* Palabras al Margen

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Estas noticias tienen sin duda una repercusión en las redes sociales (principalmente en Twitter y Facebook) en donde se siente una indignación generalizada que, sin embargo, se da por olas. Es decir, que sube rápidamente cuando las noticias o los hechos suceden y de la misma manera baja y se olvida con rapidez dentro del resto de noticias que suceden a diario y que los medios ponen en la agenda. A pesar de las olas de indignación y de que de alguna manera las redes sociales sirven para que algunas personas se enteren de asuntos que antes de ellas no lograban hacerlo, porque los medios hegemónicos no los ponían en la agenda, las redes sociales no solo no ayudan a la movilización social sino que la hacen más complicada.

Las razones para que las redes sociales dificulten la movilización social son diversas y muy complejas, desde la imposibilidad de crear lazos de confianza que permitan procesos de largo aliento, pasando por la rapidez e inmediatez de la información y teniendo en cuenta los falsos activismos que se pueden dar en línea. Para este espacio he elegido entonces tres de estas razones (de gran relevancia en el contexto colombiano) para tratar de explicar por qué hay que tener cuidado con este activismo; estas son: el poder en las redes sociales, las realidades de las publicaciones y, finalmente, lo que en inglés se llama slacktivism. Importante aclarar que la movilización social y la indignación pueden tener varias formas de manifestación, sin embargo si estas no llevan a intentar (por lo menos) la transformación de la realidad de la cual uno se indigna, el sentido se pierde.

La gran mentira del Internet es la horizontalidad del poder, sin duda sí hay una transformación y quienes antes no teníamos voz, ahora tenemos algunas maneras diferentes de manifestar nuestras opiniones. Sin embargo, esto nos lleva a dos dificultades principales, la primera es que la acumulación de diversos capitales que se realiza fuera de Internet, lo afecta., No es lo mismo que el presidente escriba un tweet con la cantidad de seguidores que tiene (más de cuatro millones) a que lo haga cualquier otro ciudadano. Definitivamente ese capital no lo acumuló por ser un buen twittero o por sus veraces informaciones en las redes sociales, sino por la investidura que tiene por fuera de la red y este es solo un ejemplo de cómo el poder en las redes sociales esta desbalanceado y no depende únicamente de la red.

Lo que nos lleva a la segunda dificultad, y es que en las redes sociales, como en cualquier otro espacio, las personas elijen qué leer y qué información tomar, es así que no todo lo que se pone en las redes sociales llega al mismo público y el público decide lo que es importante para ellos y lo que no. Basta entonces con hacer un ejercicio juicioso de ver el número de seguidores de medios y políticos de diferentes tendencias para entender que, como en la televisión, la radio y los periódicos, los medios hegemónicos ganan la batalla también en las redes sociales.

El siguiente argumento en este análisis de las redes sociales es sobre la veracidad de la información, es muy fácil que por la velocidad e inmediatez de las redes se filtren algunas informaciones que no son reales. Sin embargo, teniendo en cuenta las causas de las indignaciones colectivas esta filtración se hace aun mayor. Uno de los ejemplos que puede darse para este caso es la foto que rotó por las redes sociales de la calle 26 en Bogotá, donde según la información que se daba se estaban comenzando a pintar graffitis por la nueva política distrital; al final resultó que se estaba poniendo la base para un nuevo graffiti. El problema con las informaciones falsas, además de los inconvenientes éticos que esto pueda causar, es que se quedan en los imaginarios colectivos de las personas.

Finalmente, el problema más grave es el Slacktivism, un slang que proviene de las palabras Slacker y Activism y que básicamente se utiliza de manera peyorativa para un tipo de activismo perezoso que retarda al movimiento social. En el caso de las redes sociales este tipo de “activismo” es el que resulta de dar “RT” en Twitter, o “like” y compartir en Facebook y sentirse tranquilo con esto. Los mejores ejemplos de este tipo de activismo pueden verse (afortunadamente cada vez menos) en Facebook cuando se comparten imágenes de niños enfermos y se pone que por cada “like” una empresa cualquiera donará un dólar para el tratamiento de este niño. Evidentemente, sin importar el número de “likes” que esta publicación alcance, la situación del niño no va a cambiar. Bueno, así pasa con los temas políticos, una gran parte de la ciudadanía se siente tranquila al compartir imágenes o “memes” contra la venta de Isagen o el alza del salario mínimo y se quedan en eso.

Las redes sociales, entonces, pueden ser herramientas poderosas para las transformaciones sociales, sin embargo su uso debe ser analizado para lograr estrategias que permitan su correcta utilización para lograr transformaciones sociales reales.