* Palabras al Margen

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Entre tanto, los empresarios nativos y transnacionales ven en la debilidad del gobierno y las graves dificultadas de la reelección del candidato presidente, una inmensa oportunidad para hacer del fin del conflicto armado una ocasión para expandir sus negocios y generar otros nuevos, incluso aceptando integrar a un contingente importante del campesinado a la economía monetaria, al mercado, al consumo. También andan detrás de Bogotá, por eso condicionan el incremento de su apoyo a la campaña a la venta de agua en bloque a los municipios de la Sabana, que pretenden urbanizar para una clase media que ama y odia a su capital. Y tampoco aceptan que les quiten el negocio de la salud.

Para acabar de ajustar, desde hace unas décadas, ante la secular debilidad de proyectos de democracia y justicia de largo aliento, se ha formado una clase media doblemente seducida por la traquetización y la integración no sólo a la burocracia estatal, sino también a sus jugosos contratos. Desde las entrañas de ésta se ha formado lo que los topógrafos de la política llaman el “centro”, bien sea de derecha o izquierda, no importa, es asunto de matices. Por supuesto, no me estoy refiriendo al Centro Democrático, que en ese lenguaje topográfico bien sabemos que es de extrema derecha, pero también recoge a buena parte de su militancia de esa clase… Me estoy refiriendo a formaciones como la Alianza Verde o Compromiso Ciudadano que en su mayoría son expresiones decentes de esa clase media que en Chile se conoce como “clase aspiracional”, pero que a diferencia del país austral tiene que convivir a regañadientes con los vecinos con mejor gama de carro.

Con el anterior bosquejo, solo pinto el trasfondo de una caricatura que aún llamamos izquierda, definida en trazos confusos en la Constitución de 1991, y los reclamos desmedidos y abismales de una Asamblea Nacional Constituyente, entre caudillismo de nuevas ciudadanías y maltrechos leninismos en busca de una inexistente burguesía nacional o un proletariado industrial en plena desindustrialización de un país que nunca pudo industrializarse; entre discursos salvíficos y el retorno a los orígenes prehispánicos. Pero en la que siempre es válido reclamar la unidad, la conformación de un frente amplio y, a pesar de todo, pedir que por lo menos en la primera vuelta nos dejemos de pendejadas y votemos por la fórmula que ofrecen dos mujeres, pues con todo y sus consabidos desaciertos es lo mejor que podemos para hacer frente a la dictadura empresarial, que más que el uribismo es la mayor amenaza a las utopías de libertad, solidaridad y equidad.

Sin duda me dirán de forma desobligada que ellas no representan la unidad, y que sólo merecen la injusta comparación con la compañía de humor paisa, me dirán que lo que está a tono con el proyecto constituyente en curso es el voto en blanco, o que hay que votar por Peñalosa para definir mejor a Santos en su proyecto de paz, o que hay que votar por Santos, porque es el único que puede firmar la paz por el establecimiento y además puede presionar para restituir a Petro. ¡Qué horror!!! Ante todo esto, además de mi voto, solo puedo repetir, con Sandra Zea – en su estupenda representación en la segunda obra de su grupo teatral Casa Taller: Variaciones sobre el miedo: uno-, a Borges cuando escribe: “Esto no es una desgracia, esto es una vergüenza”.