* Palabras al Margen

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Una violencia que se expresa en esas extrañas y orgiásticas celebraciones, cuando hay un triunfo, o en esas otras liturgias de lamento, cuando hay una derrota. Palo porque bogas, palo porque no bogas, para el o la colombiana promedio ambas escenas son apenas normales; por estos lares hasta un 31 de diciembre se celebra con un vertiginoso aumento en las riñas callejeras, la violencia doméstica y el consumo de sustancias embriagantes y psicoactivas. La alegría y el triunfo sacan lo peor de nosotros.

Este aspecto de nuestra idiosincrasia está lejos aún de su comprensión, pero hipótesis no faltan. Algunos achacan esa propensión a una herencia de nuestras culturas precolombina y católica, según la cual los favores recibidos obligatoriamente deberían corresponderse con sacrificios de sangre. Otros enfatizan las lógicas enajenantes que comporta el espectáculo consumista del fútbol, el cual necesariamente realiza sus mercancías instando a la violencia y enarbolando valores machistas, entre otras cosas. No ha faltado quien llame la atención sobre una carencia de educación o quizás de aprendizaje: “somos unos cerdos, no sabemos celebrar”, el artículo de Camilo García, además de sugerir esa explicación, aporta datos contundentes, empezando por la celebración del glorioso 5 de septiembre de 1993, que quedó en la memoria colectiva por el 5-0, y no por los 76 muertos y 912 heridos1.

A no dudar, existen muchos problemas de educación, pero confiar en que eso explica por completo el problema implica desconocer que también los estratos más “educados” suelen celebrar de esa forma, además de suponer que, en el fondo, nuestro problema aún es una barbarie pendiente de civilización y que todo se resolverá el día en que aprendamos a celebrar de forma “civilizada”. Las hipótesis que resaltan los legados culturales, tan del gusto de quienes explican todo como una “herencia colonial”, además de partir de interpretaciones planas de tales legados, se quedan cortas en el momento de formular alternativas: se trataría, nuevamente, de negar o reprimir aquello que somos para abrazar una forma de ser ajena, una identidad “civilizada”, “desarrollada”. En fin, no es descabellado pensar que este problema debe mucho a la enajenación producto de la “sociedad del espectáculo”; sin embargo, eso llevaría a desconocer el devenir particular que entre nosotros ha forjado cierto tipo de vínculo social y, lo que tal vez sea peor, confiar en una desalienación que se proyecte al futuro más lejano e incierto como alternativa.

Sirva este breve repaso únicamente para subrayar la complejidad del asunto. Estas hipótesis, no obstante, descuidan el contenido político del problema, justamente la cuestión del vínculo social, de la forma en que experimentamos nuestro ser colombiano, nuestro “ser parte de”. Aquí una hipótesis que trata de enfatizar este aspecto:

Toda identidad tiene tras de sí una lucha, no es cierto que existan identidades solamente “culturales”, toda identidad es política por definición. Lo que pasa es que esa lucha, con el paso del tiempo, logra “sedimentarse”, como diría el fenomenólogo, hasta el punto de concebir como normal lo que un tiempo atrás implicó una disputa y una invención. No existirían indios, pueblos y naciones originarias o indígenas, sin años de disputa por hacer reconocer su identidad, de la misma forma que las identidades de sexo/género han sido producidas por disputas políticas, aunque hoy todas ellas pretendan domesticarse como productos culturales asépticos y apolíticos. Ahora bien, la sedimentación puede conducir a un olvido relativo, pero siempre deja una huella de lo que fue esa lucha, se trate de una victoria o de una derrota.

Las “celebraciones desmedidas” de las victorias de la Selección Colombia son la puesta en la escena pública de una masa cuyas acciones, apelando a Le Bon, se explicarían por la sugestión, la manipulación o el contagio. En una masa la racionalidad individual se disuelve en la pasión colectiva. Pues bien, estas manifestaciones pueden verse, entre otras cosas, como la revelación de un trauma y como un síntoma, algo que no encuentra aún forma de simbolizarse. La expresión pública de la masa manifiesta la exclusión del pueblo colombiano del espacio público-político, la imposibilidad de su escenificación.

El trauma se ocasiona desde el mismo momento fundacional de la República: se dice que el 20 de julio de 1810, la gente de la “plebe”, el “pueblo bajo”, los “chisperos”, obligaron a los criollos y notables, en contra de los planes de éstos, a tomar partido por la Independencia; pero, por esa cantidad de subterfugios que los especialistas se han deleitado en reconstruir, sabemos que a la postre la nueva República fue un proyecto de élite. Hubo entonces una expulsión del pueblo de lo público-político, que las élites se esforzarían en mantener, encubrir y ahondar hasta hoy. De ello dan cuenta acontecimientos como la unión de las oligarquías bipartidistas en contra de la revolución de José María Melo y los artesanos, en una fecha tan temprana como 1854 y, en general, el “miedo al pueblo”, ampliamente documentado, que anidó en sus conciencias. Pero el acontecimiento más traumático fue el 9 de abril.

Las diferencias son claras: la marcha del silencio, el 7 de febrero de 1948, muestra cómo se escenifica la presencia del pueblo en lo público-político. Cien mil personas convocadas para un acto de duelo en nombre de las víctimas de la violencia, que ya empezaba a azotar el campo, que debería llevarse a cabo en absoluto silencio, algo que nunca antes tuvo lugar y jamás se ha repetido pese a lo necesario que puede ser para nuestra salud mental colectiva. En efecto, Gaitán funcionó como el “significante vacío”, para usar ese concepto de Laclau, que por un tiempo excesivamente corto consiguió articular la identidad del pueblo colombiano y proyectar su presencia hacia lo público-político. Su asesinato físico y simbólico, y todos los asesinatos físicos y simbólicos que vinieron después, desarticularon una vez más al pueblo y una vez más lo excluyeron del espacio público-político. Lo que vino inmediatamente después, la tarde del 9 de abril, fue la expresión de la frustración que adoptó la forma de la masa y que hoy se proyecta, en nuestra memoria colectiva o tal vez en nuestro inconsciente colectivo, como la huella de una derrota.

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1http://www.shock.co/cultura/articulos/somos-unos-cerdos-no-sabemos-celebrar-61575