* Palabras al Margen

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Este año comenzó con la implementación de la Ley 1774 de Protección Animal, sancionada por el presidente Juan Manuel Santos el 6 de enero. Como dijo Juan Carlos Losada, fue un “un gol” que metieron los animalistas. Esta reforma, que no sólo modificó la Ley 84 de 1989, sino que también alteró el Código Civil y el Código de Procedimiento Penal, es un paso importante en la lucha por el reconocimiento de los derechos de los animales. Y es importante porque es el resultado de una combinación de estrategias con las cuales el movimiento animalista colombiano logró modificar sustancialmente la legislación animal.

Movilización, organización y opinión

Desde hace ya algunos años, el movimiento animalista ha venido ganando fuerza en Colombia. Cada vez son más las organizaciones, colectivos e individuos que actúan y piensan en función de la defensa de los animales no-humanos. El debate público ha crecido y empieza a desarrollarse un incipiente, pero significativo, interés académico acerca de nuestra relación con las demás especies que permite enriquecer el proceso.

Sin embargo, hay diferentes perspectivas de trabajo, de organización y de enfoque. Algunos defienden la utilización y explotación de los animales, pero bajo criterios de bienestar y “trato humano”, otros se identifican más con el cuidado de animales domésticos que no tienen hogar y, una minoría, defiende la abolición de todas las prácticas en las que se utilicen animales. Los medios también varían entre quienes defienden la acción legal y quienes la consideran un obstáculo. Lo que hay que valorar, en todo caso, es que esta diversidad de perspectivas, coordinadas o no, lograron transformar el estatus jurídico de los animales no-humanos en nuestra legislación, lo que abre una posibilidad enorme para generar un mayor impacto a nivel cultural y político en nuestro país.

La nueva Ley de protección animal logró tres avances significativos. Primero, modificó el artículo 655 del Código Civil, reconociendo a los animales como seres sintientes y no como cosas o bienes muebles (semovientes). Segundo, aumentó las sanciones por actos dañinos o de crueldad animal modificando el artículo 10 de la ley 84 de 1989 y agregó un nuevo título al Código Penal, sobre los delitos contra los animales. En tercer lugar, le otorga una mayor responsabilidad al Estado y a la sociedad en general en materia de protección animal, lo que ubica el problema de la violencia hacia los animales en la esfera pública y no como un asunto privado.

A pesar de los vacíos técnicos y de implementación que tiene la Ley, no se puede negar la importancia que tiene. Sin embargo, es necesario que entendamos que se trata no sólo de una herramienta para proteger a los demás animales, lo que por cierto es todavía muy ambiguo en la práctica, sino de una oportunidad para disputarnos ideológica y políticamente su reconocimiento y respeto como imperativo ético y social.

Poder, dinero y animales

La Ley 1774 de 2016 parte del reconocimiento de los animales como seres sintientes y no como cosas, pero tipifica como punibles, únicamente, «algunas conductas relacionadas con el maltrato a los animales»2. ¿Qué pasa con las excepciones a esta ley que también están relacionadas con el maltrato animal, como la ganadería y las corridas de toros? Seguramente fue necesario y estratégico no insistir en ellas para darle viabilidad a la aprobación del proyecto de ley, pero esto no quiere decir que debamos relegarlas de nuestra praxis animalista. Al contrario, hay que insistir en todas ellas.

Si reconocemos, como lo hace esta Ley, que los animales son seres sintientes y no cosas, es un deber ético incluir todas las conductas relacionadas con el maltrato animal en el espectro de reconocimiento que ella confiere. Ésta sería una consecuencia lógica, incomoda tal vez pero consecuente con el reconocimiento de los animales como sujetos. Sin embargo, en nuestra sociedad esto no va a ocurrir de la noche a la mañana. Sencillamente porque juegan intereses económicos muy poderos, como la “cría” de caballos y el negocio ganadero, con los que hay que disputarse espacios de decisión.

La presión inicial ejercida por el uribismo, que pasó de boicotear la Ley a ser coautor de la misma, es una muestra clara de esto3. El interés principal del uribismo en la ley tenía que ver, únicamente, con los intereses particulares de un sector minoritario pero poderoso, con una marcada afición por esclavizar a caballos y vacas. Que finalmente hayan terminado de aliados para la aprobación de esta reforma, no quiere decir que sean aliados de la causa animalista. Al contrario, son sus principales enemigos políticos. O, ¿acaso Álvaro Uribe Vélez, y el sector que representa, no es un aficionado acérrimo de las mal llamadas corridas de toros?

Entre esquizofrenia y animalismo punitivo

Ya es normal para nosotros ver en los medios de comunicación videos o denuncias que muestran graves casos de maltrato animal. La reacción generalizada es de total repudio, incluso de odio, contra quienes maltratan animales. Ante estos casos se exige justicia y mayores sanciones para los culpables del maltrato. Muchas de estas sanciones involucran la privación de la libertad para quienes atentan contra los animales, lo que no deja de ser un motivo para sentirnos “humanos” y “civilizados”. Pero, ¿qué pasa con los millones de animales que mueren cada segundo en los mataderos para nuestro consumo? ¿Qué pasa con el sufrimiento que no estamos acostumbrados a ver y del cual participamos directamente?

Tendríamos que analizar qué tan efectiva es la cárcel para combatir la violencia hacia los animales. La mayoría de la gente se siente bien consigo misma cuando encarcelan a alguien por matar a un perro a patadas o por incinerar a un gato vivo, pero ¿acaso los animales que se comen no merecen también respeto? Claramente la violencia contra perros y gatos debe ser condenada, pero no es la única.

De la protección a la liberación como proyecto de sociedad

La Ley 1774 de 2016 es una herramienta importante de protección animal pero aún nos falta dar muchos pasos para que la sociedad reconozca realmente a los demás animales y se relacione con ellos con verdadero respeto. No se trata de sentimentalismo, sino de la efectiva aplicación de un principio de justicia universal que nos lleve más allá de nuestros intereses individuales. Hemos avanzado, parcialmente, en políticas públicas que favorecen a los animales, pero aún nos falta entender cómo se produce y se normaliza la violencia hacia ellos para poder superarla.

Por ahora es necesario superar dos simplismos: por un lado, el sentimentalismo que nos lleva, a lo mucho, a ser “amigo de los animales” y a defender “mascotas”, condenando fuertemente el maltrato animal contra unas especies, pero legitimando el maltrato contra otras. Y por el otro, no podemos reducir la lucha por la liberación animal y los derechos de los animales a una cruzada moral e individualista sin trascendencia social y política. La apuesta debe ser por un proceso transformador que aplique diversas tácticas y estrategias para avanzar en la construcción de una sociedad justa como base de un proyecto de liberación que incluya a los animales no humanos.

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1Norm Phelps. Changing the game: why the battle for animal liberation is so hard and how we can win it. Lantern Books, 2013. p. 74.

2Artículo 1°. Objeto. Ley 1774 del 2016.

3http://www.semana.com/nacion/articulo/aprueban-ley-de-maltrato-animal/452006-3