* Palabras al Margen

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Con ocasión de los 450 años de la muerte de Etienne De La Boétie, y como homenaje a su compromiso libertario, bien vale la pena destacar algunos tópicos de su pensamiento político. Para De La Boétie, por ejemplo, el problema de la libertad no se reduce al problema de la existencia de un mal o buen gobierno, el problema es que exista gobierno. Desde el primer párrafo de su opúsculo se ve claramente indicada esta idea central de su pensamiento político: el cuestionamiento radical a la dominación, bajo cualquiera de sus formas. La libertad se opone no contra este o aquel tirano, sino contra la tiranía como representación en su tiempo de la dominación. De este modo, La Boétie supera igualmente el debate antiguo, que va desde Platón hasta Polibio, pasando por Aristóteles, acerca de las diferentes formas buenas o malas de los gobiernos. En efecto, para De La Boétie, el problema no es que exista uno o muchos amos, el problema es que existan amos. “Pero, en conciencia –se pregunta De La Boétie-, ¿acaso no es una desgracia extrema la de estar sometido a un amo del que jamás podrá asegurarse que es bueno porque dispone del poder de ser malo cuando quiere?”.

Pero no es, sin embargo, la discusión sobre las formas de gobierno el cometido fundamental de La Boétie en su opúsculo, sino desentrañar, entender, las razones de este enigma, que hace que los hombres consientan y deseen ser siervos y renuncien a la libertad. La servidumbre voluntaria, aparece para La Boétie como una contradicción en los términos, una especie de oxímoron difícil de entender. “De momento, quisiera tan sólo entender cómo pueden tantos hombres, tantos pueblos, tantas naciones soportar a veces a un solo tirano, que no dispone de más poder que el que se le otorga, que no tiene más poder para causar perjuicios que el que se quiera soportar y que no podría hacer daño alguno de no ser que se prefiera sufrir a contradecirlo. Es realmente sorprendente –y, sin embargo, tan corriente que deberíamos más bien deplorarlo que sorprendernos- ver cómo millones y millones de hombres son miserablemente sometidos y sojuzgados, la cabeza agacha, a un deplorable yugo, no porque se vean obligados por una fuerza mayor, sino, por el contrario, porque están fascinados y, por decirlo así, embrujados por el nombre de uno, al que no deberían ni temer (porque está solo), ni apreciar (puesto que se muestra para con ellos inhumano y salvaje)”.

¿Cómo explicar esta paradoja, y sobre todo cómo resolverla? “Debilidad de los hombres”, “vicio horrible”, son los calificativos usados por La Boétie para nombrar esta situación a sus ojos vergonzosa. “¿Acaso no es vergonzoso ver a tantas y tantas personas, no tan sólo obedecer, sino arrastrase? No ser gobernados, sino tiranizados, sin bienes, ni parientes, ni mujeres, ni hijos, ni vida propia”. A diferencia de Maquiavelo, que tiene la mirada celosamente puesta en el poder, De La Boétie la tiene fija y escrutadoramente puesta en el pueblo. La servidumbre voluntaria no procede ni de supuestas habilidades, ni de artimañas, ni de la fuerza del poder; tampoco de la cobardía de lo sometidos. ¿Cuál es pues la fuente de este “monstruoso vicio”, tal como llama La Boétie a esta servidumbre a la cual no quieren renunciar los hombres? ¿Cuál es la razón por la cual los hombres quieren obedecer?

Las respuestas, como dije, no las busca La Boetie en el amo, sino en el pueblo. “Son, pues, los propios pueblos los que se dejan, o, mejor dicho, se hacen encadenar, ya que con sólo dejar de servir, romperían sus cadenas. Es el pueblo el que se somete y se degüella a sí mismo; el que, teniendo la posibilidad de elegir entre ser siervo o libre, rechaza la libertad y elige el yugo; el que consiente su mal, o, peor aún, lo persigue”. Es en el pueblo mismo donde radica la fuerza del amo: “Ese amo, no tiene más que dos ojos, dos manos, un cuerpo, nada que no tenga el último de los hombres que habitan el infinito número de nuestras ciudades ¿De dónde ha sacado tantos ojos para espiaros sino es de vosotros mismos? Los pies con los que recorre vuestras ciudades, ¿acaso no son también los vuestros? ¿Cómo se atrevería a imponerse a vosotros sino gracias a vosotros” ¿Qué mal podría causaros sino contara con vuestro acuerdo?”.

La libertad es para La Boétie natural y sólo puede surgir sobre la base del reconocimiento de la igualdad natural de los hombres, quienes proceden de un molde común del que brotan las diferencias de carácter entre ellos. Es de esta igualdad y diferencias comunes que surge la amistad, el compañerismo, la solidaridad, la ayuda mutua. De este modo, la sustancia de la libertad es la amistad, por consiguiente, para La Boétie, ella sólo puede existir y ejercerse en una comunidad de amigos. “¿cómo podríamos dudar de que somos todos naturalmente libres, puesto que somos todos compañeros? Y ¿podría caber en la mente de nadie que, al darnos a todos la misma compañía, la naturaleza haya querido que algunos fueran esclavos?”. Si la libertad es para La Boétie natural, la servidumbre es antinatural. Pero, ¿cómo entender precisamente que los hombres hayan consentido la inversión de estos términos, que lo antinatural (la servidumbre) se haya naturalizado y lo natural (la libertad) se haya desnaturalizado y despreciado?2

La respuesta a la pregunta por el enigma de la servidumbre voluntaria la encuentra De La Boétie en primer lugar en la costumbre. Esta es la primera razón de la servidumbre voluntaria. Después de la derrota por la fuerza de la primera generación, las sucesivas generaciones, sin encontrar retoños y continuidades de la anterior, terminan por acostumbrase a la situación de siervos y hacen gustosamente lo que sus antecesores habían hecho por obligación. Educados y criados en la servidumbre, los hombres aceptan gustosamente el estado en que nacieron. La educación y más tarde la manipulación, el condicionamiento religioso o ideológico e incluso la superstición a manos de los amos, y, finalmente, un ejército completo de funcionarios a su servicio, organizado en forma piramidal, alimentado por prebendas y clientelismos de toda especie, termina por afianzar y perpetuar la servidumbre.

Sin embargo, pese a la irresistible fuerza de atracción, de fascinación y de consentimiento que le es inmanente a esta servidumbre voluntaria3, para De La Boétie, su fuerza de dominación no es única, ni hermética, ni inexpugnable. A diferencia del poder micro-físico de Foucault, que recubre capilarmente todo el tejido social y en el que hasta la resistencia es parte funcionalmente constitutiva del mismo, o de la sociedad unidimensional de Marcuse en la que hasta la libertad y los sueños se encuentran tecnológicamente programadas, o del totalitarismo estatal herméticamente cerrado de Hanna Arendt, para De La Boétie, por el contrario, el poder puede ser totalitario, incluso, la sociedad misma puede ser totalitaria, sin embargo, ni el uno ni la otra, son totales ni completas. No hay tal absolutez en esa fuerza envolvente de la servidumbre voluntaria; no hay dominación perfecta ni absoluta. En sus fibras mejor elaboradas, en sus rincones mejor custodiados, surgen grietas y fisuras desde las cuales se enhebra la resistencia como lucha por la libertad.

La libertad es para De La Boétie, siempre una posibilidad viva. Porque así como es natural y nacemos con ella, también nacemos con la voluntad de defenderla. No hay pues un mundo completamente “fascinado” y “embrujado” por el poder. “Siempre aparecen algunos, más orgullosos y más inspirados que otros, quienes sienten el peso del yugo y no pueden evitar sacudírselo, quienes jamás se dejan domesticar ante la sumisión y quienes, al igual que Ulises, a quien nada ni nadie detuvo hasta volver a su casa, no pueden dejar de pensar en sus privilegios naturales y recordar a sus predecesores y su estado natural. Son estos los que, al tener la mente despejada y el espíritu clarividente, no se contentan, como el populacho, con ver la tierra que pisan, sin mirar hacia adelante y hacia atrás. Recuerdan también las cosas pasadas para juzgar las del porvenir y ponderar las presentes”.

Como en la idea de historia de Walter Benjamin, el pasado no es lo que “ocurrió”, sino la fuerza que potencia el presente, que lo preña de sentido para advenir el futuro. El futuro de De La Boétie, como en Benjamin, es un “futuro pasado”, su fuerza no está en el porvenir sino en los duelos no dirimidos en las batallas del pasado. Es por esto que sólo tienen derecho a la esperanza quienes testimonian, a través de la memoria, estas luchas y estas resistencias, quienes recuerdan.

La Boétie no hace concesiones al poder. Del mismo modo que su fuerza sólo proviene del pueblo, es de este mismo de quien también provienen las fuerzas para defender la libertad. Es del pueblo mismo de quien depende la emancipación, es de lo que él pueda y quiera, y no de lo que quiera o pueda el tirano, de quien depende la libertad. Esta ni siquiera está cifrada en la suerte del tirano, razón por la cual La Boétie desprecia el tiranicidio tan de moda en las sectas religiosas protestantes de la época. La solución a la servidumbre voluntaria está en las manos del pueblo. Sin embargo, esta solución, para La Boétie, no consiste en una acción épica popular, en un gran enfrentamiento con el poder, sino simplemente en no obedecerle, en no cooperar. “Decidíos, pues, a dejar de servir, y seréis hombres libres. No pretendo que os enfrentéis a él, o que lo tambaleéis, sino simplemente que dejéis de sostenerlo. Entonces veréis cómo, cual un gran coloso privado de la base que lo sostiene, se desplomará y se romperá por sí solo”. Aquí, la desobediencia civil como una de las múltiples formas de la resistencia, encuentra su pincelada precursora.

Evocar hoy aquel Discurso, 450 años después de la muerte de su autor, es dar cuenta de su tremenda actualidad, no sólo teórica sino histórica y política, que se expresa en las múltiples manifestaciones de resistencia y rebeldía que recorren el mundo entero, desde los movimientos alter-globalización, los Foros Sociales Mundiales, las luchas contra las guerras imperiales y los levantamientos de los indignados en España, Inglaterra y los EEUU a comienzos del siglo XXI, hasta más recientemente los levantamientos populares primaverales en el norte de África, pasando por las grandes movilizaciones populares que catapultaron los triunfos de gobiernos de izquierda y progresistas en América latina. Es evocar el resurgir de las luchas de resistencia y por la libertad en Colombia, encarnadas en la irrupción popular del Catatumbo y las multitudinarias movilizaciones de indígenas, de afros, de campesinos, de sindicalistas, de maestros y de universitarios en todo el país. Es evocar la fuerza viviente y edificante de la resistencia y la libertad contra las nuevas formas de dominación, alienación y servidumbre, representados en los modelos de sociedades de mercado, individualistas y depredadoras del medio ambiente, promovidas desde el discurso y los regímenes neoliberales. Es evocar de nuevo las posibilidades de un mundo mejor, libre de injusticias, discriminaciones, opresiones y dominaciones.

Son estos, (esos algunos de los que habla La Boétie), para quienes “aun cuando la libertad se hubiese perdido irremediablemente, la imaginarían, la sentirían en su espíritu, hasta gozarían de ella y seguirían odiando la servidumbre por más y mejor que se le encubriera”.
Etienne De La Boétie murió el 26 de agosto de 1563, acosado por el mal de la disentería, que por aquella época azotaba a Francia. Murió a los 33 años, lúcido, rodeado de su joven esposa y de su entrañable amigo Miguel de Montaigne.

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1De La Boétie vivió, como Maquiavelo y Moro, la época de la modernidad renacentista, que floreció especialmente en países como Italia y Francia durante los siglos XV y XVI. Una época caracterizada, no sólo por la revitalización de la cultura greco-latina antigua, sino también por el surgimiento del humanismo cristiano y finalmente la secularización de la sociedad europea medieval con el imperio de la razón en el campo de las ciencias naturales, las artes, la economía y la política; es la época de los grandes inventos y descubrimientos marítimos (América, por ejemplo), de formación de los estados nacionales europeos (los estados absolutistas, con sus reyes, príncipes y concubinas); es una época también de pestes y de guerras religiosas. Se cree que El Discurso sobre la servidumbre voluntaria, fue escrito por De La Boétie con motivo de las revueltas populares contra las gabelas de Guyenne en su natal Burdeos, una especie de impuesto sobre la sal que gravaba a todo el pueblo destinado a financiar las guerras y el despotismo de Francisco I, rey de Francia de aquellos años.

2300 años después, Karl Marx en los Manuscritos Económicos-Filosóficos de 1844, observaría casi en los mismos términos que lo hace De La Boétie, la misma dramática inversión en el ser humano, en que, progresivamente, a causa del trabajo asalariado, lo propiamente animal del hombre se humaniza y lo humano se animaliza. 

3Pese a que Foucault no hace alusión al opúsculo de De La Boétie, su idea del poder que no sólo reprime ni dice no, sino que también produce y da placer, es muy cercana a la de aquel, aunque sobre premisas teóricas opuestas.