* Palabras al Margen

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Durante el fin de semana del 10 y 11 de enero de 2015, millones de personas se reunieron en Francia y en el mundo entero para manifestar su rechazo a la violencia terrorista. Al uso de la violencia armada y mortífera por tres terroristas, el pueblo opuso la manifestación silenciosa y no violenta de su presencia reunida. De un lado los kalachnikovs, del otro los lápices; de un lado la producción de cadáveres tendidos en el suelo; del otro cuerpos reunidos, en estado de recogimiento y caminando; de un lado tres individuos armados, del otro un pueblo innumerable y desarmado. Al manifestar, al manifestarse, los pueblos reunidos manifiestan una potencia (power), infinitamente superior a la de las armas. Una potencia más allá de toda violencia. Esta potencia es el secreto de la política; es el corazón y el sentido de la política; mientras que la violencia es por definición anti-política, destructora de la potencia política. «Violence can destroy power; it is utterly incapable of creating it»1, apunta también Arendt.

La potencia del pueblo no se mide por la reunión ni el número: ni tampoco por la cantidad de personas reunidas o por sus cualidades morales o sus certificados progresistas. La manifestación del domingo reunía igualmente, como se dijo, a conservadores, reaccionarios, extremistas. Lo que forma la potencia del pueblo es su actividad, su acción conjunta (acting together), su cualidad de actor y el togetherness (ser juntos) que es lo contrario de la uniqueness (unicidad) de la sameness (uniformidad). Su potencia no depende de la presión que él pueda ejercer contra otra fuerza sino de lo que él revela de su libertad, de su deseo de libertad, al actuar con otros; ella no depende de su capacidad de mandar o de hacerse obedecer (influencia sobre) sino de su capacidad de renacer nuevamente a través de su potencia de actuar con los otros. La única respuesta apropiada a la violencia armada de algunos pocos es la manifestación del pueblo por sí mismo. Ahí también reside su éxito político: no se trata de una victoria adquirida por las armas al final de una relación de fuerzas, sino de un éxito obtenido a través de la prueba tangible –es lo que se vio el domingo- de que el pueblo sobrevive a lo que trata de negarlo y renace en contra de lo que quiere destruirlo. La manifestación del pueblo es la demostración de la libertad. Lo que constituye la potencia política del pueblo es su pluralidad actuante; lo que constituye la debilidad política de los grupúsculos terroristas armados es que ellos no cuentan con un pueblo detrás de ellos, con ellos y ni siquiera con un pueblo en gestación ante ellos que los sostenga. Ellos perdieron de antemano su guerra, incluso si llegan a provocar miles de víctimas, porque sus asesinatos nunca darán nacimiento a un pueblo, porque de sus crímenes no nacerá nunca un poder. Al contrario, un pueblo herido por terroristas vence en el mismo momento en que prueba que él existe, es decir que él es libre y potente, a través de su sola manifestación no violenta. Los pueblos europeos han aportado esta prueba en estos días.

Al pueblo sometido a la nación y a la religión que se manifestaba, ellos agregaron los pueblos liberados de manifestaciones disparatadas e inventivas, reunidos por la sola palabra de libertad. Entonces esta prueba es en realidad doble, por un lado contra lo que dicen los políticos convertidos en grandes opinadores y los opinadores tan poco políticos: porque ella no está conformada por la unión nacional; ella es dada también por la reunión de los desunidos, de los divididos, de los opuestos. Es la prueba dada por la República a la Nación, dada por los pueblos laterales al pueblo central, dada por la plaza al desfile, dada por los grupos a los cortejos, dada por el pueblo de pueblos al pueblo de los jefes o por los pueblos reunidos a los gobernantes reunidos. ¿Será que ellos escucharán?

Porque de esta doble prueba se deducen dos lecciones diferentes y justificadas. Unos dicen, que hay que fortalecer la unión, aumentar las medidas de seguridad, vigilar las fronteras, lanzar la guerra contra el terrorismo y por ende hacer uso de las armas con las cuales nos combaten para vencer por la violencia aquellos que nos hieren con el terror. El enemigo interior es instrumentalizado por el enemigo exterior; y lo es aún más cuando él mismo es de origen extranjero y de dudosa religión. La internalización defectuosa (asimilación fracasada de los hijos de los inmigrantes) sirve a los enemigos de la nación que son, por definición, enemigos de la razón. Ser razonable, es ser nacional; ser nacional es ser identificable; ser identificable es estar sometido. Trabajemos por la sujeción de las personas, nosotros obraremos por la edificación de una nación unida, reforzada, purgada de aquellos y aquellas que se resisten a la asimilación. Éste es el discurso de la plaza de Beauveau (lugar del Ministerio del Interior); y tiene sus razones. Insisto: él es racional y razonable. Pero hay otra lección.

Detrás de la unión de fachada, y no solamente convencional, se manifiestan a su manera las insuperables divisiones que hacen a las democracias y que las repúblicas combaten cuando ellas son nacionales. Un « pueblo uno e indivisible » esconde mal los pueblos heterogéneos y sus demostraciones a menudo insoportables (unos queman carros o bibliotecas, otros combaten contra las libertades, trabajan para denunciar la igualdad; otros aún, se hunden en el consumismo para gozar en vez de amar, otros adoran ídolos creyendo honorar a los dioses; y algunas veces otros toman las armas de asalto para asesinar aquellos que se ríen de todo), pueblos con aspiraciones diversas, algunas veces destacadas y otras veces inquietantes. El pueblo uno e indivisible no logra esconder a los pueblos plurales y divisibles, los pueblos desunidos que se visibilizan en las márgenes y escapan a la normalización social. La otra lección consiste entonces en pensar una civilidad que no sea una asimilación, una civilidad que no sea una moralidad, una civilidad que no sea un sujetarse, una civilidad que no se acabe en una cortesía de clase (muy apreciada en ciertos aspectos), una civilidad que sea un civismo, pero un civismo activo, iconoclasta, combativo, que se conciba bajo la égida de la emancipación y de la igualdad y no sobre la base de la buena gobernanza (gouvernance). Etienne Balibar elaboró esta pista de una comprensión política de la civilidad (comprensión no moral, no religiosa, no social, sino propiamente política) como « respuesta » (y no remedio) a la violencia, incluyendo la violencia terrorista. Sigo aquí otra pista.

Sabemos bien que la violencia de Estado nunca será la solución a la violencia terrorista. Por el contrario ella constituye su realización puesto que lo que busca la violencia terrorista es arrastrar al Estado policial en la espiral de la violencia que ella misma provocó. El asesinato gratuito no tiene otro efecto que el de justificar el asesinato de Estado. Se le llama « acto patriótico » a la licencia dada al Estado para ejercer legítimamente el terrorismo que supuestamente él debe eliminar. Entonces el terrorismo ha ganado: la espiral de la violencia convertida en terror legal de Estado (encarcelación y exterminaciones extrajudiciales, torturas, restricción, o incluso supresión de libertades públicas y algunas veces privadas, etc.) le da la razón al terrorista que trasformó la potencia pública en policía criminal. Que ésta se ejerza en nombre de la seguridad pública, de la defensa de la nación o de los ciudadanos, no cambia en nada su carácter criminal. La victoria del terrorismo no se basa en el hecho de vencer al Estado al ser más potente que él; sino en el hecho de hacer del Estado lo que él es, es decir terrorista, de transformarlo en él mismo. La victoria de las armas, dice Arendt, es la derrota política de las fuerzas, puesto que la violencia ejercida, victoriosa o no, destruyó al poder, es decir la potencia de los pueblos que se manifiestan. Hay que prolongar la intuición arendtiana: no solamente la victoria de grupúsculos armados terroristas es su propia derrota puesto que ella destruye su propio poder (la violencia destruye la potencia de los que recurren a ella al privarlos de pueblo y los condena a su pérdida); sino que también hay que agregar que la victoria de los terroristas, obtenida al precio de su propia derrota armada (dimensión suicida de los actos terroristas), es la de provocar, a modo de potencia pública, un terror de Estado que priva a este último de su poder, lo separa del pueblo, lo vuelve radicalmente impotente. Adoptando los hábitos terroristas de sus supuestos enemigos, la potencia pública destruye su poder al separarse de su pueblo. ¡Estado terrorista!

De los dos pueblos reunidos en Francia ese domingo, tal vez uno se manifestaba para que bajo la bandera de la unión nacional el Estado reforzara la guerra al terrorismo y, transformando su poder en violencia legítima, transformara al pueblo unido en arma de destrucción de los supuestos bárbaros; mientras que el otro se manifestaba para visibilizar una potencia que las armas no pueden destruir, aquella de un pueblo animado por el solo deseo de libertad que no quiere ser cambiado por un poco de seguridad. Si bien este poder, opuesto a la violencia, no para los abusos criminales de imbéciles adoctrinados, al menos puede parar la espiral que empuja al Estado hacia el terror y transforma la potencia pública en violencia antipolítica.

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1“La violencia puede destruir el poder; es totalmente incapaz de crearlo”.