* Palabras al Margen

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Eso se llama “responsabilidad”. Hay que tomar “decisiones duras”. Entre estas decisiones duras encontramos el hecho de cortar el presupuesto del Estado y de los servicios públicos que son demasiado costosos en un país que tiene que aumentar su competitividad en el mercado internacional e intensificar su producción nacional. Hay que cortar los costos de los sistemas de seguridad social (pensiones, subsidios de desempleo, seguro de enfermedad). Hay que reducir el costo del trabajo y también intensificar la producción, lo que significa suprimir los derechos irritantes de los trabajadores y precarizar sus condiciones de vida. Hay que abrir nuevos mercados, hacer que objetos comunes o naturales se vuelven capital para explotar y prepararlos para el mercado internacional. Hay que organizar la sociedad de una manera en que los agentes empresariales puedan instalar sus dinámicas con facilidad para aumentar el empleo nacional y hacer que la competitividad internacional del país sea más importante.

Sin embargo, esto no se presenta como una decisión política democrática. Se muestra como necesaria porque la población entera depende de una economía que funciona (para consumir con la circulación de bienes, para ganar la vida con un trabajo, para beneficiar de libertad y de sistemas sociales, para evitar la crisis financiera que recorre el mundo, para desarrollar la sociedad etc.).

Ese discurso de necesidad económica se vincula sin problema a la democracia representativa. Con las elecciones en una democracia representativa no se trata realmente de elegir ideas, políticas, visiones y proyectos. Se trata más bien de elegir personas, personas a las cuales otorgamos “confianza” para elegir y decidir en nuestro lugar. Por supuesto estas personas tienen visiones, ideas, etc. que presentan antes de la elección, pero el cargo es un cargo de confianza a actuar y no de ejecución o implementación de ideas. A partir de este cargo de confianza, es fácil argumentar que frente a la necesidad económica, hay que ser responsable, tomar “decisiones duras,” y dejar las ideas políticas que son bellas pero que, en la realidad, sólo pueden agravar la crisis económica. Así, la democracia representativa puede fácilmente ligarse a una tecnocracia económica que determine completamente las posibilidades políticas. En otras palabras, en esta democracia representativa, la democracia elige cada vez su propia impertinencia política. La tecnocracia económica absorbe la política, y se justifica al mismo tiempo a través de procedimientos democráticos que eligen su propia impertinencia.

La paradoja no es solamente que la democracia elige su impertinencia. Es también que tal impertinencia, en razón de la absorción de las decisiones políticas por una tecnocracia económica, llama a un ataque político-económico a la población – la población que forma la base de la democracia. El discurso que quiere hacer creer que la vida de la población nacional va bien porque hay una circulación importante de bienes y una intensificación de la producción, no deja de atacar a esa misma población. Esta paradoja ya había sido anticipada en el mercantilismo del siglo XVII que buscaba aumentar el poder de la nación en una lógica competitiva con las otras naciones europeas: entre más rica sea la nación, más pobre será su población. Cuando la economía va bien, la población va mal. Cuando la nación sea rica (su producción produce más bienes que las otras naciones), la población será más pobre (días de trabajo largos, trabajo intenso, salario bajo para reservar las riquezas a la inversión).

¿Y si el argumento de la necesidad del neoliberalismo se vuelve exactamente lo anterior? Una economía que funciona bien, o más bien que va a funcionar bien, requiere una población que sufre. Al echar una mirada a los países que han sido “neoliberalizados por fuerza” con la “ayuda” de FMI, podemos ver concretamente esta situación donde decisiones económicas supuestamente necesarias (“decisiones fuertes de responsabilidad económica”) hacen que la población sufra, pierda sus derechos, pierda sus sistemas de seguridad social, sea precarizada socialmente, profesionalmente, políticamente.

Así, el argumento de la necesidad del neoliberalismo busca realizar el bien del país con la miseria de su población, y se justifica a través de una democracia representativa que elige su propia impertinencia.