* Palabras al Margen

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Inmediatamente, cualquiera podría hacerse la idea de que el diálogo fue convocado por el gobierno gracias a la presión de las protestas de la oposición. Esta imagen es políticamente eficaz si se quiere mostrar al gobierno venezolano como uno acorralado y desesperado. Sin embargo, hacer este diagnóstico es errado y superficial. Aunque es difícil poner en duda que hay una relación entre la protesta opositora, la violencia de parte y parte y la aparente necesidad de un diálogo político, no se trata de una relación directa. La razón fundamental es que las protestas de un sector radical de la oposición venezolana no buscan implementar o establecer un diálogo. Varios hechos permiten corroborar esta idea.

En primer lugar, María Corina Machado, quien se ha convertido en vocera de ese sector radical de la oposición, ha manifestado su rechazo explícito al diálogo. En segundo lugar, el mismo Henrique Capriles ha reprochado en diversas declaraciones que las protestas no tienen ninguna orientación programática y, por ello, son ingenuas al exigir simplemente la salida de Maduro sin contar con el apoyo de la gente de los cerros, es decir de las capas pobres de la población. En tercer lugar, el discurso de algunos estudiantes que parecen liderar las protestas –que puede verse en CNN y en la mayoría de periódicos venezolanos- pone sobre la mesa indudables problemas que agobian al país como la inseguridad o la inflación, pero al final se reducen a decir que están del lado correcto de la historia, que la desobediencia civil está amparada en la Constitución y que sólo la renuncia del presidente tendría un efecto mágico sobre la realidad social del país para que todo se solucione en un abrir y cerrar de ojos.

Por lo tanto, es difícil leer el establecimiento del diálogo como una victoria de las protestas. De hecho, el diálogo podría verse, más bien, como una estrategia del oficialismo para aislar al sector radical y minoritario de la oposición que cree en la tesis de la salida de Maduro por fuera de los mecanismos constitucionales. Así, el diálogo comienza a romper el tenue lazo que hay entre el sector radical de la oposición y la Mesa de la Unidad Democrática, pues esta puede ser percibida por aquél como una oposición débil y vendida a las mieles del “régimen”. Si bien en el desarrollo de la primera reunión del jueves, los representantes opositores que parecen ser más cercanos al sector radical, como Capriles, Julio Borges y Ramón Aveledo, intentaron proferir un discurso sin concesiones al gobierno (a diferencia de los secretarios de los partidos tradicionales AD y COPEI), el equilibrio argumentativo entre una denuncia constante del “régimen” y un llamado a la participación política dentro del mismo “régimen” que es capaz de poner a sus más feroces críticos en cadena nacional de radio y televisión, es imposible de lograr.

Esta tensión no es nueva y quizá sea uno de los problemas fundamentales de la oposición en Venezuela, que se deja ver con más fuerza en la época electoral: cuando las elecciones están lejos, el discurso opositor es combativo, poco conciliador y pone en duda todos los mecanismos de participación política, incluidas las elecciones; pero cuando las elecciones están cercanas, el discurso opositor da un viraje de ciento ochenta grados, pues tienen que convencer a sus bases y simpatizantes que, a pesar de todo lo dicho, sí hay garantías políticas y electorales para la participación de la oposición, que el voto es secreto y que el conteo está garantizado por el nivel técnico de las auditorías del sistema electoral. El que la MUD, en su mayoría, se haya sentado a dialogar puede llegar a profundizar esta tensión interna de la oposición.

Así, lo que la mayoría de analistas y reporteros del mainstream mediático han ignorado en sus conjeturas distraídas sobre la situación venezolana es que la muerte de Chávez no sólo implica un problema para el chavismo. Quizá implica un problema mayor para la oposición, pues la muerte de Chávez es la desaparición de un referente, de un adversario, que podía llegar a unirlos a todos (desde maoístas hasta personajes anti-cubanos y anticomunistas) en una causa común. Paradójicamente, aunque la oposición se quejaba todo el tiempo del unipersonalismo de Chávez, precisamente por ello, por hacer del fallecido teniente coronel el objeto de sus reclamos, lo reproducía con más fuerza que el oficialismo, con el fin de generar cohesión en sus filas a través de la figura del expresidente. Lo que sucede con la oposición es que no han aprendido a ser oposición sin Chávez.

¿Podrá el diálogo conseguir la finalización de las protestas violentas? La respuesta a este interrogante no puede ser unilateral, pues de hecho el diálogo es un arma de doble filo en este contexto. A medida que ha pasado el tiempo, los focos de protesta se han visto reducidos, pero han aumentado su nivel e intensidad de confrontación. De confrontar a las fuerzas policiales y a la Guardia Nacional con botellas de gasolina y explosivos improvisados, las protestas están cada vez más lejos de ser estudiantiles y mucho menos pacíficas: se han montado barricadas con alarmas y se ha denunciado que los ‘guarimberos’ (expresión venezolana que denota a quienes participan en protestas violentas) asesinan con armas de fuego a quienes intentan desactivarlas; los “estudiantes pacíficos” quemaron casi una universidad completa en el occidente del país y también intentaron incendiar un jardín preescolar con más de 80 niños adentro. El diálogo, así, puede desactivar los efectos políticos de la protesta violenta y conseguir un rechazo casi unánime por parte de la sociedad venezolana, pero podría intensificar el nivel de confrontación militar entre los ‘guarimberos’ y la fuerza pública, lo que constituye un dilema insalvable para el oficialismo.

El dilema está en que la intensificación de los focos de protesta exige una prioridad administrativa que puede conllevar el abandono de otros frentes de acción del Estado como la estabilización del tipo cambiario, la reducción de los niveles de inflación y el freno de la dependencia del petróleo en la economía. Aunque estos problemas no son un invento del chavismo, pues las cifras de la inflación en el periodo anterior a Chávez duplican en promedio a las que se dieron desde 1999 hasta 2013 y el control de cambio existe desde 1983 en Venezuela, las bases chavistas y los electores no se conformarán con pensar que los problemas vienen de hace mucho tiempo y con saber que antes todo era peor. Quizá podrían castigar electoralmente al chavismo en el 2019, sólo si la oposición puede mantenerse unida sin Chávez y con un Capriles debilitado y tiene la astucia de presentarse a sí misma como una opción de izquierda y atractiva para los sectores populares explotando los significantes chavistas para su propio beneficio político y electoral.