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* Palabras al Margen

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Recién nacido Jaime Bateman, los padres se separaron y la madre, luego de un fugaz retorno a la casa paterna, se fue a vivir con Jorge Olarte, un hombre de origen humilde. Como anota su biógrafo, Darío Villamizar, en aquel contexto vivir en Unión Libre era considerado un descenso social. Si se añade el origen social del padrastro y el desamparo económico de la madre, se vislumbra lo conflictivo de la situación.

Desde niño Bateman se identificó más con su padrastro, Jorge Olarte. Según su testimonio, gracias al humilde trabajo de Olarte en una compañía ligada a la United fruit Company, pudo ser testigo durante su infancia de la injusticia social causada por el capitalismo de enclave. Quizás de igual importancia resulta que Olarte se dedicó gran parte de su vida al periodismo, si se tiene en cuenta el interés que siempre mostró Bateman por la comunicación de masas.

En la adolescencia Jaime Bateman ya daba muestras claras de desafiar la autoridad: ayudó a iniciar una huelga en el Liceo Celedón de Santa Marta, robándose una campana que era sagrada para la institución y participó en las protestas contra el presidente Gustavo Rojas Pinilla en 1957. Por esa misma época comenzó a militar en la Juventud Comunista, brazo del Partido Comunista Colombiano. Rápidamente se convirtió en un destacado cuadro, con disposición para la organización de actividades conspirativas y con una definida vocación para ascender en la jerarquía.

Fue enviado a la URSS en varias ocasiones para recibir formación teórica, política y militar, y en 1966 participó en la fundación de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC, y se hizo secretario de Jacobo Arenas (Luis Alberto Morantes Jaimes), uno de los jefes históricos de esa guerrilla. Probablemente con el ánimo de canalizar y controlar la creciente radicalidad del joven dirigente -cuyo prestigio crecía- a finales de los sesenta el Partido comisionó a Bateman para dirigir una red urbana clandestina que diera apoyo logístico a las FARC. Bateman desarrolló la tarea pero se opuso a los objetivos determinados por sus superiores. El Partido sostenía que el escenario central de la lucha armada debía estar en ciertas zonas rurales, mientras en la ciudad había que desarrollar una actividad legal. Bateman sostenían exactamente lo contrario: que el centro de la lucha armada debía ser la ciudad, donde se asentaba el poder. Bateman afianzó el control de la nueva estructura, y sigilosamente incorporó a muchos inconformes provenientes del Partido y de otras organizaciones radicales; el común denominador: estos jóvenes habían sido marginados de aquellos grupos por dirigentes autoritarios. La maraña organizativa armada por Bateman fue de tal calibre que la dirección del Partido Comunista se demoró tres años en expulsar a todos los integrantes de la red.

Para 1972 la estructura estaba enteramente por su cuenta, y acerca de Bateman se contaban leyendas negras. Las más pesimistas advertían sobre un “provocador policiaco” y un anarquista siguiendo los pasos de los “terroristas rusos”. A finales de 1972 Comuneros, nombre que se dio a sí misma la nueva organización, empezó a operar con los siguientes puntos programáticos: defensa de las formas de lucha rural y urbana, apoyo al campo socialista, lucha por la liberación nacional, unidad guerrillera, rescate de los valores nacionales y lucha contra el sectarismo y el dogmatismo de la izquierda tradicional. Las principales características de Bateman en esta época: carismático, audaz, pragmático y poseedor de una amplia cultura política. Bajo su batuta comenzó a fraguarse un discurso de colombianizar el marxismo leninismo y sobrevino un vértigo que proveyó rápidamente a la organización, a través de robos y secuestros, de todo lo que las demás no conseguían ni con gran esfuerzo: vehículos, armas, dinero, casas de resguardo, y moverse como pez en el agua en ciudades importantes (principalmente Cali y Bogotá). Hasta ese momento ninguna guerrilla se había planteado la unidad guerrillera, ninguna era tan ecléctica discursivamente, y ninguna era en la práctica tan radical.

La huella política de Bateman no se sigue en su escritura sino en su talento para enrolar poderosas plumas. Ese fue el caso de Enrique Santos Calderón, periodista proveniente de una poderosa familia, que tradujo a palabras el utópico proyecto de Bateman, la idea de una guerrilla que corrigiera los defectos de la izquierda y a la que todo ingenio pudiera acoplarse. El texto apareció en El Comunero, revista de circulación interna, bajo el título «Polémica», firmado por “Baltasar de la Hoz”, remoquete asignado por Bateman a Santos. Sin duda, el criterio de Bateman también se expresaba en el resto de la revista. Aquel numero incluía un artículo de “Autocrítica” por haber censurado un documento de las FARC (publicado en el número anterior), un texto de Mao Tsetung («Contra el sectarismo»), una Declaración Política de la guerrilla maoísta colombiana Ejército Popular de Liberación, EPL, un artículo del general Álvaro Valencia Tovar («Teoría frente a la guerra revolucionaria»), y unas instrucciones sobre “Explosivos y demoliciones”.

En los comienzos del M-19 (fundado en 1974 con la fusión de Comuneros y núcleos armados de la Alianza Nacional Popular) Bateman fue lo que algunos en la actualidad llamarían “un gran gerente de marca” y una persona con una alta “inteligencia emocional”. Dos eventos lo demuestran. El lanzamiento público de esa guerrilla el 17 de enero de 1974 fue un contundente y asombroso golpe de opinión (se anunció en los medios de comunicación masiva el “M-19” como un innovador producto médico, y luego una acción armada reveló que se trataba de una nueva guerrilla). Tal guerrilla hubiese sido imposible si Bateman no hubiera reunido en una misma organización poetas, publicistas y directores de teatro con elementos sumamente capaces en la táctica militar urbana.

Casi simultáneamente con el estrenó del M-19 surgió el proyecto editorial más notable en la Colombia de aquella época: Alternativa, una revista de alta factura editada por Enrique Santos Calderón, Gabriel García Márquez y Orlando Fals Borda, que tenía como misión ser la voz intelectual más autorizada en la izquierda nacional. Durante los primeros años de la publicación, de gran acogida entre una izquierda en fecundo crecimiento, más de la mitad del equipo de Alternativa militaba en el M-19, y en algún momento esta guerrilla llegó a aportar dinero y a publicar documentos que, supuestamente, llegaban de manera anónima a la redacción. La verdad era que Jaime Bateman tenía un canal directo con los jefes de la revista y que la participación del M-19 había nacido de un acuerdo gestado por él y Enrique Santos. Eventos posteriores demostraron que Bateman era un líder ambivalente: su gran interés por orientar al M-19 hacia la cultura y la comunicación de masas, poco a poco se fue integrando con el consentimiento de un accionar violento.

El evento definitivo que señaló esta dirección ambivalente ocurrió en 1976, con el secuestro, “juicio” y ejecución de José Raquel Mercado, un líder sindical que se opuso férreamente a la izquierda en el movimiento obrero. Bajo la jefatura de Bateman se siguieron produciendo golpes que usaban la táctica armada urbana para lograr un efecto positivo en la opinión pública: por ejemplo, el robo de miles de armas de una base militar ubicada en la capital colombiana (1978) y la toma de la Embajada de República Dominicana (1980); en general, Bateman apoyaba cualquiera idea, por descabellada que esta pareciera, si se vislumbraba un golpe de opinión en los medios de comunicación masiva, incluso si ello implicaba la eliminación de una parte considerable de la estructura del grupo a manos de los organismos de seguridad, como sucedió luego de estas dos acciones. En 1983 Bateman se subió a una avioneta cuyo destino era Panamá, donde se llevarían a cabo unas conversaciones de paz secretas con un emisario del gobierno; la avioneta cayó en la selva panameña. El liderato de Jaime Bateman en el M-19 fue indiscutible, precisamente por su talento para integrar casi cualquier expectativa que pudiera tener cualquier persona acerca de lo que significaba participar, militar, colaborar o simplemente simpatizar con el M-19.

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Fuentes: Archivo Histórico del Movimiento 19 de Abril (AHMA), en poder del abogado Arjaid Artunduaga, Bogotá, Colombia; Darío Villamizar, Jaime Bateman Biografía de un revolucionario, Bogotá, Planeta, 2002 p. 30-37, 271; Patricia Lara, Siembra vientos y recogerás tempestades, Bogotá. 1982, p. 81; Gilberto Vieira, Voz Proletaria, Bogotá, 5 de abril de 1972, p 5; El Comunero, 1972-1973, No 3 (en AHMA); Paulo César León, Palacios “La ambivalente relación entre el M-19 y la ANAPO,” en Anuario Colombiano de Historia y de la Cultura, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, No 2, Vol. 39, julio-diciembre de 2012; Paulo César León, Palacios, “El espectacular lanzamiento de la guerrilla urbana en Colombia, el M-19 en 1974”, en Historias, Instituto Nacional de Antropología e Historia, ciudad de México, No 83, septiembre-diciembre de 2012; Paulo César León, Palacios, “El M-19 y la subversión cultural bogotana en los 1970: el caso de la revista Alternativa”, Anuario colombiano de historia social y de la cultura, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, No 35, 2008.