* Palabras al Margen

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Aun cuando la paz no significara más que la ausencia de guerra, de odio, de matanza, de locura, alcanzarla, argumenta el psicoanalista Erich Fromm, figuraría entre los logros más elevados que el ser humano se puede proponer. No obstante, el concepto profético de paz no puede ser definido como ausencia de guerra, es un concepto filosófico y espiritual: implica conciencia, razón, armonía, reconciliación, justicia, verdad, amor, libertad, igualdad, solidaridad y compasión.

Además de las reformas estructurales que requiere la sociedad colombiana (en la justicia, la educación, la salud, el desarrollo rural, la distribución del ingreso y el modelo de desarrollo), las instituciones públicas, el sistema educativo, las organizaciones de la sociedad civil, los medios de comunicación y el sector empresarial tienen una amplia responsabilidad en afianzar este concepto profético de paz.

La sociedad colombiana debe emprender un proceso que haga realidad la verdad, la justicia, la reparación y las garantías de no repetición del horror, la barbarie y la demencia de estos últimos cincuenta años. De acuerdo con el informe del Centro Nacional de Memoria Histórica, la violencia prolongada durante más de 50 años y su progresiva degradación han generado impactos y daños devastadores tanto para las víctimas, familiares, comunidades y organizaciones e instituciones públicas, como para el conjunto de la sociedad colombiana. Este informe da cuenta de 220.000 asesinatos producto directo del conflicto armado. De acuerdo con la Unidad de Victimas de la Presidencia de la República el número de afectados por la violencia es de 6,5 millones de colombianos (el 40% de los responsables corresponde a la insurgencia y el 60% a agentes del Estado, paramilitares y bandas criminales).

Con el propósito de construir la paz, el trabajo que nos espera por hacer es arduo. Demasiada población es todavía ajena a este anhelo de paz. El potencial electoral de Colombia en estas elecciones presidenciales es de 33 millones, pero en la segunda vuelta no ejercieron su derecho político 17,2 millones de potenciales votantes. Si bien la abstención en junio de 2014 es de 52,1% (disminuyó en cerca de 8 puntos porcentuales entre la 1ª y la 2ª vuelta) se encuentra 2 puntos arriba del promedio histórico, expresando el apoliticismo de la mayoría de la población económicamente inactiva, los desempleados, los trabajadores informales y pobladores populares urbanos y rurales. En concreto, la votación por Santos sólo representa 23,7% (entre la1ª y la 2ª vuelta aumentó de 10 a 23,7%)  del potencial electoral. Entre los votos por la extrema derecha (20,9%), la abstención (52,1%) y el voto en blanco y nulo (3,3%) se agrupan tres de cada cuatro personas mayores a 18 años (ver gráficos 1 y 2).

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La extrema derecha es un peligro latente para el logro de la paz. Una tercera parte del Congreso elegido en 2014 tiene vínculos con el paramilitarismo y las mafias. Una quinta parte de la población potencial sufragante milita o simpatiza con la ideología de extrema derecha. No pocos de los líderes de estos grupos fascistas y autoritarios son verdaderos psicópatas, esto es, personas de carácter inestable, antisocial y con faltas de empatía, ególatras y mesiánicas, apenas sienten emoción por nada, asesinos que infligen dolor al prójimo sin ningún tipo de remordimiento. Las bases sociales están representadas por gran parte de la lumpen oligarquía, la pequeña burguesía, los terratenientes, transportadores, comerciantes, miembros de los grupos armados legales e ilegales y rentistas del capital. La fragmentación del territorio y de las elites regionales también da cuenta de esta polarización entre la guerra y la paz;  aquellas regiones que aun cultivan las mentalidades coloniales e influenciadas del fanatismo religioso son proclives a la barbarie sin fin. La consigna de estos grupos sociales: «todo vale», su cultura la necrofilia. Es clara la relación entre los factores socioeconómicos, de un lado, y los factores caracterológicos, por otro.

Colombia, a pesar de triunfar la convocatoria por la paz, es una sociedad polarizada. Entre la primera y la segunda vuelta por la elección presidencial, Santos y Zuluaga aumentaron, en conjunto, 7,7 millones de votos; estos tienen como origen la reducción de la abstención (2,6 millones de votos), la redistribución de los votos del Partido Conservador, el Polo y los Verdes (5 millones) y la baja del voto en blanco (151 mil). La redistribución de estos votos durante la segunda vuelta fue 41% para Zuluaga y 59% para Santos (ver gráfico 3).

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El número de votos válidos por la elección de presidente aumentó entre la 1ª y la 2ª vuelta de 12,8 millones a 15,3 millones. La polarización entre la guerra y la paz conmovió a más de un escéptico. El voto en blanco cayó de 6 a 4% del total de votos válidos. Santos duplicó su participación relativa al ser favorecido por 51% de los electores. Zuluaga, ganador en la primera vuelta con el 29,3% de los votos, aumentó a 45% en la segunda vuelta (ver gráficos 4 y 5).

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La ciudad capital fue clave en estos resultados; a pesar de los errores de las administraciones de izquierda y de los ataques furibundos y continuos de la Cámara de Comercio, los medios de comunicación, los contratistas y la extrema derecha bogotana, no lograron desanimar a un electorado independiente, demócrata, humanista y amante de la vida digna.   
 
En el proceso histórico el ser humano se crea a sí mismo. Bienvenidos los tiempos para que las nuevas generaciones de colombianos y colombianas sean hijos y constructores de la paz. Las reformas que necesita el país deben orientarse a garantizar el florecimiento humano de todas y todos, sin distingo alguno. De acuerdo con la experiencia humanista, todo lo vivo tiene una tendencia primaria a crecer y a desarrollarse; lo destructivo en el ser humano tiene sus raíces en el impedimento y en el fracaso de estas leyes propias de lo vivo. Según Fromm, se puede mostrar que las tendencias destructivas, es decir, las tendencias de las pulsiones de muerte, son el resultado de un fracaso del arte de vivir, del vivir no-correcto, de la indecencia y la inmoralidad. Tal es paz en el sentido profético. La palabra hebrea para decir paz, shalom, traduce «plenitud», «bienestar».

La Declaración Universal de Derechos Humanos considera que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana. Sin embargo, la historia humana enseña que la garantía y disfrute de los derechos humanos deben estar fundamentados en una sociedad en paz, orientada por relaciones de amor, solidaridad, justicia, igualdad y libertad. Paz y derechos humanos se implican recíprocamente. En resumen, la democracia, la paz y el desarrollo sostenible requieren de la conciencia, la concertación y el compromiso en torno al bien común entre las instituciones públicas, el sector empresarial y la sociedad civil. Son los tiempos de una ciudadanía educada en el amor, la pluralidad, la dignidad, la compasión y la cultura de la no violencia.