* Palabras al Margen

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Cualquier persona medianamente informada estará de acuerdo con que la inmensa mayoría de las veces el cubrimiento de la noticias ha abandonado la objetividad y, por consiguiente, está lejos de ofrecer información de calidad. De otra forma no se explica por qué los acontecimientos se presentan únicamente desde el punto de vista de la oposición venezolana, como si el periodista tuviera que acudir a sus figuras representativas para encontrar la verdad revelada, o por qué se le ha dado muchísimo más espacio e incluso protagonismo político a estos actores, muchas veces ensalzándolos como héroes, como ha sucedido con la señora Lilian Tintori, esposa del líder de la oposición Leopoldo López, cuyas apariciones en la prensa nacional han adoptado la forma del conocido “publirreportaje”i. Las “noticias” que se nos presentan muchas veces no informan sobre lo que ocurre en Venezuela, sino sobre lo que hace o dice la oposición. Todo ello no implica solamente la pérdida de la objetividad en el ejercicio periodístico, sino una grosera toma de partido por parte de nuestros medios de comunicación sobre la situación del vecino país.

Así, nuestros profesionales de la comunicación más que informar, lo que implica brindar un panorama completo y complejo de la situación acudiendo a distintas fuentes de información y a diversos puntos de vista, se han dedicado a “criticar” lo que ya no se denominó más como el “gobierno chavista” sino que ahora es moteado como “el régimen”. Aunque este concepto tiene una acepción técnica muy precisa en el vocabulario de la ciencia y la sociología políticas, y en esta perspectiva existen distintos tipos de regímenes políticos, en boca de nuestros periodistas asume claramente la función ideológica de asimilarlo a “dictadura” o cuando menos a una mala forma de gobierno. Esa es una técnica propia de la Guerra Fría, que en nuestro país parece no haber terminado y menos en el contexto de los medios de comunicación, cuando para referirse al gobierno soviético se utilizaba la expresión “el kremlin”, como si tal término tradujera inmediatamente el “imperio del mal” al que se refirió Ronald Reagan, una suerte de confabulación contra la “gente de bien”, y no una edificación tradicional rusa.

El panorama con el denominado “periodismo de opinión” no es más alentador. Es cierto que los columnistas hacen uso del derecho a la libertad de expresión, vertiendo sus opiniones sin necesariamente aspirar a la objetividad, el rigor y la fidelidad a la verdad, que puede reclamársele a otros periodistas. Sin embargo, también es cierto que tienen una responsabilidad ética y política con lo que dicen. En este sentido, lo deseable sería que por lo menos se tomaran el trabajo y tuvieran la delicadeza de concebir opiniones argumentadas, que enriquezcan el debate público y la opinión pública, y no sólo que transmitan sus prejuicios, sustentados en falacias y lugares comunes, con los cuales sólo se alimenta el odio, como ha ocurrido muchas veces entre quienes se han pronunciado sobre la situación de Venezuela.

Por ejemplo, la última columna de Juan Gabriel Vásquezii, notable escritor de ficción, está dedicada a poner en evidencia el “fascismo” del Estado venezolano, pero para ello recurre a una serie de afirmaciones no fundamentadas y argumentos falaces.

Al principio Vásquez no acude a argumentos sino a artilugios retóricos y a una imagen eficaz para despertar el apasionamiento del lector. Así, comienza por interpelar el nacionalismo del colombiano promedio al rememorar una rueda de prensa del canciller venezolano, Elías Jaua. Según el novelista, luego de acusar a Álvaro Uribe de orquestar el movimiento opositor, el funcionario venezolano es cuestionado por un periodista que le reclama pruebas, ante lo cual: “Elías Jaua se da la vuelta y se le va encima al periodista como un vulgar matón de escuela… y le pregunta: “¿Tú eres venezolano o colombiano?”.

La anécdota tiene únicamente por función cautivar la atención del lector pues está totalmente desarticulada del resto del escrito. Lo curioso es que para Vásquez, la pregunta del canciller venezolano (“¿Tú eres venezolano o colombiano?”), condimentada con su retórica, indica que el canciller ha “superado” a Uribe en el “desdén” con el que trata a los comunicadores. La conexión entre una cosa y otra no es lógica, no es una falta de respeto o una muestra de desprecio preguntar la nacionalidad a alguien. Pero la forma como esto es presentado es eficaz en motivar cierta irritación en el lector colombiano, al sentir herida su susceptibilidad nacional, y más si es partidario del expresidente. Además, la retórica del matoneo exhorta al lector a ponerse del lado supuestamente débil de los medios de comunicación colombianos y a rechazar automática e irreflexivamente cualquier cosa que venga del “matón”.

Pero todo esto no es lo más grave, pues es previsible que un escritor hábil con la palabra obtenga la atención de sus lectores acudiendo a esas argucias, quizás lo único objetable es que lo haga para referirse a cuestiones tan delicadas del mundo real en lugar de reservarlas para sus novelas. Lo realmente preocupante viene cuando Vásquez acude a “argumentos” para afirmar que Venezuela tiene “un Estado fascista”.

El escritor se muestra francamente afectado por la forma como “el chavismo” se refiere a sus opositores como “fascistas”, entre otras cosas porque lo considera “rutinario”, “y desgastado y aburrido, además de inexacto”. Es entonces el uso político que los chavistas hacen del mote “fascista” lo que Vásquez quiere criticar, lo cual da a entender que él optará por un término no político y más “exacto” para afirmar que en Venezuela hay “un Estado fascista”. Por eso, elige una definición de fascismo que, a su juicio, mantiene “el sentido original y todavía válido: un régimen ultranacionalista, autoritario cuando no totalitario, que une el militarismo con el culto a la personalidad”, y adiciona a ello algunas de las características señaladas por Héctor Abad para afirmar lo mismo, como la división de la sociedad entre amigos y enemigos.

De entrada, habrá que resaltar que Vásquez emplea afirmaciones no fundamentadas, pues no nos informa por qué razones su definición es “original” y “todavía válida”. Pero, además, tampoco nos deja apreciar por qué esa concepción del fascismo es “exacta”. De una parte, al definirlo como un tipo de “régimen”, excluye la posibilidad de que existan movimientos políticos o partidos fascistas, como a juicio del chavismo es la oposición venezolana, e incluso que el fascismo sea una ideología, dos acepciones bastante usadas tanto en términos académicos como en el discurso público cuando se emplea el término. Sin embargo, pese a esa delimitación el lector sigue en las mismas, puesto que no nos provee ningún criterio para determinar cuándo un régimen es ultranacionalista, ni para distinguir el autoritarismo del totalitarismo, y menos aún para establecer qué entiende por “militarismo” y “culto a la personalidad”.

En esas condiciones, aún asumiendo estos términos en la acepción que podrían tener en cierto sentido común y suponiendo que lo propio del fascismo, en la perspectiva de Vásquez, sería combinar esos elementos, tendríamos que una gran variedad de regímenes políticos estarían comprendidos en su definición, empezando por Estados Unidos, con lo cual la especificidad del concepto es puesta en duda pues la distinción entre fascismo y otros tipos de régimen no se sostiene. Como es bien sabido, en ese país el Estado fomenta un nacionalismo a ultranza, acude a prácticas autoritarias y totalitarias como mantener cárceles en Guantánamo y Abu Ghraib o violar sistemáticamente el derecho a la intimidad de sus ciudadanos mediante el espionaje, allí los presidentes son tratados como si fuesen divinidades –llegando el caso de que se han producido situaciones tan graves como la invasión a Irak en 2003 justificada en los designios de Dios revelados al Presidenteiii-, y ni qué decir de la división entre amigos y enemigos, que allí se traduce en terroristas versus no terroristas. Así pues, o bien la definición que aporta Vásquez no es “exacta”, y por tanto no es “válida”, al menos en un sentido analítico, o bien considera que países como Estados Unidos también tienen un Estado fascista.

Tal vez para subsanar la evidente falacia, el escritor acude a la definición de un experto, “el politólogo norteamericano Lawrence Britt [quien, según Vásquez] se entretuvo comparando los fascismos del mundo entero, y llegó a definir 14 puntos que todos tienen en común”. Entre esas características estarían comprendidas: la obsesión con la seguridad nacional, la permanente escogencia de chivos expiatorios para unir la ciudadanía en torno al patriotismo, y el control de los medios de comunicación o propaganda política. Todo ello, adicionado por supuesto al uso de la violencia, estaría condensado, “acaso en su forma más pura”, nos dice Vásquez, “en esos 26 segundos de televisión que el canciller Elías Jaua nos ha regalado”. Así retorna al principio, no como consecuencia lógica de lo dicho, sino como producto de su grandilocuencia, revelando al mismo tiempo que el uso que hace del fascismo es político, en forma igual o peor, en virtud de su inexactitud, que aquel que hace el chavismo.

Cualquier lector o lectora está en capacidad de concluir que, aún con estas otras características, el concepto de fascismo que se endilga al Estado venezolano está lejos de ser “exacto” o “válido”, pues nuevamente todo ello aplicaría en numerosos casos que no han sido considerados “fascismos” e incluso caerían como anillo al dedo al caso de Estados Unidos. Pero no sólo se acomodan afirmaciones no fundamentadas por arte de una retórica aparentemente elocuente, sino que además se recurre directamente a una falacia de autoridad, es decir, se adorna la afirmación acudiendo al testimonio de alguien que “sabe” del tema. Suponiendo que la cita del “politólogo norteamericano” obedece a una lectura juiciosa de su trabajo por parte del columnista, habría que preguntar, ¿acaso debemos creer en la coherencia lógica y la veracidad de sus afirmaciones por provenir de un “politólogo” o, mejor aún, de un “norteamericano”?

El problema restante, sobre el que Vásquez no provee ningún tipo de información, es sustentar el por qué en Venezuela se puede aplicar ese concepto, tan problemático en sí mismo, de fascismo, pero es algo que el autor da por sentado y, quizás consciente de que es un lugar común, ni siquiera merece una línea o un párrafo de su argumento.

A todo lo anterior se podrá objetar que el hecho de que una columna de opinión carezca de coherencia lógica e incurra en múltiples falacias, no le resta responsabilidad al ejercicio periodístico. No obstante, ello no sólo implicaría tomar la argumentación como una cuestión técnica secundaria, sino también pasar por alto la falta ética contenida en una falacia.

La argumentación no puede considerarse como algo secundario en una sociedad democrática, esto es, que pretenda deliberar públicamente sobre asuntos de interés común, porque es condición sine qua non para la comprensión de las distintas posiciones sobre un asunto: si no hacemos claridad sobre los términos que empleamos y el sentido en que lo hacemos, no podremos comprendernos. Además, las falacias no sólo son problemas técnicos argumentativos, pues designan la intención de presentar un argumento falso como si fuese verdadero y, por tanto, ponen en cuestión la ética. Además, los opinadores públicos deberían hacerse responsables por las consecuencias que puede tener el alentar sentimientos como el nacionalismo a ultranza y el odio entre países vecinos o “repúblicas hermanas” como Colombia y Venezuela.

En fin, situaciones como la que atraviesa en esta coyuntura Venezuela ponen en evidencia la pésima calidad de los medios de comunicación y del periodismo, así como la poca disposición a la argumentación razonada con que se pretende desarrollar el debate público en Colombia, pues la columna examinada es sólo una muestra de lo que aquí constituye algo aparentemente “normal”.

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ihttp://www.elespectador.com/noticias/elmundo/lilian-tintori-el-soporte-de-leopoldo-lopez-galeria-476289
iihttp://www.elespectador.com/opinion/buena-television-chavista-columna-477784
iiihttp://elpais.com/diario/2005/10/08/internacional/1128722410_850215.html