* Palabras al Margen

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¿Golpe de Estado o Revolución democrática?

El ejército egipcio es quizá la institución más importante del Estado pues ha estado en el centro de la vida política de Egipto desde Nasser. El ejército participó activamente en la conformación de un Egipto nacionalista y panarabista, miembro del movimiento de países no-alineados y en una fuerte confrontación con Israel. Pero también fue un protagonista indudable del giro de la política internacional de Egipto, sobre todo en los acuerdos de Camp David en los que a través de la mediación de Jimmy Carter, Israel y Egipto se comprometían a mantener la paz en la región a cambio de sustanciosas ayudas para sus respectivas fuerzas armadas y la finalización de los asentamientos israelíes en el Sinaí, producto de las derrotas egipcias en la guerra árabe-israelí y la llamada guerra de los seis días.

No es descabellado aventurar la hipótesis de que Camp David tenía la proyección e intención de desarmar uno de los principales referentes de la ideología panarabista en el Medio Oriente, que suponía un riesgo de inestabilidad al potenciar un permanente conflicto entre árabes y judíos: el hecho que Egipto reconociera a Israel como Estado suponía un duro golpe en este sentido. Pero lo que Estados Unidos no tuvo en cuenta es que los referentes y los símbolos se rehacen permanentemente. A través de la influencia de Irán y de los movimientos religiosos, los referentes nacionalistas van a adquirir una connotación islamista. Los acuerdos de Camp David no acabaron con el nacionalismo árabe sino que colocaron poco a poco las condiciones para su resignificación y su giro hacia lo religioso.

Todo esto supone una forma distinta de entender lo que pasa en el Medio Oriente: frente a la hipótesis mediática de que lo que existe en el mundo árabe es un conflicto religioso entre fanáticos que no son capaces de tolerarse, debe tenerse en cuenta que lo que parece un conflicto puramente religioso es la expresión y la multiplicación de aristas del conflicto árabe-israelí. No se trata de ignorar la dimensión religiosa o verla como el ropaje de un interés económico, sino de captar su articulación con intereses militares y geopolíticos no sólo de los países de la región sino también de las grandes potencias. La religión es una herramienta de interpretación del mundo de la que se valen determinados actores para dar un sentido y un lugar a su propia acción y posición en este conflicto.

Así, una variable que está a la base de lo que pasa en Egipto es esta influencia multidimensional del conflicto árabe-israelí. En la época de Nasser hubo un fuerte conflicto entre los Hermanos musulmanes y la ideología panarabista, pero después de la muerte del presidente egipcio y tras el giro de la política exterior, los Hermanos musulmanes se apropiaron de los referentes nacionalistas alejándolos de la tensión con el socialismo y acercándolos a formas y reivindicaciones conservadoras.

De acá que los Hermanos musulmanes gocen de una relativa aceptación en la sociedad egipcia. Las reivindicaciones nacionalistas muchas veces son bien acogidas sobre todo en las épocas de crisis. Plantear que la solución de la crisis es volver a una nación fortalecida expulsando a quienes no permiten su consolidación –y de paso son los más férreos y despiadados culpables de la mala situación social y económica-  es un discurso fácil de asimilar. Además, cuando los Hermanos musulmanes emulan la estrategia de Hamas en Palestina, a saber, la prestación de servicios de salud, educación, deporte, recreación, etc., en las zonas desposeídas donde el Estado no lo hace, sin duda ganan una gran aceptación entre los sectores pobres de la sociedad. Así no se esté de acuerdo con reivindicaciones políticas que reducen los derechos de las mujeres (la eliminación de las cuotas parlamentarias y su permanente invisibilización en los asuntos públicos) o que blindan la figura del presidente para otorgarle inmunidad frente a cualquier delito, no debe obviarse que los hermanos musulmanes son un sector importante –y quizá mayoritario- de la sociedad egipcia.

Frente a esta situación, son los propios militares quienes han asumido la defensa del carácter laico y liberal del Estado. Todo esto supone una situación realmente extraña. Se supone que el liberalismo no es propiamente una ideología, no supone una visión cultural del mundo que proviene de las entrañas del capitalismo y el proyecto de una sociedad burguesa, sino que es un procedimiento neutral en el que las ideologías y concepciones del mundo minoritarias y mayoritarias pueden llegar a un consenso. Pero esa suposición no es seria ni acertada si miramos lo que pasa en Egipto. El Estado laico y liberal busca ser impuesto como una ideología y una visión del mundo que se opone a otras; incluso frente a una visión del mundo que ha aceptado relativamente los procedimientos ‘neutrales’ para el trámite de las decisiones sociales de una población organizada en un Estado. No hay duda de que el movimiento Tamarod ha denunciado irregularidades en el proceso electoral que dio como ganador a Morsi, pero un golpe de Estado es igual de irregular e irrespetuoso del ‘procedimiento’ que unas elecciones fraudulentas. Nos encontramos acá con la paradoja de que el liberalismo que supuestamente es procedimental y neutral tiene que apelar a medios no procedimentales y no neutrales para consolidarse, lo que supone una explícita contradicción.

Sin embargo, el problema no es únicamente doctrinario o filosófico-político. Cuando la defensa de las formas políticas liberales está en las manos de los militares –y todo ello está motivado por un acuerdo militar con Israel y Estados Unidos, tal y como sucedió con Camp David- la situación está atravesada por intereses geopolíticos y militares. Son estos intereses los que deciden qué puede ser correcto o incorrecto procedimentalmente y qué es democrático o no democrático. Las posiciones oficiales mediáticas en las que se habla de una rebelión popular –otra primavera árabe- apoyada por los militares que paradójicamente en el periodo de transición entre las revueltas del 2011 y las últimas elecciones asesinaron por lo menos a 60 activistas expresan y reflejan la conveniencia geopolítica en la que la democracia se entiende, expresado en palabras del mismísimo Tony Blair, como el fortalecimiento de un gobierno eficiente que permita la inversión extranjera.

El juego de las fuerzas

Lo que se ha dicho no debe llevar a ver con malos ojos las protestas en Egipto. La reducción de los derechos políticos de las mujeres y la precaria situación social de Egipto, con precios elevados de los alimentos y el combustible sumado a una política social casi ausente, justifican los levantamientos. Desde este punto de vista, la coyuntura debe leerse como el cruce de dos escenarios: el primero es el de las revueltas y la inconformidad de sectores que tienen mucha razón en su protesta y en levantarse contra el gobierno; el segundo es la acción de los militares que aprovechan la situación no para obtener el poder porque son despóticos y egoístas, sino para consolidar una estabilidad política y social que acoja y respete la intención geopolítica de los acuerdos de Camp David.

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Fuente: https://tigrepelvar4.files.wordpress.com/2012/06/mapa-egypt.gif

La estabilidad que busca Estados Unidos a través de los militares egipcios considera un Egipto amigo de Israel, que represente a la OTAN en África (Egipto hace parte del diálogo mediterráneo de la organización). Pero sobre todo que no tenga una política hostil a los intereses internacionales del Petróleo en el manejo del canal del Suez. Los buques petroleros del Medio Oriente, que abastecen a Europa, circulan por este canal. Un manejo poco ‘ortodoxo’, es decir, poco acorde con las reglas del libre mercado (con las reglas del interés del capital) causaría una crisis energética y económica del capital a nivel mundial.

No comprender estos dos escenarios que atraviesan la actual coyuntura egipcia puede llevar a juicios problemáticos como, por ejemplo, apoyar el golpe de Estado hecho por los militares. Que el golpe suceda al mismo tiempo que las protestas, no indica que lo primero apoye lo segundo. Significa más bien que los militares que representan un proyecto político que excluye a las grandes mayorías aprovechan la inconformidad de estas para consolidarlo a como dé lugar. De igual forma, aunque sea una tesis contraria, apoyar incondicionalmente el gobierno de Morsi porque es ‘anti-imperialista’, proviene de la misma incapacidad en el rastreo del juego de las fuerzas que está a la base de la situación: no es posible sostener que Tamarrod –aunque sea un movimiento incipiente que se ha consolidado por internet y por firmas y, en este sentido, sea inmaduro políticamente- sea un títere de los militares y de los intereses estadounidenses.

Aunque por ahora Tamarrod y los militares no estén en un conflicto explícito, el hecho de que tengan aspiraciones distintas pone al escenario egipcio en una temporalidad de mediano o largo plazo para su desenvolvimiento. Los medios habían establecido hace dos años que las elecciones eran suficientes y que ya todo había terminado. Pero no fue así. Y la situación actual tampoco supone una resolución definitiva. Los hermanos musulmanes movilizarán sus bases electorales para intentar hacerse con el poder político a menos que, como se rumora, el partido vuelva a ser ilegalizado por no ser lo bastante ‘liberal’. Los militares desplegarán su fuerza para seguir obteniendo la ayuda presupuestaria de los Estados Unidos. Mientras que buena parte de las fuerzas que desean un cambio profundo en Egipto experimentan constantemente con formas de organización y acción colectiva, lo que tiene una cara positiva y una negativa: positiva porque la experimentación en las modalidades de protesta mantiene vivo el sentimiento de inconformidad y abre la discusión sobre los asuntos comunes a cualquiera que quiera participar en ellas; negativa porque la ausencia de una clara vocación de poder en Tamarrod posterga la posibilidad de una transformación efectiva de las condiciones sociales, políticas y económicas en Egipto.