* Palabras al Margen

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Con el arbitrario fallo proferido por el procurador Ordoñez se consolidó un claro intento de castigar ejemplarmente decisiones políticas que ataquen los intereses del puñado de familias de bien que expolian los recursos de la ciudadanía bogotana en el marco de las sacralizadas alianzas público-privadas. Tras el trascendental anuncio al mediodía, los medios masivos daban a conocer la noticia que, según muchos de ellos, se veía venir por la crisis que el alcalde provocó en diciembre de 2012.

En medio del jolgorio de vastos sectores de la politiquería local y nacional, se hacían planes para “salvar a Bogotá” y todos exhibían la “sana” preocupación por la ciudadanía que los ha llevado a los cargos de elección pública. Así las cosas, en el aire quedó consolidada la sensación de que las “gravísimas faltas” cometidas por el alcalde lo hacían merecedor de tan desproporcionada sanción. Desde el concejo de Bogotá muchos cabildantes hablaban de la destitución como una cuestión clara y debidamente justificada. En últimas, la clase política colombiana coincidía en la necesidad de respetar el fallo proferido en tanto fruto de la institucionalidad democrática más antigua de América Latina.

En ese marco, se planteaba la necesidad de que la ciudad se sintonizara con la perspectiva política de aquella institucionalidad democrática. Aun cuando se discrepe de los planteamientos de fondo, es de gran valía adherirse al estribillo que incesantemente repetían ¡Es necesario recomponer el rumbo!

El discurso social mal concebido y la política ratoncillesca

Más allá de esa condensación de sentido común de la clase política, se evidenció una molestia de fondo que superaba y supera los desajustes en la gestión de Petro. En esos días, desde el Centro Democrático, se desvelaba el punto neurálgico de la crisis de la ciudad que va más allá de la actual alcaldía.

Álvaro Uribe, insigne gendarme de la reacción colombiana, concedió al canal Cable Noticias una entrevista de 48 minutos1. Los primeros siete minutos los dedica a hablar de Bogotá y de la profunda crisis en la cual, según él, estaba subsumida la ciudad. Entre otras cosas, inicia afirmando que no va a politizar el tema de la destitución de Petro. En su respeto a la democracia se comprometió a tratar el tema con base en los intereses de la ciudad y “no para hacer política”. Más allá de esa falaz tendencia de extraer lo político a la política -que resaltara Zizek a mediados de la década pasada- esboza cuál es su concepción de la crisis y cómo se puede solventar la misma.

Así, tras enzarzar a Mockus y Peñalosa como gobernantes que hicieron de Bogotá una ciudad con reconocimiento a nivel nacional e internacional, aborda el declive de la ciudad. Afirma que tras los gobiernos de Mockus y Peñalosa, las posteriores administraciones se han inspirado con base en “un discurso social que, como está mal concebido, lo que ha hecho es frenar el progreso de la ciudad”. Según el ex presidente ello ha derivado en la agudización de problemas como la seguridad, la movilidad y el micro tráfico.

Aquí se evidencia una incomodidad con el discurso social que se instala en el gobierno de la ciudad desde el 2004. Pero, yendo más allá, segundos después sentencia que “Bogotá necesita que se olvide de la polítiqueria ratoncillesca y que vuelva la gerencia, el liderazgo.” El llamado a la gerencia y el liderazgo clarifica la perspectiva desde la cual se ven los problemas de la ciudad. Para Uribe la solución es dinamizar gobiernos cuyos planteamientos estén claramente ligados a los presupuestos neoliberales que entre el 2002 y el 2010 radicalizó en cabeza del gobierno nacional.

Es claro que la comunión ideológica entre Mockus, Peñalosa y Uribe está hilvanada por el apego a los planteamientos de la ortodoxia económica. También lo es que tras diez años de gobiernos dinamizados por partidos no tradicionales y concebidos como de izquierda, las clases políticas tradicionales estén centrando su atención en la posibilidad de frenar la tendencia a la izquierda en los gobiernos distritales.

La tozudez y la recomposición del rumbo

Contrario a la frasecita politiquera de no hacer política, es necesario decir que lo que está en juego es la concepción política que se ha de desplegar en Bogotá para avanzar en el camino que, con altos y bajos, se ha desplegado desde el 2004. Las políticas sociales que evidenciaron diferencias entre el gobierno nacional y el distrital desde la alcaldía de Garzón no se pueden echar en saco roto, como tampoco se puede retroceder en el reconocimiento de la diversidad, de los avances en términos ambientales, de una política de vivienda contra la segregación.

Además, hay que ser tozudo en el replanteamiento de las asimétricas condiciones características de las alianzas público- privadas en la ciudad. Es más, se debe avanzar en la existencia de tales figuras en diversos servicios para la ciudadanía. Antes que recular en la perspectiva política alternativa y aprobar las tesis desplegadas desde personajes como Uribe, la recomposición del rumbo en Bogotá pasa por asumir, con todo su peso, la necesidad de construir una alternativa posible y plausible a la cartilla de lo que Borón denomina el pensamiento único.

Así las cosas, el actual momento nos insta a pensar, más allá de la figura de Petro, en una propuesta política que condense la profundización de los avances logrados durante los últimos diez años en la ciudad, radicalizando la lucha contra las dinámicas expoliadoras del neoliberalismo. Como siempre, y más que nunca, la unidad en torno a una perspectiva estratégica de ciudad con justicia social es necesaria. Hay que saber apaciguar las evidentes tensiones que caracterizan el escenario de la izquierda, pues es necesario que desde las organizaciones sociales y los partidos de izquierda se genere una convergencia programática que lleve a cabo las reformas sociales y políticas que no se han podido hacer en los diez años precedentes. Es necesario que eso que llaman política “ratoncillesca” demuestre ser una alternativa para la ciudad y el país desde una perspectiva de construcción de la paz.

La tozudez debe marcar el horizonte de la política en Bogotá, reforzando la necesidad de un gobierno que no solamente supla las necesidades básicas de los millones de habitantes de la ciudad sino que también avance en atacar las causas y las dinámicas generadoras de fenómenos como la pobreza, la desigualdad, la segregación y la exclusión social.

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1Consultar en http://www.youtube.com/watch?v=NKQxWoaRIvE