* Palabras al Margen

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Quizás lo más sorprendente, en opinión de la veterana dirigente Amanda Rincón, fue el cambio en la mentalidad del magisterio colombiano. “Ahora no nos preocupa tanto el asunto salarial y prestacional –asegura–, ese no es nuestro interés principal. Ahora nos interesa, sobre todo, servir a la niñez y la juventud, y la mejor manera de hacerlo es procurando la excelencia en la labor educativa. Hubo una época en la que se impuso el preconcepto de que la educación privada era la mejor, que en la educación pública reinaba el desgreño y la mediocridad. Pero es una época que quedó atrás”.

Y no es que ahora sólo exista la educación pública. Todavía existe la Conaced, asociación que desde el siglo pasado agrupa los colegios católicos. Todavía hay universidades privadas, es cierto. La diferencia está en que ahora sólo cinco instituciones privadas están entre los veinte mejores colegios, según las últimas pruebas de Estado. La Universidad Nacional, la de Antioquia y la del Valle se cuentan entre las doce universidades latinoamericanas que se igualan a las mejores de Europa y los Estados Unidos.

Cabe preguntarse cómo se llegó a este compromiso singular con la excelencia educativa. Como suele ocurrir, las cosas resultan donde menos se espera. En el año 2014, la Federación Colombiana de Educadores convocó un insólito ejercicio. Reunió en una conferencia por fuera de los estatutos y sin que tuviera que ver con la conformación de comité ejecutivo alguno, a todo maestro o maestra que hubiera sido directivo sindical bien fuera en los sindicatos departamentales o en la federación misma. Una forma de celebrar los 55 años de la organización líder de los sindicatos colombianos.

Muchos educadores no daban cinco centavos por esta reunión. “Otra vez los mismos con las mismas”, opinaban. Sin embargo, bajo el lema “si somos parte del problema, seremos protagonistas de la solución”, el magisterio inició un proceso inédito de autocrítica.

En los años sesenta del siglo pasado desde el Magdalena se lanzó otra manera de asumir el papel social del magisterio, en el siglo XXI, los mismos educadores de Edumag propusieron una reflexión sobre el rol de los educadores y su parte de responsabilidad en la situación del país. Roberto Munárriz, veteranísimo dirigente magisterial, publicó un sugerente folleto que resumía una amplia consulta a los maestros y maestras de su departamento. Bajo el lacónico título de Nuestros Retos, el profesor Munárriz proponía un renovador enfoque. El magisterio era un actor fundamental en la superación de los problemas colombianos. La educación y la cultura son herramientas claves para reconstruir la nación atascada en el pesimismo y la impotencia. Una y otra están en manos del magisterio y accionarlas era una tarea indelegable (Munárriz, 2014).

Otra afirmación que partió en dos la historia de la educación colombiana la propuso la Asociación de Educadores del Huila, la gloriosa ADIH. Opinaban los educadores opitas, que asegurada la universalidad de la educación básica, el compromiso con el interés popular era alcanzar la excelencia en la educación pública. Con el radicalismo de siempre planteaban que cualquier otra opinión era conformista y reaccionaria.

A partir de estas dos afirmaciones se desarrollaron sesiones de autocrítica por las escuelas, los colegios y las universidades, reuniones en las que los docentes enjuiciaban el economicismo que reducía el horizonte de los sindicalizados a las reivindicaciones salariales y el funcionarismo que con exceso de comodidad llevaba a los maestros a la práctica del menor esfuerzo y a la espera pasiva del tiempo de jubilación. Los dirigentes sindicales, en lo que a ellos respecta, asumieron su parte de responsabilidad: nunca supieron cuestionar estos comportamientos y por el contrario los estimularon como condición espuria para conservar el liderazgo. Estas reflexiones llegaron, sistematizadas, a la conferencia convocada por Fecode, sin duda, el momento de mayor lucidez del magisterio colombiano.

El comportamiento de los docentes hizo escuela. Desde sus organizaciones, los médicos y demás profesionales de la salud se preguntaron por su parte en la crisis de la salud y su compromiso en superarla. Los profesionales del agro (veterinarios, agrónomos y zootecnistas, entre otros), hicieron otro tanto. Así lo hicieron los trabajadores de todas las ramas. Hasta los empleados bancarios se cuestionaban la pasividad con que dejaron pasar por décadas la voracidad del sector financiero, pues sólo les preocupaban las mejoras salariales.

Fue un clima general que nadie programó ni estimuló deliberadamente. En su último trabajo, el maestro Mauricio Archila afirma que no hay precedentes de una dinámica parecida (Archila, 2018). Contra la costumbre de colocar en otros la carga de la responsabilidad, ahora las colombianas y los colombianos, en un ejercicio colectivo de reflexión, se hacían parte de los problemas de su país y actores decisivos de las soluciones. Si la autocrítica fue contagiosa, no menos contagiosa devino la búsqueda de la excelencia. Otra feliz circunstancia del prodigio colombiano.

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Archila, Mauricio. Nuevos derroteros de los movimientos sociales. Bogotá, 2018

Munárriz, Roberto. Nuestros retos – El magisterio colombiano se mira a sí mismo. Santa Marta, 2014