* Palabras al Margen

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Para algunos observadores, entre los cuales se cuenta el experimentado analista argentino José Natanson, el señalado prodigio es el efecto de un conjunto de factores y circunstancias afortunadas. Colombia ha vivido un renacimiento cultural que parece un alud incontenible. Esta es la primera de las circunstancias señaladas.

Por ejemplo, Colombia es hoy una potencia cinematográfica: la ciudad de Duitama, un topónimo muisca, es en la actualidad la Cinecitá de los colombianos. Allí se instaló un conjunto de productoras que combinaron virtuosamente los cines experimental y comercial, algo que para algunos resultaba ser la mixtura del agua y el aceite.

Las realizaciones en un principio fusionaron austeridad en los medios con exuberancia de la imaginación. Lo que algunos comparan con el periodo mexicano de Gabriel García Márquez cuando escribiera Cien Años de Soledad. El acierto principal del cine colombiano de los últimos años ha sido asumir como su tema el periodo de violencia de la segunda mitad del siglo XX y los tres primeros lustros del actual. Un recurso clave para que la sociedad colombiana asumiera su verdad y, comprendiéndola, avanzara en su superación. Lo curioso ha sido que entre más profundamente se aprehende la particularidad de esta historia, mayor es su dimensión universal.

Un fenómeno similar se suscitó en materia editorial. Si bien a finales de los años 90 del siglo pasado, la industria colombiana del libro era respetable, estaba lejos de significar lo que hoy pesa en la región que habla castellano. Colombia desempeña el papel que en su momento fuera el de México con el Fondo de Cultura Económica. Aplicando una sabia política de fomento a las nuevas tecnologías y de apoyo a los emprendimientos independientes, Colombia es por las fechas que corren un fecundo puente entre la riqueza cultural universal –en materia literaria y científica— y la avidez creciente del mundo lector hispanoamericano.

Curiosamente, cuando el mundo parecía abandonar el papel impreso como vehículo de cultura, las mujeres y los hombres de este país están leyendo un promedio de 23 libros por año, cuando en el año 2010 no alcanzaban a leer dos libros anuales. Los vecinos admiran, con envidia de la buena, la calidad de la televisión colombiana, producto de un pueblo exigente que se hastió de “realities” y de noticieros superficiales que ocultaban la realidad detrás de las piernas escultóricas de sus presentadoras. Hoy la alta calidad de la televisión se deriva de la vinculación al gran público de la universidad y otros centros de producción de conocimiento a través de los medios masivos de comunicación.

No es raro que en la televisión colombiana se disputen el favor de los espectadores, una propuesta de grandes reportajes sobre los tipos de familia en ciernes a escala planetaria, con un seriado sobre el periodo de la dominación árabe en la península ibérica, que presenta, en forma simultánea, una disputa entre los cortesanos castellanos, la aventura de una familia hebrea que logra sobrevivir entre persecuciones sin cuento y los avatares de una princesa mora en procura de su propia felicidad a pesar de su tiránico padre y de una cultura que no favorece la libertad de las mujeres.

Los historiadores conocedores de esta época no saben qué les causa más asombro, si el rigor con que se recrea una época ajena a la tradición y a las vivencias del público, o el extraño furor de televidentes que abandonan cualquier otro entretenimiento para seguir sin resuello episodios que acaso no resultan exóticos a la saga reciente de su propio país.

Algún historiador amigo de descubrir espejos hacía ver que el Renacimiento italiano  encontró en los Sforza –los Escobares de su tiempo– el mecenazgo necesario para los humanistas y los grandes creadores. Sin embargo, Colombia en asuntos de cultura le debe muy poco, por no decir nada, a sus narcos: un gusto deplorable en materia arquitectónica que apenas si sobrevive en uno que otro adefesio destinado a centro comercial, cuatro plagios desgraciados de corridos norteños y la ruina inevitable de los deportes en los que incursionaron como plaga los dineros mal habidos.

No duda la investigadora de la Universidad Nacional, Irene Alonso, en señalar que este auge se desprende del hecho feliz de que una generación –de manera inesperada aunque explicable– decidió un día parar la decadencia de un sector educativo que solo pensaba en acumular predios y caudales, haciendo del conocimiento un factor de enriquecimiento fenicio a la vez que grosera escalera para los trepadores. Cuando en la década del año 10 del presente siglo, la que ahora se denomina generación manística1, se propuso hacer realidad que la educación se considerara un derecho universal; generación que sentó las bases de este Renacimiento que, respetando todas las diferencias, puede equipararse al de los italianos de mil quinientos.

Sin embargo, todavía no se explica el porqué del prodigio económico, ni los cambios en la mentalidad de la gente colombiana. Temas para otra ocasión.

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1La palabra hace referencia a la Mesa Amplia Nacional Estudiantil, MANE, del año 2011.