña, según su particular noción de desarrollo. Así como tampoco es el primer caso en el que se han afectado gravemente los territorios, ni el primero en el que la comunidad y su conocimiento –a veces ancestral- han sido subvalorados y desoídos.

El asesinato de líderes sociales visto por los poderes públicos: Una cacofonía institucional.

La confusión de discursos institucionales y gubernamentales junto con la incertidumbre política reinante son una prueba fehaciente de que aún falta mucho camino por recorrer, para poder hablar de una verdadera política institucional en torno a la protección de líderes sociales y en aras de otorgarles garantías para su seguridad y su participación política.

El asesinato de líderes sociales en Colombia: una realidad negada pero ineludible

El hecho de que El Espectador haya decidido nombrar “personajes del año” a los líderes sociales asesinados o que resisten es una señal alentadora, en el contexto de la precaria implementación de la paz, un año después de la firma de los Acuerdos de la Habana (2016). Aun cuando no existe una política pública oficial para enfrentar el asunto, y persiste la negación oficial de la gravedad y sistematicidad del asunto.

No hay paz sin democracia: sobre la criminalizacion del pensamiento crítico

Es preciso que los casos emblemáticos de criminalización de la oposición política, o de manera más amplia del pensamiento crítico, sirvan para demostrar que la ausencia de democracia no necesariamente se traduce en una dictadura pero que puede manifestarse de manera mucho más sutil y guardando unas aparencias democráticas formales, como precisamente en el caso colombiano

Asesinato a líderes sociales y falta de garantías

Si desde el año pasado se vienen multiplicando las amenazas de muerte contra comunicadores, líderes sociales y campesinos; y si esta estructura represiva no parece cambiar ni disminuir a pesar de estar en medio de un proceso de paz, debemos buscar otros caminos intransitados para resistir estas formas de violencia estructural, debemos resistirnos al olvido inmediato y veloz de estas voces que retumban, resistirnos al silencio y a la ausencia y habrá que tomarnos en serio el Daño Político -con mayúscula- que este tipo de asesinatos causa a los movimientos sociales, a la búsqueda de la democracia en el país y a la construcción de la paz.