* Palabras al Margen

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No es que los indicios sobre la apertura de las fronteras europeas no tenga aspectos positivos, todo lo contrario. Siempre me he atrevido a soñar con un mundo sin fronteras (y de paso, sin nacionalismos), en el cual la piedra angular de la relación entre pueblos sea la solidaridad. Sin embargo, sospecho que las razones detrás del actual proyecto de ley tengan motivos más perversos de lo que a primera vista se podría calcular, veamos.

Por un lado está la entrada en vigor en agosto pasado del Tratado de Libre Comercio con Europa, que no sólo facilita el intercambio de bienes y productos, sino que es un aliciente para que empresas del otro continente se radiquen aquí, dando la estocada mortal a la ya agonizante industria nacional desde la apertura económica promulgada por César Gaviria. En este caso, pareciera que mientras la relación con la UE se basaba en el traslado de mano de obra barata desde Colombia a España, sólo se podía soñar con trabajos no calificados (casi siempre de carácter informal), y esperar malos tratos en los cuales se recurría frecuentemente al uso de calificativos indecorosos como sudaca. A partir del momento en que Colombia se vuelve un aliado comercial y una economía en expansión (aunque es claro que el resultado no va a ser como la batalla entre David y Goliat), se emprende todo un movimiento diplomático para eximir el visado. Todo esto me lleva a cuestionar si para estar en un mundo libre es necesario, además de la dignidad (y puedo dar fe de que el pueblo colombiano la tiene de sobra), entregar también los recursos de su país.

Por otro lado, también se ha hablado de un intercambio de favores, ya que el gobierno español ha anunciado manifiestamente su interés por integrar la Alianza del Pacífico, razón por la cual la petición de Rajoy en Bruselas pareciera no tratarse de un acto magnánimo. Por último, la crisis económica en Europa ha dejado a millones sin empleo y sería un acto suicida pensar en explorar posibilidades de trabajo por esas geografías en este momento (aunque la visa de la cual estamos hablando no permitiría trabajar). De hecho, los que otrora buscaron en esas tierras una mejor vida, están retornando al país, y por todo esto es claro que una apertura de fronteras no tendría en este momento el mismo impacto que hubiese tenido antes.

En política nada se hace por casualidad, así que no nos ilusionemos con el “paso histórico” (¿quién dijo estrategia de reelección santista?) que representa quitar la visa de turista a Europa, y más bien interpretemos ese avance a la luz de la coyuntura política y económica del momento que permite sin duda una mirada más holística sobre el asunto.

Y como se suele decir, un paso hacia adelante y dos hacía atrás. Ironía de las ironías: mientras en la UE el proceso colombiano ha tenido sorprendente acogida, y en Uruguay los nacionales de países pertenecientes al Mercosur tendrán facilitada la residencia permanente… en Colombia la ministra de relaciones exteriores está proponiendo pedir visas de tránsito a migrantes que salen de sus países a buscar mejor destino, como tantos colombianos hicieron y continúan haciendo. En pleno siglo XXI seguimos reproduciendo la idea de que existen ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda. ¡Vaya!