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* Palabras al Margen

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Ingresa a la Compañía de Jesús en 1952 para realizar una larga formación que muestra un sedimento fuerte en las ciencias naturales, al lado de un sólido componente humanístico y sobre todo filosófico. Hoyos inicia los estudios de Teología en las Facultades Eclesiásticas de la Universidad Javeriana de Bogotá en 1963. Paralelamente comienza a estudiar alemán, pues su objetivo era estudiar fuera del país. En efecto, en 1963 viaja a Europa a cursar Teología en la Universidad de Fráncfort, cuna de la famosa escuela que tanto lo marcará. En 1967 termina Teología y se ordena como sacerdote a los 32 años. En ese periodo vive la renovación de la Iglesia Católica propiciada por el Concilio Vaticano II y paralelamente la efervescencia social por toda Europa que redundará en el gran movimiento de 1968 y en el consiguiente despliegue de versiones no ortodoxas del marxismo, especialmente la teoría crítica de la Escuela de Fráncfort. Entre 1968 y 1973 realiza el doctorado en Filosofía en la Universidad de Colonia, siendo becado por el gobierno alemán para adelantar sus estudios. Su tesis de grado sobre la Fenomenología de Edmund Husserl fue laureada.

Con esos antecedentes académicos, más una apertura a las nuevas realidades sociales que vivió en Europa y que presiente en América Latina, Hoyos se disponía a regresar al país con una visión política y cultural muy distante de la conservadora de sus orígenes familiares. Si bien sus superiores le tenían asignado como lugar de actividad el departamento de Filosofía de la Universidad Javeriana, otro será su destino. Entre agosto de 1973 y diciembre de 1974 fue profesor de Filosofía en la universidad de los jesuitas. Pero no bien desembarcó de Europa, Hoyos comenzó a tener diferencias con sus colegas filósofos javerianos, pues ya insistía en hacer una filosofía comprometida con la realidad del país. Por eso prefería hablar de teoría crítica. Más bien encontró eco a esta inquietud en el recién reconfigurado Centro de Investigación y Educación Popular (Cinep), donde estaban algunos de sus compañeros jesuitas de estudios en Europa. Si bien ellos eran economistas, sociólogos y politólogos, aceptaron gustosamente a un filósofo que no se quedaba en la especulación abstracta sino que buscaba articular la reflexión filosófica con las ciencias humanas en una línea de compromiso social.

Durante esos años en el Cinep, Hoyos desarrolló una reflexión filosófica comprometida con el cambio social. Así, al lado de sus iniciales denuncias de la positivización de las ciencias sociales en el continente y su llamado a la necesidad de pensar críticamente la realidad latinoamericana, participó en las luchas populares por una vida digna como camino a la emancipación. En términos filosóficos no era otra cosa que su propuesta de una teoría crítica dialécticamente articulada a la práctica con la meta de transformar la realidad. Esto implicaba leer a los pensadores que sospecharon de la modernidad occidental, comenzando por Carlos Marx, de quien ya tenía conocimiento por su estadía en Europa. Por ello no es extraño que entre agosto de 1976 y noviembre de 1979 haya coordinado el seminario en el que se pretendía hacer una lectura “ingenua” (o primera lectura) de El Capital.

Paralelamente Hoyos establece relaciones con el ya reconocido Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso) al que se vincula creando el grupo de Epistemología y Política, con el que realiza varios encuentros internacionales y sendas publicaciones, así ya se hubiera desvinculado del Cinep. En efecto, para fines de 1978 se retira de la Compañía de Jesús y abandona el sacerdocio para asumir su vida laica, al principio solo y luego al lado de Patricia Santa María, su compañera hasta la muerte. Poco tiempo después interrumpe los lazos laborales con el Cinep, aunque sigue vinculado afectivamente con el devenir del centro hasta sus últimos días.

De hecho por la época en que estaba decidiendo su salida del Cinep, éste sufrió una fuerte macartización de parte de las fuerzas del orden bajo el mando del presidente Julio César Turbay Ayala, por la supuesta vinculación de dos investigadores jesuitas en el comando del movimiento Autodefensa Obrera (ADO) que cometió el torpe asesinato del ex ministro de gobierno, Rafael Pardo Buelvas, en septiembre de 1978. Aunque luego se probó que no era cierta dicha acusación, el Cinep recibió una ola de recriminaciones que reflejaban la preocupación, cuando no el odio, que sus ideas libertarias causaban dentro del establecimiento colombiano. En esos duros momentos, Guillermo no solo fue solidario con el equipo de investigadores y sus amigos detenidos, sino que puso en juego todas sus habilidades comunicativas para convocar foros amplios en los que se ventilaba la verdadera actividad del Centro y se denunciaba la violación de derechos humanos en el marco del Estatuto de Seguridad. Esto muestra otra faceta de Guillermo, y es su permanente rechazo a las formas autoritarias de gobierno y su defensa radical de la democracia y los derechos humanos.

Pero ya para ese momento era otro el espacio que lo atraía para adelantar su actividad como intelectual comprometido: la Universidad Nacional en Bogotá. Desde unos años antes, en febrero de 1975, se había vinculado como profesor al principal centro docente del país, siendo rector Luis Carlos Pérez y director del departamento de filosofía Ramón Pérez Mantilla. No pocos biógrafos han llamado la atención de que un jesuita se haya enrolado en una universidad pública de reconocido carácter laico, con un rector “marxista” y un director de departamento “librepensador”. Pero esos eran los retos que le fascinaban a Guillermo y los asumía con un entusiasmo que causaba envidia entre no pocos de sus colegas. Allí fue un gran divulgador, junto con Rubén Jaramillo, de la teoría crítica en la vertiente de la Escuela de Fráncfort, enfocándose especialmente en Jürgen Habermas y su obra Conocimiento e Interés. Pero como ya era característico en Guillermo, sus intereses no se limitaban a la labor docente e investigativa.

Sin perder su lugar como filósofo, nicho disciplinar del que nunca renegó, buscaba proyectarse hacia la sociedad en una clara articulación entre teoría y práctica. De esta forma, salido ya de jesuita y del Cinep, en 1981 contribuye a crear el Comité Amplio de profesores de la Universidad Nacional con colegas como Antanas Mockus, José Granés, Carlos Augusto Hernández y Medófilo Medina, entre otros. Se trataba de un grupo de profesores cohesionado no propiamente por la militancia política o sindical, como era común en la época, sino por el interés de reflexionar sobre la universidad pública, la educación superior y en general sobre las prácticas docentes en todo el sistema educativo. De ahí que algunos miembros de este colectivo, entre ellos Guillermo, hayan establecido una fructífera relación con el movimiento pedagógico que surgía en el magisterio. Pero, por supuesto, el énfasis de la reflexión del comité amplio era su Alma Mater. Por eso este grupo lanza a Guillermo Hoyos como representante de los profesores al Consejo Superior de la Universidad Nacional, saliendo elegido por amplia votación para el periodo 1982-1984.

En esos años corrían nuevos vientos políticos en el país y un presidente conservador, Belisario Betancur, abría la puerta de la negociación del conflicto armado con la insurgencia. Guillermo, convencido de que la deliberación civilizada era central en la consolidación de la democracia, apoyó con entusiasmo estos diálogos. En retribución, en 1984 Betancur le propone integrar la Comisión de Verificación de los acuerdos de paz con las Farc, junto con otras 49 personalidades de diversas corrientes políticas. Como parte de esa comisión, fue testigo de la creación del partido que supuestamente iba a permitir la incorporación política de las Farc: la Unión Patriótica (UP). Volviendo a su preocupación por la universidad, poco antes de este nombramiento, se había presentado de nuevo como candidato de representante profesoral y el presidente Betancur le había prometido que si ganaba la votación lo nombraba rector. En una campaña más ácida que de costumbre, en la cual se esgrimieron en su contra pocos argumentos y muchos epítetos descalificadores, fue derrotado por el también filósofo, Rubén Sierra.

Con ánimo de retomar sus lecturas filosóficas y alejarse de los vientos grises que cernían sobre el país por el inicio de la aniquilación de la UP y sobre la Universidad con la primera rectoría de Marco Palacios, Guillermo aprovecha su sabático para irse a Wuppertal, Alemania, entre 1985 y 1987. Allí profundiza en el trabajo del Habermas de Teoría de la Acción Comunicativa y se adentra en la obra de John Rawls en un encuentro tardío, pero fructífero, con la tradición filosófica anglosajona. A su regreso de Alemania es nombrado decano de la Facultad de Ciencias Humanas entre 1988 y 1990. Hoyos impulsó la investigación, más allá de las eventuales “descargas” docentes. Creía que ambas labores –investigación y docencia– debían estar profundamente conectadas. Sin descuidar nunca la proyección de la universidad más allá de sus muros, estimuló sin reservas la participación de profesores en los diálogos de paz con el Movimiento 19 de abril (M-19) y apoyó la gestación de la Constituyente en la cual, de alguna forma, fructificaron sus ideas de acción comunicativa y democracia deliberativa.

A comienzos de los noventa, retirado de las labores administrativas se concentró de nuevo en la docencia, sin alejarse de su interés por fortalecer la democracia en torno a la defensa de la flamante Constitución de 1991. Es también un tiempo de reconocimientos y de proyección académica nacional e internacional. Mientras continuaba su tarea de formador de estudiantes de pregrado y posgrado no solo en Filosofía sino en otras áreas del saber universitario, fue miembro del Consejo del Programa Nacional de Ciencias Sociales y Humanas de Colciencias (1991-1995), coordinador de la Comisión Nacional de Doctorados y Maestrías (1995-1998), miembro y coordinador del Consejo Nacional de Acreditación (2000-2005) y asesor del Instituto Colombiano de Fomento de la Educación Superior (Icfes) en varios momentos. Estuvo también vinculado a la Academia de San Carlos del Ministerio de Relaciones Exteriores, hizo parte del Consejo de Regentes de la Universidad Javeriana, se integró a la Asociación Colombiana para el Avance de la Ciencia y al Consejo Superior de Investigaciones Científicas. En el plano internacional fue colaborador de la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura e hizo parte del reconocido Comité Académico de la Enciclopedia Iberoamericana de Filosofía. También por esa época adelantó un intenso diálogo con colegas filósofos de otras universidades colombianas, latinoamericanas, europeas (especialmente de Alemania y España) y algunas norteamericanas.

A fines de los años noventa se presenta como candidato a rector de la Universidad Nacional en una reñida campaña programática, pero fue nombrado Víctor Manuel Moncayo, ex colega de Guillermo en el Cinep. Mientras tanto recibe reconocimientos por su labor académica con dos distinciones como profesor emérito y cinco como docente excepcional que le otorgó el Alma Mater antes de pensionarse en 2000. También recibió los estímulos estatales otorgados a destacados investigadores nacionales entre 1995 y 1997. Al salir, con cierta nostalgia, de la Universidad Nacional en 2000, no abandona su actividad como filósofo y ciudadano deliberante. En ese mismo año es nombrado director del Instituto Pensar de la Universidad Javeriana, en el que estuvo hasta 2010.

Allí encara otro reto en su vida académica y es enfrentarse a un equipo interdisciplinario muy crítico de la racionalidad occidental, a la que Guillermo siempre le apostó. Fue la época, según sus propios términos, del diálogo con la posmodernidad. También desarrolla su idea de “pensar en público” a través de foros amplios sobre temas de actualidad, vistos siempre desde una perspectiva crítica. Para sorpresa de los investigadores de Pensar, que al principio lo veían como un filósofo ortodoxo venido de la Nacional, Guillermo abrió el Instituto a las más diversas corrientes de pensamiento dando también acogida a la pluralidad social del país. En ese sentido es digno de recordar los ciclos de cine “rosa” que organizó con la comunidad LGBT.

Mientras tanto, y de acuerdo con su permanente compromiso con el país, en 2007 fue coordinador de la Comisión de “solución amistosa” con la UP, a la que había visto surgir en La Uribe en 1985 y de la que presenció con dolor su aniquilamiento. Aunque puso en juego sus destrezas de acción comunicativa, la “solución amistosa” no llegó a buen puerto, por intransigencia de ambas partes y especialmente del gobierno de la Seguridad Democrática (Álvaro Uribe Vélez), del que Guillermo era profundamente crítico. Por esa época, uno de sus alumnos, Alfredo Rocha, convoca un gran encuentro filosófico en su honor y publica un libro en su homenaje bajo el significativo título de “la responsabilidad de pensar”.

Con el cambio de rector en la Universidad Javeriana en 2010, Guillermo fue trasladado al Instituto de Bioética, al que dirigió hasta su muerte. Desde allí impulsó una ética humanista para las ciencias biológicas, distante de la religión y de la tradicional práctica médica, mientras continuó su reflexión sobre la ética ciudadana, la formación de valores y el conocimiento universitario, y la responsabilidad social de empresas a las que les recomendaba comenzar por pagar impuestos. Su idea de pensar en público la prolongó en foros amplios que ahora llamó Diálogos de Bioética. En 2010 la Asociación Colombiana de Universidades (Ascun) le rindió un homenaje. En ese evento rechazó con vehemencia el modelo mercantil y con ánimo de lucro que parecía cernirse sobre la educación superior en pos solo de la productividad, mientras abogó por una formación académica integral en un pensamiento crítico impregnado de valores ciudadanos.

Cuando comenzó a hablarse de diálogos de paz en el segundo año de gobierno del presidente Santos, por supuesto apoyó la iniciativa, pero recordaba la necesidad de contar con una cultura política que viabilizara la negociación. Por eso afirmaba que la cultura política es nuestra asignatura pendiente. Pero para ese momento el cáncer, que ya se le había manifestado años antes y al que había logrado derrotar temporalmente, lo estaba consumiendo. Su última aparición en público fue a principios de noviembre de 2012 en la Asamblea de Clacso en México, para el lanzamiento de su último libro publicado en vida sobre el populismo en América Latina, producido con el grupo que lideraba de Filosofía Política. Al otro día de su regreso de México, inició un nuevo y final tratamiento de quimioterapia. Por ello no pudo estar presente en el merecido homenaje que el Ministerio de Educación le dio con el premio Orden Gran Maestro a comienzos de diciembre de ese año pasado. Después de batallar por su salud y sin perder su lucidez, finalmente murió en Bogotá el 5 de enero de 2013.

Obra: Hoyos, Guillermo y otros, Epistemología y política, Bogotá, Cinep/Fundación F. Naumann, 1980; Hoyos, Guillermo y otros, El sujeto como objeto de las ciencias sociales, Bogotá, Cinep, 1982; Hoyos, Guillermo, “Elementos para una interpretación filosófica del joven Marx”, en Controversia, Nos. 115-116, 1983; Hoyos, Guillermo y Ángela Uribe (comp.), Convergencia entre ética y política, Bogotá, Siglo del Hombre, 1998.

Fuentes: Archila, Mauricio, “Investigación-acción en Cinep”, manuscrito, 2013; Hoyos, Guillermo y otros, Epistemología y política, Bogotá, Cinep/Fundación F. Naumann, 1980; Hoyos, Guillermo y otros, El sujeto como objeto de las ciencias sociales, Bogotá, Cinep, 1982. Hoyos, Guillermo, “Elementos para una interpretación filosófica del joven Marx”, en Controversia, Nos. 115-116, 1983; Hoyos, Guillermo y Ángela Uribe (compiladores), Convergencia entre ética y política, Bogotá, Siglo del Hombre, 1998; Mejía, Oscar, “Guillermo Hoyos Vásquez, Testimonio para una biografía intelectual», en Nómadas, No. 31, octubre de 2009, pp. 211-223; Rocha, Alfredo (ed.), La responsabilidad del pensar, Barranquilla, Uninorte, 2008.