* Palabras al Margen

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El artículo original comenzaba con una descripción de la Hacienda Nápoles y de su zoológico, en aquel entonces el más grande y variado de Latinoamérica, el cual albergaba: jirafas, rinocerontes, hipopótamos, leones, elefantes, tigres, antílopes, camellos, canguros, bisontes, vacas pelirrojas de Irlanda, tortugas de cien años de las islas Galápagos y una gran variedad de aves; en total 1.900 animales.

A finales de los ochenta, cuando Pablo Escobar era el hombre más buscado del planeta, el ejército confiscó en varias ocasiones la Hacienda Nápoles. Sin embargo, durante este tiempo los animales continuaron siendo alimentados y cuidados hasta la muerte del capo en 1993. En 1991, el gobierno colombiano decidió ‘nacionalizarlos’, pero el Inderena concluyó que el país no tenía ningún zoológico capaz de albergar a los más grandes. Algunos animales fueron enviados al zoológico de Pereira, otros se murieron, la mayoría de éstos simplemente desaparecieron. Pero los hipopótamos, que encontraron el clima y las fuentes de alimento similares a las del África central, se quedaron viviendo en el corazón de Colombia.

La de los hipopótamos de Escobar es sólo una de las muchas historias atípicas de animales que suceden a diario en Colombia. El 8 de mayo de 1994, el ligre (extraño híbrido entre león y tigre) del zoológico de Pereira mató a la veterinaria que lo trataba cuando la anestesia que le suministraron no funcionó adecuadamente. En 1993, en el zoológico de Barranquilla, un burro de un potrero aledaño, de nombre Abraham, se saltó la verja y preñó a una de las cebras, llamada Solitaria.

Un día, la otrora maestra de escuela Ana Julia Torres le pidió a sus alumnos que llevaran sus mascotas a clase. Ella esperaba gatos y perros, pero se sorprendió al ver cómo sus alumnos llegaron con loros, guacamayas, perros salvajes, búhos, la mayoría de éstos en condiciones deplorables. En 1994 Ana Julia fundó el Santuario de Fauna Villa Lorena, el cual ha manejado desde la fecha sin recibir ayuda del Estado. En julio de 2007, la Revista Semana publicó un especial multimedia en su página de Internet, con la historia del santuario y algunos de sus animales. Entre ellas estaba la historia de Rumbero, el rey de la fiesta: un león con daño cerebral porque sus antiguos dueños, narcotraficantes de Manizales, solían llevarlo a fiestas y darle cocaína.

Los narcos mexicanos también son famosos por coleccionar animales como tigres, leones y cocodrilos, mientras que en las ciudades de África es común ver hombres caminando por las calles con carnívoros salvajes. Desde el 2005, el fotógrafo sudafricano Pieter Hugo ha venido retratando a los llamados “Hombres Hiena” de Nigeria, quienes viajan de pueblo en pueblo con sus hienas y babuinos, entreteniendo a las multitudes y vendiendo medicinas tradicionales. Desde el siglo XVIII, los Qalandar, una tribu nómada de la India, han entrenado osos para “bailar” en las calles de los principales pueblos y ciudades de dicho país. Según Wildlife S.O.S., a pesar de que entrenar “osos bailarines” ha estado prohibido desde 1972, en la actualidad hay más de 800 osos “bailando” a lo largo de la India.

El tráfico de animales salvajes es considerado el tercer negocio ilegal más grande del mundo. Y como la historia de Rumbero, el rey de la fiesta demuestra, está estrechamente relacionado con los dos primeros: armas y drogas.

De la Hacienda Nápoles surgen numerosas anécdotas fuera de aquellas de los hipopótamos de Escobar o de la idea de incluir heces de las grandes bestias en los cargamentos de cocaína para que el olor de éstas ahuyentara a los perros aduaneros. Algunas muestran la más que cuestionable actitud de las autoridades de los ‘países en desarrollo’ con respecto a la protección de vida salvaje. Por ejemplo, las jirafas de la Hacienda Nápoles no fueron contrabandeadas al país, sino debidamente importadas, con todos los permisos en orden.

Pero estos baches legales no están reservados exclusivamente para notorios narcotraficantes. Y el uso indiscriminado de animales protegidos va más allá de la industria del entretenimiento. En noviembre de 2008, la desaparecida Revista Cambio publicó un artículo titulado “Los Micos de Patarroyo”, en el que denunciaba la forma en que el científico colombiano Manuel Elkin Patarroyo (ganador de varios premios internacionales por desarrollar una vacuna sintética contra la malaria) utilizaba micos de las especies Aotus nancymae y Aotus vociferans (más conocidos como micos nocturnos) en sus investigaciones.

A pesar de recibir permiso del gobierno para experimentar con 1.600 especimenes de la amazonía colombiana, muchos de los micos que (a la fecha de la publicación del artículo) llegaban al laboratorio de Patarroyo en Leticia, provenían del Perú y Brasil. De acuerdo con el artículo, los micos eran usualmente capturados por indígenas de la región, quienes encontraron en esta práctica una de sus principales actividades económicas. Víctor González, un habitante de Puerto Alegre (pueblo ubicado al otro lado de la frontera con el Perú) contó a Cambio lo siguiente: “Los micos son muy esquivos con los humanos y para capturarlos debemos arrasar con 30 metros de bosque alrededor del árbol donde se encuentran. Si no hacemos eso, el mico se nos vuela. Debemos llevar los animales a Leticia en la madrugada, escondidos, para no dejarnos ver de las autoridades porque si nos cogen nos dan tres años de cárcel. El doctor Patarroyo nos ha dicho que tengamos cuidado con eso y que si nos coge la ley digamos que los animales los capturamos del lado colombiano”.

Hoy que el Consejo de Estado le revoca el permiso a quien en su momento prácticamente monopolizara el presupuesto de Colciencias, Patarroyo se presenta como una víctima de los grandes laboratorios internacionales que quieren apropiarse de todo el pastel que ofrece la vacuna contra la malaria.

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Algunos antropólogos reconocen la llegada del homo sapiens como una de las causas principales (tal vez la principal) de la extinción de animales como el Megaterio (o perezoso gigante) de Sudamérica o el Thylacoleo Carniflex (o león marsupial) de Australia. Mucho antes de concebir la idea de la extinción de la vida salvaje, los humanos hemos sido responsables de acabar con incontables especies de flora y fauna. Por otro lado, también hemos aprendido cómo domar y domesticar y últimamente cómo manufacturar animales. Somos para los animales lo que los dioses paganos eran para nuestros antepasados. Su existencia depende de nosotros: de nuestros inmediatos y frecuentemente mezquinos intereses y de nuestra constantemente inestable situación político-económica.

No obstante, ejemplos como el Santuario de Fauna Villa Lorena arrojan una luz de esperanza para los animales en el siglo XXI. Como yo lo veo, para que su labor dé frutos dos cosas parecen necesarias: (a) organizar campañas de educación a escala global que enseñen el valor de la vida salvaje y condenen el tráfico de animales protegidos y (b) un incremento en la vigilancia de animales viviendo en estado salvaje (que consecuentemente ya no serían precisamente salvajes). No suena tan descabellado pronosticar un futuro en el que todos los animales de más de una libra de peso estén debidamente marcados y numerados.

Yo ciertamente no pertenezco al creciente número de fanáticos de Pablo Escobar, sin embargo, hay algo que hay que decir a su favor: le importaban sus animales. Es decir, que no era como los dueños de Rumbero, el rey de la fiesta. De hecho, seguramente los hubiera mandado a matar de haberse enterado de lo que le estaban haciendo al pobre león. En su artículo sobre la Hacienda Nápoles, el periodista José Guillermo Palacio describe el sentimiento de Escobar hacia sus animales de la siguiente manera: “como buen campesino antioqueño, soñó con un zoológico que superara a los demás zoológicos de la tierra, una suerte de jardín del Edén en el que ninguna fiera se comiera a otra especie.”

No sé si en efecto todo buen campesino antioqueño sueñe con un zoológico que “superara a los demás zoológicos de la tierra”, pero, dándole al autor espacio para la hipérbole, pienso que sí menciona un punto importante: y es que muchas de las personas que tienen animales protegidos como mascotas, lo hacen a raíz de una forma distorsionada de amor a los animales. Claro que hay numerosos casos como el de Rumbero, el rey de la fiesta, pero en términos generales, la gente que tiene animales protegidos como mascotas piensa que les está dando refugio y cuidado y en algunos casos cierto tipo de utopía animal o en palabras de Palacio “una suerte de jardín del Edén en el que ninguna fiera se comiera a otra especie.”

Algunos lectores dirán que el hecho de que Escobar tuviera una plaza de toros junto a su zoológico lo descalifica automáticamente como amante de los animales (así como algunos descalificarán mi autoridad para escribir este artículo y no ser vegetariano). En el libro H.G. Wells y el Estado Mundial, el autor Warren Wagar escribió que H.G. Wells atribuía la crisis del siglo XX a un “desastroso rompimiento del equilibrio social”. La civilización había colapsado porque “algunas instituciones e ideologías se habían hipertrofiado, mientras que otras se habían atrofiado o desarrollado demasiado despacio. De modo que la civilización era (…) como un cuerpo sufriendo de cáncer o acromegalia”.

En los años veinte, cuando Wells escribía sobre sociedades acromegálicas, se refería a un desarrollo “hipertrofio” de la “ciencia” y las “artes mecánicas”, combinado con las condiciones sociales “atrofiadas” que llevaron al surgimiento del totalitarismo. Esta misma ecuación se podría aplicar al mundo de hoy, y en particular al tema de los derechos de los animales: ya que los mayores esfuerzos para la conservación de la vida salvaje (en términos de gente trabajando en y fondos destinados a) proviene de países donde la vida salvaje ha sido desplazada por asentamientos humanos; y la mayoría de la fauna que es protegida por la legislación internacional vive en países y regiones donde los humanos no tienen sus necesidades básicas satisfechas. ¿Cómo se puede esperar que los derechos de los animales sean respetados donde los derechos humanos no lo son?

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El último episodio de connotaciones mediáticas globales en la saga de los hipopótamos de Pablo Escobar sucedió en junio 19 de 2009: cuando dos francotiradores, escoltados por un batallón del ejército colombiano, mató a un macho de 1.5 toneladas llamado Pepe. Tres de los hipopótamos: Pepe, su compañera Matilda y la cría de estos dos, se alejaron de las ruinas de la Hacienda Nápoles. De acuerdo con las autoridades estatales, los hipopótamos estaban matando el ganado y amenazando a la población local. Por este motivo, el Ministerio del Medio Ambiente ordenó una caza preventiva.

Cuando la noticia de la muerte de Pepe llegó a las salas de prensa el 10 de julio, se desató un escándalo de proporciones globales. El Ministerio y otros defensores de la medida argumentaron que, por un lado, la presencia de los hipopótamos constituía un riesgo inminente para la población y que además la introducción de una especie foránea no era buena ni para la especie ni para el hábitat donde ésta había sido introducida. Sin embargo, los críticos de la medida argumentaron que no era necesario matar al hipopótamo para prevenir el riesgo que significaba su presencia. De hecho, como las investigaciones periodísticas luego demostraron, los campesinos de la región estaban en contra de que mataran a los hipopótamos y fueron engañados por las autoridades, quienes les dijeron que iban a llevarlos a un zoológico.

Más allá de esta polémica, lo que no era necesario era tomar la foto del batallón del ejército posando junto al cadáver aún fresco del hipopótamo. Por otro lado, fue esta foto (y la censura que generó) la que presionó a las autoridades a suspender la cacería y finalmente salvó la vida de Matilda y su cría.

Cada vez que veo la foto de los soldados posando junto al cadáver de Pepe el hipopótamo (¿o debería llamarlo Pepe Escobar?) me acuerdo de la foto tomada por el agente de la DEA Steve Murphy, de ocho sonrientes miembros de la policía colombiana posando, metralleta en mano, en un tejado de Medellín junto al tibio e inerte cuerpo de Pablo Escobar.

Lo que más me impacta de estas fotos es ver cuan poderosamente atrayente aún es la invitación a posar frente a un trofeo de caza. Cuando Robert G. Edwards, el ‘padre de la inseminación in Vitro’ recibió el Premio Nobel de Medicina de 2010, los medios reabrieron el debate de si deberíamos o no estar jugando a ser dioses. Pero bajo las circunstancias en que ya estamos viviendo (concerniendo problemas como el calentamiento global, la sobrepoblación y la extinción de vida salvaje) la cuestión está cambiando de: ¿debemos jugar a ser dioses? a ¿qué tipo de dioses queremos ser?

Por siglos, la idea del progreso ha sido asociada al mito de Prometeo. En las manos del hombre, las llamas de los dioses son usadas con fines de conquista. Hasta ahora, la evolución humana ha sido una gran lucha: contra la naturaleza y contra otros humanos. En esta lucha hemos conquistado a la vida misma.

Mientras escribo esto, alguien está reproduciendo mini-big-bangs en algún lugar de la frontera entre Francia y Suiza. Viendo las cosas en perspectiva, si ya están (¿o acaso estamos?) en la tarea de crear materia y energía, entonces crear vida biológica en una botella no debería ser un tema tan chocante. Sin embargo, temas como la fertilización in-Vitro, la codificación del ADN y la clonación son mucho más jugosos que la colisión de partículas sub-atómicas.

Pienso que hay cierto tipo de impulso prometéico en todos los seres humanos. Ciertamente existe uno en el caso de los micos de Patarroyo, como también había uno en el sueño de Pablo Escobar de crear un “jardín del Edén en el que ninguna fiera se comiera a otra especie”. Un impulso similar fue el que llevó a sus verdugos –y a aquellos de Pepe el hipopótamo- a inmortalizar ese momento en que fueron más grandes que la vida.