* Palabras al Margen

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Lo relevante hoy, lo que ha evolucionado de manera dramática en los últimos años, es el peso de la comunidad de colombianos en el exterior. El peso demográfico, mas también su peso emocional, espiritual. Rara es la familia que no cuenta con uno o varios integrantes más allá de nuestras fronteras. Todos tenemos amigos regados por el mundo. Los residentes en el exterior ya no son un colectivo marginal, y quizá no vuelvan a serlo nunca más. Quienes estamos fuera ya no somos una anécdota estadística.

Porque hablamos de millones de colombianos y colombianas que cada mañana al despertarnos, cada noche al acostarnos, seguimos suspirando por nuestros afectos, nuestros temores, nuestras ilusiones en torno a Colombia. Sea cual sea nuestra dirección postal, llevamos nuestra colombianidad donde quiera que vamos. Los colombianos que vivimos fuera de Colombia, sea de forma efímera o duradera, con mejor o peor fortuna, por voluntad propia o por necesidad, emigrantes, exiliados o expatriados del tipo que sea, constituimos una parte relevante del país. Somos hijos de Colombia, a veces sus hijos pródigos, a menudo sus embajadores. Cada uno de nosotros nos apasionamos con su selección de fútbol o con su actualidad política igual que cualquier otro colombiano, porque amamos y disfrutamos y padecemos el país tanto como cualquiera. Suponemos una potencialidad enorme para Colombia, por más que hasta ahora sea una potencialidad relativamente marginada de la agenda política nacional. Somos, en muchos sentidos, la Colombia más relegada.

Y yo creo que eso tiene que cambiar. Y tiene que cambiar desde ya.

Los expertos en migraciones señalan que los migrantes son siempre un segmento especialmente emprendedor, laborioso e innovador de la sociedad que dejan atrás. Los informes calculan que entre 5 y 9 millones de colombianos se encuentran hoy al otro lado de sus fronteras, lo cual significa que Colombia se está privando de la aportación, de las experiencias y de los conocimientos de entre un 10% y un 20% de sus ciudadanos, que precisamente se cuentan entre los más dinámicos, los más inquietos, los de más empuje. No parece muy sabio que una sociedad haga oídos sordos a las aspiraciones y perspectivas de uno de cada cinco o uno de cada diez de sus integrantes. ¿Qué diríamos de una familia que expulsa a una parte de sus miembros de su seno, que desoye sus ideas, que finge olvidarse de ellos y que ni siquiera recibe sus llamadas telefónicas? Diríamos que esa familia se está amputando a sí misma.

Como país no tiene sentido que ignoremos las prioridades y el aprendizaje de nuestros compatriotas. Del mismo modo que como democracia no se nos ocurriría despreciar las demandas y propuestas del conjunto de habitantes de Antioquia o de Bogotá, no podemos desconocer la de los colombianos en el exterior, que ni en número, ni en valor son menores. Si el ordenamiento administrativo nacional previera para los colombianos del exterior un imaginario departamento de “extranjerilandia”, su impacto demográfico, económico y cultural sería comparable al del mayor departamento del país. Como país, no podemos permitirnos desestimar la voz política de una Antioquia o una Bogotá.

Y no podemos permitírnoslo, no solo porque sería injusto, antidemocrático e irresponsable. También resultaría paradójico. Porque, a fin de cuentas, todas y cada una de las razones que pueden empujar a un colombiano a abandonar su tierra son motivaciones de orden político. ¡Las causas de la emigración son todas políticas! Si un colombiano emigra por desempleo, ese emigrante económico es el resultado de una política económica neoliberal fallida y venenosa. Si un colombiano se marcha por la violencia ciudadana y sistémica que respira el país, es hora de reflexionar sobre su estrategia policial, la tóxica interacción entre elementos del estado y actores delictivos, o la falta de políticas de cohesión social que funcionen. Si un colombiano huye del trabajo informal, del desempleo y de la falta de horizontes vitales, estas lacras se deben a su nefasto ordenamiento laboral, su insuficiente y desigual sistema educativo, su persecución de los sindicalistas y su reprobable convivencia con intereses particulares. Si un colombiano parte por ser víctima del hostigamiento de grupos armados, del laminamiento del activismo social, de la demonización de sectores progresistas del país, es obviamente culpa de una persistente política de exclusión sectaria contra la mayoría sociológica del país.

Si las causas de la emigración son políticas, políticas tienen que ser las soluciones a los problemas que viven quienes emigran. Colombia precisa un vuelco político, un vuelco hacia el respeto de todos nuestros derechos, como el que propone el Polo Democrático Alternativo, y con el que yo me identifico, para darle voz a todos esos millones de colombianos tan a menudo invisibles para el Estado colombiano, tan a menudo privados de derechos y tan a menudo desatendidos.

Habitemos ahora mismo donde habitemos, estemos dentro o fuera de nuestro país, todos necesitamos un Estatuto del Emigrante, es decir un marco legal moderno para los millones de no residentes en Colombia, que prevea y regule sus derechos sociales (homologación de estudios, acompañamiento a enfermos y presos, pensiones), sus derechos políticos (mayor representación parlamentaria, veedurías ciudadanas a los consulados), sus derechos culturales (apoyo a los hijos de migrantes, apoyo al tejido social colombiano en el exterior) y sus derechos económicos (asesoría al emprendimiento, Banco del Migrante para el envío de remesas, rebaja de los trámites administrativos consulares).

Necesitamos un Estatuto del Emigrante, necesitamos devolver a millones de colombianos la dignidad arrebatada, necesitamos recordar que nuestros derechos no tienen fronteras. Y sobre todo necesitamos recuperar para Colombia a las gentes esforzadas, valientes y valiosas que pueblan nuestro departamento más dinámico… y hasta ahora más olvidado.