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* Palabras al Margen

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Aunque en Colombia este libro ha estado rodeado por mucho silencio e indiferencia, El sabor de la tierra no es una publicación cualquiera. Estrictamente, la aventura del libro empieza en el 2010. En ese año, Baudoin y Troubs viajaron a México y allí realizaron el trabajo titulado Viva la vida, los sueños en Ciudad Juárez. Su idea era recorrer ‘la ciudad de la frontera’ intercambiando sueños por retratos. Es conocido de sobra que Ciudad Juárez reporta cifras muy elevadas de violencia: desapariciones, abusos sexuales y asesinatos sistemáticos de mujeres y jóvenes. El asombro frente a estos hechos y la motivación de hacer de las historietas no solo un medio de expresión artístico, sino también, periodístico, culminaron en esta obra gráfica. En su momento, tuvo una excelente acogida en el público mexicano, público en el que se encontraban dos jóvenes colombianos quienes invitaron a los franceses a pasar una temporada en la región amazónica de Colombia.

A comienzos del 2013, Baudoin y Troubs llegan a Bogotá para viajar a Florencia. Su visita tiene un propósito similar al que tuvo aquella que hicieron a Ciudad Juárez: se trata de intercambiar recuerdos preciados de los habitantes del Caquetá por retratos. Poco antes de emprender su viaje hacia las cercanías de la selva, los artistas visitan la Universidad Nacional de Colombia. El registro de esta visita es importante pues allí se entrevé la idealización con la que muchos observan desde fuera el conflicto colombiano. Más tarde esta impresión se va desvaneciendo frente a los relatos de hombres, mujeres, niños y niñas que habitan las zonas rurales y urbanas alejadas de la capital. Sus historias son de huidas y de muertes, de sobrevivencias y de temores; son historias de amor, desamor y resistencia. Tienen un origen unívoco: la violencia que ha sido infligida por todos los actores armados del país -el Estado, el paramilitarismo, el sicariato y las guerrillas- a la población civil. La mayoría de las personas que protagonizan las historias fueron (o son aún, como pueden) campesinos, han vivido el despojo y el desplazamiento. Muchos no tienen trabajo o ya no hacen lo que solían: para poder sobrevivir siembran lo único que les puede garantizar un plato de comida. Paradójicamente no se trata de ningún alimento: deben sembrar coca. Es una realidad que para la mayoría de campesinos colombianos vender sus productos es mucho más costoso que el trabajo mismo de producción. La coca, que crece prácticamente sola, resulta un negocio rentable pues tiene clientes y pagos asegurados, sin embargo, gracias a la llamada “lucha contra las drogas” es posible que no prospere. De ser así, todo lo que queda por hacer es desplazarse a las zonas urbanas y buscar trabajos informales o “ayudas del Estado”. Antes de empezar a ilustrar los relatos de Colombia, el libro incluye una conversación entre Troubs y un campesino francés, un hombre mayor que toda su vida ha trabajado la tierra. Hablando sobre el viaje a Colombia la charla termina así:

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Fuente: El sabor de la tierra. Editorial Atisberri, 2013.

Los silencios de este libro no son los silencios impuestos por los editores o por alguna otra máquina de censura. Son los silencios de las personas cuyas palabras no alcanzan para describir la miseria y el sufrimiento que han padecido. Son los silencios de los autores que se limitan a mostrar con imágenes el silencio con el que la naturaleza es espectadora y el silencio de los que cuentan a pedazos quiénes son y por qué hacen lo que hacen. Son los silencios entrelineas de las palabras de “Chatica”, una joven comandante de la guerrilla cuyo testimonio da cuenta de las complejidades de la guerra en Colombia. Ella es una mujer valiente y convencida, desde que era adolescente se enlistó en la guerrilla -como alguna vez lo hicieron ocho de sus veinte hermanos- y allí aprendió a leer, a escribir, a recorrer la selva y a disparar. Finalmente, estos silencios son también los silencios de nosotros, los lectores colombianos, callados frente a la crudeza de nuestra historia.

Es este último, un silencio que debe cuestionarse profundamente. A diferencia de Viva la vida, El sabor de la tierra no ha tenido una recepción tan aplaudida y comentada como la tendría su obra hermana en México. Allí, Baudoin y Troubs fueron entrevistados varias veces y participaron en eventos públicos para presentar el libro. Hasta el día de hoy no ha sucedido lo mismo en Colombia. No nos visitaron en la “gran” feria del libro de Bogotá; las motivaciones, ideas y conclusiones sobre su viaje no han hecho eco en ningún medio de comunicación ni en ningún espacio cultural; el telón de fondo de la discusión sobre la memoria en medio de la guerra y de un proceso de paz no ha pasado aún por el testimonio de los artistas franceses; el libro, aunque nos habla directamente de la realidad colombiana, no ha sido editado por primera vez aquí y cabe preguntarse las razones.

Por un lado, sabemos que la “novela gráfica” o cómic ha ganado un terreno importante en los últimos años en Colombia gracias a los esfuerzos creadores de jóvenes y sus revistas y editoriales independientes. Algunos trabajos se han comentado en medios masivos pero más con el carácter de estar ante una curiosidad que con el ánimo de tratar en profundidad su contenido. No es un arte demasiado nuevo que no tenga una historia en Colombia, pero sí de uno que aún lucha por ser considerado tal; a simple vista, parecería aún un asunto que le compete más a los aficionados que al gran público. Puede que aquí recaiga algo del peso de por qué El sabor de la tierra se ha mantenido al margen. Por otro lado, me atrevo a pensar que hay razones de carácter político, es decir, razones que implican una opinión sobre lo que se cuenta y lo que no de esta historia. Un libro cuyo prólogo lo ha escrito Alfredo Molano y cuyo eje son las voces y miradas de personas que relatan -si saben- quién y de qué manera fueron mancilladas, es un libro que muchos agarrarían con “pinzas” pues enloda varios nombres, salpica en todas las direcciones. Al darle a una voz a quienes por norma han carecido de ésta, se esbozan las directrices de nuestra guerra; terminamos sabiendo un poco más de eso que no queremos saber o recordar. No es algo que colombianos o colombianas no hayan hecho antes con un despliegue importante de talento, trabajo y sinceridad; al igual que la obra en cuestión, han sido sistemáticamente excluidos o ensombrecidos dentro de los espacios “establecidos”. Sucedió en Cinecolombia con el documental del Centro de Memoria Histórica (No hubo tiempo para la tristeza) que no se caracteriza, precisamente, por hacerle del todo justicia a la historia. Ha sucedido con otros artistas que, pese a la importancia de su obra, no son expuestos en la arena pública y por lo mismo (en un país donde las coyunturas las imponen los canales privados hegemónicos) no se habla mucho ni sobre ellos ni con ellos. Pongamos por caso a José Alejandro Restrepo y su obra.

¿A dónde nos lleva esto? Como lo veo, no se trata de que “Colombia no esté lista para saber la verdad” o para reflexionar a profundidad sobre ella a través de las artes. Se trata de la inconveniencia de esta verdad para muchos sectores políticos y económicos; por ello la limitación de los canales de difusión, la falta de interés de los medios, la marginalidad y exclusión. La guerra que se ha esbozado a través del cine, la literatura, el cómic, etc. no es una guerra que haya terminado aún. Los intereses de algunos de los que la protagonizan se salvaguardan, entre otras cosas, a través de la imposición de una cultura. Una cultura para el olvido, para el rating, para “los millones de ventas”, para la farándula. Hoy cuando hablamos de diálogos de paz es cuando más necesitamos de ventanas al país en el que habitamos por medio del pensamiento y la sensibilidad de los y las artistas (los de carne y hueso, no los de plástico). Un país en el que la mayor parte de su población ha sido condenada a la miseria, al olvido, a las balas y al silencio; una Colombia que parece secreta pero que corre como un rumor, se extiende como un hilo de sangre entre los ríos y se cuenta con dibujos, con leyendas, con sueños y con recuerdos, los mismos que recogieron Baudoin y Troubs en el Caquetá.

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Baudoin-Troubs. El sabor de la tierra. Editorial Atisberri, 2013, España.

Sexto piso Editorial: http://www.sextopiso.com/mex/autor_detalle.php?id=106