* Palabras al Margen

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“…fue en cambio, a ti, ¡oh gran desvergonzado!, a quien hemos seguido juntamente, para que tú alegres tratando de obtener satisfacción de los troyanos para Menelao y también para ti, ¡cara de perro!”, dice Aquiles a Agamenón en el libro I de La Ilíada. Solo a un desvergonzado se le puede llamar “cara de perro”, los signos de admiración nos advierten la semejanza. Los antiguos griegos ya sabían de una cuestión que preocupará a la civilización por siglos: la persona en su integridad se condensa en su rostro; allí no solo se expresan las emociones, se revelan los estados de ánimo o incluso los rasgos de carácter, nuestra cara es una parte crucial para nuestra identidad e individualidad. Por lo anterior, la cara también indica la pertenencia a la especie humana: solo adjudicamos un rostro a quienes consideramos incluidos en el “nosotros”.

También hay un vínculo entre el rostro y la belleza. Aquí no sorprende que el tratamiento artístico de la mujer y el hombre luzca asimétrico en varias épocas. Como lo ha mostrado Umberto Eco en su Historia de la Belleza, en el Renacimiento la representación de las mujeres está marcada por la proporción y la armonía, mientras los retratos de los hombres reflejan orgullo y dureza. Representaciones que dibujan los estereotipos que aún nos acechan.

Desfigurar, borrar el rostro

Decir que soy un rostro, y no que simplemente lo tengo, revela porqué los ataques con ácido golpean de manera tan terrible a sus víctimas. Los ataques con ácido victimizan tres veces a las personas agredidas. En su primer momento se inflige un intenso dolor físico. En segundo lugar se genera la agresión contra su individualidad, contra la expresividad que las hace únicas, contra los rasgos que las caracterizan. En tercer lugar, alteran la vida diaria de la persona, cambia su indumentaria, sus rutinas de trabajo o estudio, sus vínculos con los otros, incluso los más íntimos. Más que desfigurar, el victimario persigue la completa alteración de la vida de la víctima. Borrar el rostro, modificar la expresividad y la vida diaria de la persona. El victimario pretende vulnerar la personalidad entera de quien sufre: su expresividad, su humanidad y su belleza. Más que abrir una herida, se trata de clausurar a la persona.

Si tales agresiones se presentaran en pocas ocasiones ya tendríamos motivos suficientes para indignarnos y aterrarnos, pero su regularidad merece reflexiones adicionales. Los datos oficiales hablan de casi mil casos en Colombia, mientras países como Pakistán, Bangladesh, India y Nepal las cifras son mayores. Entre 2011 y 2012 en Inglaterra se registraron más de 100 casos al año por “ataques con sustancia corrosiva”, mientras en Rusia se dio amplio despliegue de prensa a la agresión contra el director del ballet Bolshoi.

Aunque también crezcan los ataques contra los hombres, la inmensa mayoría de las víctimas son mujeres. En buena parte de los casos, las mujeres son agredidas por sus ex parejas o por pretendientes frustrados que no aceptan el rechazo. Mi amiga Astrid Cañas, que ha acompañado a varias víctimas de estos ataques, afirma que el machismo de los agresores les hace sentir que pueden dañar aquello que han supuesto como suyo, de ahí que una de las consecuencias del ataque sea la anulación de la sexualidad de la mujer violentada.

Defender el rostro, recuperarlo

La criminología crítica ha insistido en que el aumento de las penas tiende a ser ineficaz para prevenir ciertos delitos. Ante los recurrentes llamados automáticos de los políticos en campaña para aumentar las penas por estos ataques, es preciso activar la reflexión para pensar otras estrategias. Por un lado, es imperioso prevenir nuevos ataques, un punto ineludible es persistir en una educación política, moral y emocional que nos impida a los varones considerar a las mujeres como propiedades a disponer.

Por otro lado, es crucial evitar que los agresores realicen su objetivo, aunque hayan logrado lesionar a su víctima. Lo anterior requiere desarrollar estrategias para mantener o recuperar la individualidad, la expresividad, la vida diaria y la sexualidad de las personas lesionadas. Si el victimario busca anular a la persona agredida, es preciso reafirmar las maneras de conservar su individualidad. Somos nuestros rasgos, pero a la vez somos mucho más que ellos. Somos nuestras acciones, proyectos, emociones, afectos, vínculos. Buscar que tales expresiones de lo humano no se vean anuladas será la derrota de los agresores.