* Palabras al Margen

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En Colombia la izquierda no ha podido llegar a ser otra cosa (un frente, un partido hegemónico), no sólo por la represión y el anticomunismo visceral propios de nuestras prácticas sociales. También, porque no ha logrado conectarse con una fuerza exterior a ella que haga que su fragmentación intrínseca de paso a algo más. Es su encuentro con una fuerza externa –como el populismo- la que puede generar que la izquierda llegue a ser otra cosa. En esa dirección, el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y el cercenamiento del populismo en Colombia ofrece pistas invaluables para entender la encrucijada de la izquierda, su crónica debilidad electoral y su incapacidad para construir hegemonía.

Por eso puede ser interesante una izquierda con populismo. Pero no el populismo rentista y de subsidios de los tecnócratas neoliberales. Ni el populismo que, bajo una promesa, hipoteca el futuro de la gente a partir de Estados quebrados. El problema de la promesa abre paso al incumplimiento y así, al melodrama: a la traición del líder frente a sus seguidores. Más allá de la retórica de los medios masivos de comunicación, y de las histerias de muchos políticos profesionales, la discusión contemporánea sobre el populismo apunta hacia nuevas direcciones. Bien porque el populismo deja de concentrarse en una persona redentora (el caudillo), y se convierte en una lógica constitutiva de la política, que hace inevitable el antagonismo, e imborrable la discordia entre sectores sociales con intereses dispares. O porque, de alguna manera, el “pueblo siempre falta”: siempre está por venir.

Estos nuevos rumbos sobre el populismo implican, a mi modo de ver, algo más: abren la posibilidad de construir otro tipo de relación con la tecnificación del Estado contemporáneo. Los textos de Orlando Fals Borda y Camilo Torres Restrepo, muy evocados y poco leídos, son inequívocos al respecto: la acción política debe pasar por un momento técnico, como parte de una estrategia de conformación de poder desde abajo. Devenir Estado implica tomar en cuenta el momento técnico de la política. La necesaria crítica de la tecnocracia liberal no puede perder de vista que el Estado contemporáneo es una compleja máquina de saberes y normas especializadas.

Si no se reconoce el escenario en el cual se despliegan las fuerzas sociales, la lucha pierde consistencia. La artimaña del neoliberalismo es precisamente reducir el carácter técnico de la política a lo tecnocrático. La reciente experiencia de alcaldía de Gustavo Petro muestra con claridad la necesidad del carácter técnico, no tecnocrático, de la política. Por eso la derecha ha formado, durante décadas, cuadros especializados en la gestión estatal. Al tiempo que niega la existencia de ideologías, la derecha invoca al pueblo en su retórica y lo incluye a través del reparto de subsidios. Y por eso el hecho de que el neoliberalismo también haya logrado convocar a sectores populares, como lo muestra la distribución geográfica del voto por Enrique Peñalosa en la última elección a la Alcaldía de Bogotá.

De ahí que la oposición entre neoliberalismo y pueblo diste de ser simple o natural. Lo cual, a su vez, desfigura la cuestión populista: enmascara la división de estratos y sectores sociales que, por ejemplo, el actual modelo neoliberal pretende diluir falsamente. Del lado de la izquierda, la invocación al pueblo sin atender al complejo escenario estatal, seguirá construyendo un populismo que impide la emergencia del pueblo. Emergencia que, en caso de llegar a darse, sería transitoria. No se conjuraría del todo, pues siempre la división de tendencias de la izquierda evitará que el pueblo se convierta en unidad, cerrada y excluyente. Eso también evita pensar que el campo social ya no está dividido en confrontaciones e intereses contrapuestos. Ni pueblo como figura identitaria y cerrada, ni como señuelo interpelado eficazmente por el neoliberalismo. No una izquierda populista, sino una izquierda con populismo. La del pueblo por venir.