* Palabras al Margen

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En su momento, los presentadores de noticias, siempre profesionales, alojaban en sus rostros una mueca de indignación y repudio, un gesto equivalente al que se dibuja en las caras de las “señoras de bien” cuando un “indigente” se acerca a pedirles una moneda. Seguramente, el profesionalismo de los comunicadores les impone como un “deber ético” hacer ese tipo de mohínes y alharacas cuando presentan una noticia de esas proporciones. Son pocos los que, como cierto presentador mañanero, no ocultan sus sentires y son capaces de reir a pierna suelta, por ejemplo, si una noticia reporta el hecho tan poco hilarante de que un grupo de payasos han sido asesinados2.

Pero de ahí no pasaron las cosas. Así como las “señoras de bien” se horrorizan por la “degradación” de nuestra sociedad al ser interpeladas por un “habitante de calle” y para olvidar por completo el problema y superar su angustia unos segundos después abordan sus vehículos y se desplazan a sus exclusivos, excluyentes y reservados barrios, de la misma forma nuestros presentadores de noticias abandonaron su faz trágica luego de la noticia y, de inmediato, alojaron en sus rostros esa mueca de burdo nacionalismo y de alegría carente de sentido que en aquellos días producía la selección colombiana de fútbol. Ya sabemos, ¡gajes del oficio!, hay que ser profesional y llevar “noticias alegres” que compensen las infinitas tristezas de nuestra patria, aún a riesgo de inducir cierta ezquizofrenia en el televidente y, lo que es peor, que las noticias fatales se olviden inmediatamente se deja de informar sobre ellas.

Y es que el fin de ese tipo de noticias parece reducirse al “imperio de lo efímero”, como diría Gilles Lipovetsky. Tales informaciones están destinadas a desaparecer instantáneamente de nuestra memoria: únicamente conocemos esas noticias con el objetivo de olvidarlas inmediatamente, pues sólo de esa forma es posible legitimar el estado de cosas o, en otras palabras, darnos cuenta de lo “bien” que vivimos y de lo “afortunados” que somos. Podemos aguantar hambre, ser objeto de todo tipo de abusos, soportar toda clase de sufrimientos, ver insatisfechas nuestras necesidades y deseos, o ser el tercer país más desigual del mundo y estar confinados a la imposibilidad de desarrollar nuestras potencialidades, pero aún así somos un país “echáo pa`lante”.

En los últimos días, la siempre diversa y para nada monótona parrilla de programación del canal RCN ha sorprendido a propios y extraños nada más y nada menos que con otra narcotelenovela. Se trata de “Alias el Mexicano. El que a hierro mata, a hierro muere”. Los anuncios tienen lugar cuando la competencia no ha terminado de transmitir la versión “internacional” de la serie basada en la vida del narcoterrorista Pablo Escobar, recordada por su incomparable rating: “Se estrenó el Lunes 28 de mayo de 2012 en el horario estelar de las 9 p.m. (-5 gmt) Con un rating de 26,9 puntos y logrando al finalizar el primer capítulo el pico de 79%, al final logró el 62,7% de share promedio, logró ser el lanzamiento más visto en la historia de la televisión colombiana”3. No es necesario entrar a comentar otros “productos” televisivos del mismo corte que actualmente se transmiten, para preguntarnos: ¿acaso la mediocre y obsesiva fijación que durante al menos la última década han tenido los canales de televisión privados con este tipo de series, no está relacionada con hechos como los que reseñamos anteriormente? ¿La televisión privada cumple con algún tipo de función social, en un país tan poco común como el nuestro, al atiborrarnos de los mensajes que contienen este tipo de programas? ¿Cuáles son las consecuencias, a nivel de nuestra cultura pública, de ese tipo de series?

Sólo unos días después de la fatal noticia del asesinato del niño mariachi por parte de sus coetáneos, empezaron a tejerse una serie de hipótesis sobre los culpables del crimen. Una de esas hipótesis hizo que nuevamente los rostros de nuestros profesionales de la comunicación se tiñeran de fingida compulsión. Una niña de 15 años, compañera de clases del niño asesinado, habría sido la autora intelectual del homicidio y, al parecer, habría convencido o contratado a los dos jóvenes que cometieron el crimen4.

Sería una ramplonería afirmar que entre las narconovelas y este tipo de hechos exista algo así como una mecánica conexión causal, pese a que a diario los y las televidentes somos bombardeados por ese tipo de programas desde hace muchos años. Los estudios culturales latinoamericanos, empezando por la obra de Jesús Martín-Barbero, De los medios a las mediaciones, demostraron hace mucho que el funcionamiento de los medios masivos de comunicación no se adecúa al modelo analítico de los “aparatos ideológicos del Estado”, que el proceso comunicativo no es del todo unidireccional (emisor-receptor), sino que existen “matrices culturales” que median en este proceso y, concretamente, hacen que los mensajes emitidos se resignifiquen de acuerdo a las matrices donde se sitúan los receptores. No existe, entonces, una relación lineal entre el mensaje que se emite y la forma como se recepciona. En pocas palabras, los televidentes también piensan.

Así pues, el problema radica, más bien, en la forma como la televisión reproduce unos símbolos, significados o mensajes presentes en la cultura del crimen y la violencia en Colombia. Puede ser cierto que los medios masivos de comunicación no consigan manipular del todo, pero no es menos cierto que pueden instrumentalizar, poner en función de sus objetivos o reproducir ciertas matrices culturales en función de vender su producto. En otros términos, los y las jóvenes pueden asumir como parte de la “normalidad” de la vida comportamientos propios de esa cultura criminal a la que venimos refiriéndonos, por ejemplo, contratar “sicarios” para “deshacerse” de alguien, influidos por muchas vías, y no sólo por la televisión. No obstante, esto no exime a los canales privados de su responsabilidad con la sociedad colombiana, pues el hecho de que no exista el mencionado vínculo causal no puede constituir una excusa para ensalsar esa cultura criminal y violenta.

La mayoría de las veces, esa responsabilidad funciona como un disfraz que encubre los objetivos particulares de los canales. En tanto empresas privadas, su objetivo no es construir una ciudadanía crítica o una cultura pública basada en valores como el respeto, la tolerancia, o incluso el cumplimiento de reglas vinculantes, entre otros. Su objetivo es obtener los más altos puntajes de rating y, con ese propósito, encubren el contenido de violencia y todo tipo de mensajes contradictorios, aludiendo al supuesto cumplimiento de su responsabilidad social. Tomemos como ejemplo los prospectos para la nueva serie de RCN:

En una propaganda televisiva se muestra uno de los actores que personifica al exministro de Justicia, Rodrígo Lara Bonilla, sentenciando: “La democracia está amenazada, porque si los criminales compran la voluntad de los políticos, los criminales compran el timón del país”5. En otro lugar, otro de los actores, no en nombre de su personaje, afirma: “¿Por qué esta serie cumple con la promesa de enaltecer a las víctimas y no a los victimarios? Esta serie va enfocada a contar la historia de aquellos personajes que de una u otra manera terminaron entregando su vida. Aquí se cuenta la verdad, se cuenta lo que pasó”6. Un lector desprevenido tendría la tentación de sentirse satisfecho porque este canal asume en rigor su responsabilidad social. Sin embargo, es necesario hilar un poco más fino.

Mientras en los prospectos de internet el título completo de la serie es “Alias el Mexicano. El que a hierro mata a hierro muere”, en las propagandas televisivas esta última frase se ha cambiado por “La historia de una Colombia que no se vendió”. Este eslogan es, a todas luces, más conveniente si este “producto” quiere presentarse como una suerte de aporte a la memoria de la sociedad colombiana. Pero el hecho es que, si se revisan con cierto cuidado otras informaciones de la página oficial de la serie, podemos inferir fácilmente que el primer eslogan, “El que a hierro mata a hierro muere”, es mucho más atractivo para una teleaudiencia situada en una matríz cultural tolerante frente a la cultura del crimen y, en consecuencia, más rentable, el que le da el tono general al programa. Ese solo eslogan ya alude a un imaginario según el cual no es la justicia la entidad facultada para juzgar comportamientos como los de Rodríguez Gacha, sino otras entidades cuyas acciones llevarán a su muerte. El eslogan, en últimas, no se refiere a la idea de alcanzar la justicia, sino a la inevitabilidad de la venganza: la justicia por mano propia, la lógica del “ojo por ojo” que tanto ha alimentado la violencia en Colombia.

Pero más allá de los eslóganes, ¿cómo podemos interpretar el mensaje que transmiten unos personajes basados en estos prospectos?:

-“Marco Antonio fue un matón desde que estaba en el colegio. Terminando el bachillerato la inteligencia no le dio sino para llegar a policía del pueblo”7.

-“[Gonzalo Rodríguez Gacha] fue indiscutiblemente un visionario para los grandes negocios, buscaba monopolizarlo desde la producción hasta la venta al menudeo, el transporte y la distribución”8.

-“[El Coronel Jaime Ramírez] ascendió sin problema en su carrera con honores y sin queja alguna. Siempre fue el hombre de confianza de sus superiores y juró acabar con el narcotráfico en este país. Luchaba por hacer las cosas bien hasta el punto de saltarse las normas siguiendo una corazonada”9.

-“Para Isis no existen límites cuando [sic] conseguir la noticia se trata… sabe que, como le dijo algún día su madre, las mujeres están sentadas sobre un tesorito y ella aprendió a utilizarlo para conseguir cualquier cosa en la vida”10.

Se podría decir muchas cosas sobre cada una de estas descripciones. Por ejemplo, no sólo se estigmatiza a los “policías de pueblo”, asumiendo que son poco inteligentes sino además se aporta una explicación amañada para el comportamiento irregular que asume el personaje: su inmersión en la criminalidad se explica por su poca inteligencia acompañada de su ambición, de la misma forma que se explican los crímenes de “alias el Mexicano”. ¿No sería necesario un tratamiento distinto de un tópico como éste que, por ejemplo, ponga en escena una discusión sobre factores económicos, sociales, culturales y políticos, más allá de los estereotipos y las supuestas pasiones individuales, para explicar, o cuando menos aportar elementos de comprensión de ese fenómeno? ¿Eso es suficiente para tener una lectura medianamente objetiva del problema del que pretende ocuparse la serie, para cumplir con su responsabilidad social? En el mismo sentido, cabría preguntarse si en un país donde “el fin justifica los medios”, una máxima muy seguida por personas de distintos sectores sociales, tiene algún efecto pedagógico afirmar que un narcotraficante es “visionario para los grandes negocios”. Más aún, resulta urgente preguntarse, en un país cuyas fuerzas armadas no acaban de salir de grandes cuestionamientos por hechos como los falsos positivos y otros escándalos, ¿qué significado puede tener el hecho de que el personaje de un Coronel haga las cosas bien “hasta el punto de saltarse las normas”? El prospecto ni siquiera pone en entredicho el que se puedan “hacer bien las cosas” pasando por encima de la ley. Del prospecto restante mejor ni hablar.

Podría decirse que todo esto no es más que una lectura paranóica o, si utilizamos los términos de quienes estigmatizan toda crítica, un “discurso mamerto”, sobre una información incompleta que no agota el contenido de la futura serie de televisión. Así mismo, podría arguirse que lo único que hacen estos prospectos es describir en su veracidad cómo fueron los personajes, “contar la verdad”. Sin embargo, ninguno de esos argumentos serviría para sustentar que esta serie puede contribuir en algo a forjar valores ciudadanos y, menos aún, a hacer memoria sobre las víctimas de la violencia narcoparamilitar, que aún no termina, desde fines de los años ochenta.

La cuestión de fondo es que reflexionar sobre un tema tan doloroso y tan delicado para la sociedad colombiana mediante una telenovela no es posible. Y no es posible sencillamente porque esa discusión requiere un escenario más amplio, donde se intercambien distintos puntos de vista y donde cada una de las aristas sea tratada a profundidad y no a partir de estereotipos. No es posible reflexionar sobre la memoria de la violencia en Colombia, y menos aún resaltar la memoria de las víctimas, para que los crímenes que se siguen repitiendo algún día dejen de repetirse, a partir del presentismo efímero de un producto televisivo subordinado a la vulgar lógica mercantil. En eso se han convertido las telenovelas y, muy especialmente, las narcotelenovelas: una simple mercancía, bastante mediocre por lo demás, que no se puede confundir con una obra de arte o un producto estético porque, como queda demostrado, está desligada de todo posible juicio estético o artístico. Su objetivo ya ni siquiera es gustar sino simplemente vender, hasta cuando surge otra narcotelenovela y la que se está emitiendo es desplazada de horario, con lo que el supuesto mensaje responsable del producto se pierde totalmente en tanto se captura con otra cosa la atención del televidente.

En fin, en esta nueva producción se disfraza una mercancía cuyo fin es producir rating y, por lo mismo, maximizar las ganancias con el ropaje de aquello que debería ser la responsabilidad de los canales privados de televisión con la sociedad colombiana. Además, y tal vez sea lo más grave, incurre en un abuso al presentarse como una narrativa sobre la memoria de las víctimas, “la Colombia que no se vendió”, cuando en realidad lo que hace es reproducir los estereotipos e imaginarios en que se sustenta esa cultura del crimen. No sólo es una falta de respeto con las víctimas del narcoterrorismo, cuyas consecuencias, como claramente lo han dejado ver los múltiples escándalos de los años recientes, empezando por la “parapolítica”, aún no terminan. También envía mensajes contradictorios a la teleaudiencia y, de esa forma, contribuye a reproducir y, por momentos, a enaltecer la cultura del crimen y la violencia en Colombia. En último término, ¿quiénes son los beneficiarios de esa cultura y de esos crímenes?, ¿quiénes son los beneficiarios del despojo de tierra de la época?, ¿eso tendrá algo que ver con la reciente intención de legalizar títulos de propiedad territorial? Son preguntas que jamás serán abordadas por la televisión privada.

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1http://goo.gl/XGshT7, http://goo.gl/eiUYyc.
2http://goo.gl/qB3vLf
3http://goo.gl/R0o3nc
4http://goo.gl/It95EK
5http://goo.gl/zZURop
6http://goo.gl/OLp3QD
7http://goo.gl/I0eSqG
8http://goo.gl/17lpf8
9http://goo.gl/eSaeG4
10http://goo.gl/7YNZh5