* Palabras al Margen

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Es natural pensar que con esta pequeña diferencia se pone en alerta el futuro del proyecto revolucionario. En efecto, la pasada elección del 7 de octubre, dejó un margen para Hugo Chávez de al menos 11 puntos sobre su contendiente, Capriles. Y si el margen tuvo una reducción tan significativa en estas elecciones es porque algo no era como antes. Al respecto, es previsible que el mainstream mediático, ante el resultado maneje al menos dos escenarios de análisis que pueden considerarse en sus alcances y ser develados en sus supuestos.

El primero es que las elecciones fueron un fraude. Esta idea, aunque puede ser sustentada gracias al estrecho margen, es políticamente inconveniente para la oposición. A lo sumo que pueden llegar las cosas es que el comando de campaña de la Mud pida un reconteo de votos o una nueva auditoría de los resultados. Por ahora, el ánimo triunfalista de la oposición se traducirá en una posición más institucional en donde la derecha buscará administrar su victoria para o bien pelear un referendo revocatorio o para esperar a las próximas elecciones parlamentarias.

El segundo análisis que es posible encontrar es que hay una crisis del modelo socialista en Venezuela pues éste en verdad se reducía a la influencia unipersonal de Chávez. Este punto no es tan claro. No es difícil darse cuenta que lo que potenció la subida de Capriles fue una apropiación de los símbolos de la izquierda y sus reivindicaciones políticas. Capriles siempre decía que su programa respetaba las misiones sociales, las políticas de Estado de nacionalización y reparto entre los sectores más pobres de la renta petrolera pero con una mejor y más eficiente gestión, aunque su programa tuviese intenciones de echar para atrás los programas sociales.

Los problemas de gestión son evidentes y las circunstancias no ayudaron a una imagen de un Maduro administrador, tras la devaluación del Bolívar Fuerte y la imagen de escasez de alimentos que fue fuertemente explotada por la derecha. Pero una cosa es cuestionar la eficiencia y otra el modelo en sí mismo. Aunque a veces ambas cosas se confunden, es más que obvio que un candidato que proponga explícitamente la privatización de la salud y la educación y el final de las misiones sería fuertemente rechazado por la población. La aparente victoria de Capriles sólo puede darse a costa de una interiorización de algunas ideas socialistas en la cultura política venezolana. El poder apelar a esas ideas y generar dudas en la población acerca de si Maduro podría ejecutarlas exitosamente fue una de las claves del ascenso de Capriles.   
 
Chávez: un arma de doble filo.

Chávez es una figura de las concepciones políticas cotidianas de los venezolanos. Esto no quiere decir que Chávez sea simplemente un mito o una figura político-religiosa como se ha hecho entender en algunos análisis ‘antropológicos’ de dudosa calidad académica y conceptual que han circulado por algunos medios escritos nacionales. Si Chávez es un símbolo político, es siempre un símbolo sujeto a interpretaciones múltiples de acuerdo a las circunstancias e intereses de los actores. En toda acción de lo que puede llamarse un ‘culto’ hay siempre, en el fondo, una especie de sincretismo que da un nuevo significado a la figura de Chávez. Por eso Chávez no es un ‘mito’ ni una figura de adoración religiosa que impone su contenido en una acción de culto, sino que es un símbolo que se llena de contenido distinto de acuerdo a quien lo utilice.

La campaña presidencial fue una muestra de ese sincretismo. Las acciones de Maduro y Capriles pueden entenderse como intenciones de apropiarse de la figura de Chávez. Paradójicamente hasta la oposición luchaba por ser heredera de Chávez. Y puede decirse que la oposición ganó, pues interpretó el símbolo de acuerdo a ciertas necesidades e inconformidades de la población; pero ganó dejando de ser oposición. Cuando Capriles se llamaba a sí mismo un candidato de centro-izquierda, las diferencias con el chavismo parecían ser cosméticas, reducidas a un estilo de gestión y no a un contenido de las políticas. El símbolo Chávez ayudó a que la oposición creciera electoralmente en estos comicios, pero dificulta la consolidación de un discurso que muestre sus intereses reales, que al menos están consignados de forma clara en el programa de gobierno de Capriles. Una derecha que se consolida en un espectro político negando sus propias ideas y proyectos es, sin duda, una contradicción.

Este escenario complejiza la postura de la oposición. Un ánimo triunfalista, que se ha visto en las últimas declaraciones de Capriles después del anuncio de los resultados por parte del CNE, puede ser la peor forma de administrar la victoria. La oposición corre el riesgo de confundir los escenarios: una cosa es haber sabido condensar ciertos descontentos con la gestión del modelo socialista y otra es creer que hay un descontento generalizado con las políticas sociales o el elevado gasto público. Si la oposición confunde el primer escenario con el segundo, puede echar por la borda el capital político que parece haber acumulado.

Este es el doble filo de Chávez para la oposición. Pero también lo es para las fuerzas socialistas. Uno de los errores de la campaña de Maduro fue poner al símbolo de Chávez en el centro del debate electoral. Cuando se hace eso, se corre el riesgo de que el símbolo sea interpretado desde otros marcos, como el de la derecha. La dificultad radica en que es difícil decidir los criterios correctos de interpretación de un símbolo como Chávez. El oficialismo se dedicó prácticamente en toda la campaña a intentar brindar esos criterios de interpretación con una lógica militante, lo cual era un cometido bastante difícil porque el símbolo Chávez sólo existe en su interpretación efectiva.

La campaña para las elecciones del 7 de octubre no fue el debate de apropiación de un símbolo sino que el propio Chávez siempre hacía hincapié en una diferencia de modelos y de concepciones de país con respecto a Capriles. Aunque Maduro se refería a estos puntos, que son de crucial importancia, siempre lo hacía en medio del debate de quién podía seguir mejor el legado de Chávez. El problema es que cuando Maduro dice “yo soy el hijo de Chávez” o manifiesta que él sí puede seguir el legado de Chávez mientras que Capriles no, admite la posibilidad del debate sobre quién puede interpretar y seguir el legado del símbolo Chávez. Plantear así las cosas era entrar perdiendo terreno en la campaña, pues las discusiones se hacían más ligeras, lo que disminuía los puntos fuertes que el proceso revolucionario puede poner en un debate político, como por ejemplo una confrontación de modelos y de visiones de país, y en cambio, fortalece la forma de debatir de la derecha que enfatiza en burlas y ridiculizaciones, como el poco feliz pero célebre episodio del “pajarito”.   

Mirando hacia el futuro        

El 49% de los votos es, sin duda, una victoria para la oposición, pero debe relativizarse. La oposición no tiene forma de concentrar políticamente ni organizativamente los votos que han sido ganados en circunstancias muy especiales, es decir, que se han ganado a costa del símbolo Chávez. Hay una disimetría entre el resultado electoral de la oposición y la posición real de las ideas de derecha en la sociedad venezolana. Por ahora, ese 49% no significa nada en sí mismo, pues todo depende de la utilización que le de la oposición a esta cifra. Las fuerzas socialistas controlan los gobiernos regionales, controlarán el ejecutivo seis años más y tienen la mayoría de escaños en la asamblea nacional. El futuro de Venezuela se juega en el gobierno, en donde la oposición no tiene ningún espacio en realidad.

Pero tener el control del gobierno no significa tampoco nada en sí mismo. Maduro va a administrar probablemente una producción de 6 millones de barriles diarios (el doble de barriles que en la actualidad y, por tanto, una doble bonanza), que a ese ritmo alcanzaría unos 150 años de acuerdo a las reservas venezolanas probadas internacionalmente. Aunque esto es, contrario a lo que dicen los medios, no una época de vacas flacas  sino de vacas doblemente gordas, el petróleo en Venezuela es una bonanza pero también es fuente de problemas como el desequilibrio de divisas o una postergación relativa del fortalecimiento estatal de la producción nacional colectiva.

La pérdida de al menos 600 mil votos con respecto a la elección anterior es un baldado de agua fría para las fuerzas socialistas. Aunque esto puede, a primera vista, acentuar algunos conflictos entre sectores que participan en la gestión del Estado porque todos culparían a Maduro del fracaso, en verdad es más probable esperar que ante la existencia de un enemigo que parece haber crecido, las fuerzas socialistas aprieten aún más sus filas.

Apretar las filas, sin embargo, no es tampoco garantía de nada. Sin un debate de ideas y el fortalecimiento del proceso político en donde las personas se apropian de sus asuntos cotidianos, las dos amenazas que se ciernen sobre la revolución podrían hacer de las suyas. La primera amenaza es la ineficiencia en la gestión del Estado. Pero la segunda amenaza es más complicada de manejar: en el 2019, habrá un relevo generacional en los electores. Se trata de una nueva generación de venezolanos que habrán nacido en el siglo XXI o a finales del siglo XX y que, por lo tanto, no recuerdan la cruel situación inhumana de pobreza durante la denominada Cuarta República. La batalla está en la politización e inclusión dentro de las redes de poder del Estado y los consejos comunales de esa nueva generación que no vive de recuerdos del pasado sino de expectativas del futuro.

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1www.semana.com/mundo/articulo/venezuela-maduro-mas-duro/337663-3