* Palabras al Margen

Palabrasalmargen.com es un portal de opinión y análisis político donde queremos que confluya y se exprese la academia colombiana crítica y comprometida con la construcción de un país democrático, en el cual prime la justicia social, el respeto a los derechos humanos, la diversidad y la búsqueda de la paz.

La frase se queda trunca, decía, del intento no intentado de hacer alguna cosa, lo que fuera, un canal del dique que no se desplome cada fin de año o una política de desarrollo en el pacífico que no acabe con el gobernador de turno con los bolsillos llenos y la población en condiciones africanas, ojo que el apunte no es racista, pero no, seamos honestos, el intento no se hace y nos importa poco. La música sigue sonando el viernes y se sigue celebrando la fiesta de algún santo en cualquier vereda azotada por el conflicto en cualquiera de sus caras, la narcoterrorista de la FARC, la oculta de las bandas criminales aisladas y desarticuladas la del ejército heroico que puede cometer sus desmanes en la ardua labor de defender el suelo patrio de todos los males que lo aquejan.

Entonces ni país ni mediocre, tenemos que preguntarnos qué es Colombia y tal vez después de llegar a una definición preguntarnos cuál es la mejor manera de gestionar ese acto de bestias que la geografía ubica en los mapas con un nombre y sus vecinos como una pesadilla fronteriza, cosa que no se dice, cuestión de diplomacia, pero seguro que nadie daría su vida por ser colombiano. Cosa distinta es que se dé la vida en suelo colombiano, pero eso rara vez le pasa a un extranjero y cuando pasa hay escándalo, se da una anomalía, de repente un cuerpo con nombre en la pila de cadáveres que producimos año a año aunque no sea un producto de exportación.

Aunque bien visto sí se exporta, exportamos desde drogas hasta documentales sobre cómo se masacraba y ya no, sobre cómo pasamos del infierno al cielo con cifras de algún banco de financiamiento cuyas directrices son seguidas al pie de la letra desde que la tierra es tierra; en verdad se exportan muchas cosas, niños para extranjeros que quieran limpiar su conciencia salvando un almita o gozar un rato en la buenaventura2 del hombre blanco, exportamos recetas de comida española con variaciones regionales y exportamos cantantes que lucen como extranjeras y cantautores que parecen campesinos ligeramente civilizados, chic si se quiere. Ergo, Colombia sería una tierra de expoliación y consumo, un coto de caza en el que se puede dejar la civilización en el armario y regresar al mundo con una buena foto, con un cd de los chocquibtown que se ven tan mansitos que casi podrían compartir la escena con Calle 13.

Estaríamos hablando entonces de un territorio que marca a sus habitantes con un signo que los va a acompañar a donde sea que vayan, del mismo modo que el aborigen que sale de su tierra. El colombiano puede ser objeto de estudio, por su violencia innata o por su adaptación a las reglas del exterior, por su facilidad para encontrar las costuras de cualquier sistema y después de aprovecharlas vanagloriarse por ser un pobre que sabe cómo colarse en el metro o hacer un trámite saltándose el turno; el nativo del coto de caza, del lugar de safari siempre será un ser interesante, una lástima que sobre este personaje no versa el escrito.

Pero algo pasa con la definición del coto de caza colombiano que no termina de cerrar, después de todo, en la jungla el león se come a la cebra y la cebra al césped en medio de una llanura que debe ser aburrida después de un rato. Por algo los documentales ahora se centran más en un chico de mundo que vive la aventura que en un paisaje en el que las fieras hacen y harán siempre lo mismo. Así que, aunque quien llega vive un safari, la realidad del colombiano no se parece tanto a esta experiencia. Pienso más en aquella que se vive en las prisiones del tercer mundo, lugares hacinados por excelencia, violentos, corruptos, a los que se puede entrar con un crimen menor y salir siendo un delincuente peligroso.

Pensemos por un momento en la realidad del colombiano como si fuera un presidiario, tristemente en una cárcel mixta con las implicaciones que esto acarrea –se pueden reproducir siendo reos-; en la subdivisión de la realidad por castas, entre el prisionero VIP que puede circular por el presidio sin salir de él o hacerlo por placer para volver al cabo de un tiempo al infierno con decorados de lujo, y el reo raso que rebusca sus medios de subsistencia entre los residuos que dejan los titiriteros locales, los jugadores de poder en feudos definidos por la mediocridad y la violencia que ésta acarrea pues no se puede mantener efectivamente ese poder sin plan maestro. Una vez que pensamos en esto nos podemos explicar por qué estas elecciones presidenciales nos enfrentan a dos opciones de derecha, militaristas, exportadoras e impulsoras de la inversión extranjera, las dos versiones de una misma práctica que evidencia la realidad doble que he delineado, un safari para los unos, una cárcel para los otros.

***

1Es un gag recurrente a lo largo de la serie en su trayectoria al aire 1997-2000.
2Para quien lea desde el extranjero o no entiende la doble connotación de esta palabra, Buenaventura es una de las ciudades emblemáticamente pobres de Colombia con la paradoja de tener el puerto más grande sobre el Pacífico. Esta ciudad será objeto de un próximo escrito señalando algunos de los elementos que debemos tener en cuenta para comprender su situación.