* Palabras al Margen

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En este marco, la presente columna pone de presente la necesidad de asumir el camino hacia la paz con justicia social como un proceso en el cual se han ido y se deben seguir resignificando los elementos políticos, sociales y económicos de la insulsa democracia representativa. Dada la extensión y complejidad del asunto, en las siguientes líneas se abordará lo relacionado con el redimensionamiento de la democracia y la cuestión de la participación política respectivamente. Si bien estos elementos no dan cuenta de la complejidad que implica un ejercicio de reinvención, son de gran valía a la hora de pensarse la paz con justicia social en tanto superación de un régimen articulado en torno a la explotación y la injusticia.

La democracia más allá de los actuales márgenes

Muy en contravía de quienes sentenciaran el fin de la historia y de las ideologías, la realidad social y política del siglo XXI nos enfrenta a ingentes esfuerzos de re-creación de conceptos políticos capturados y cercenados por los sectores hegemónicos del salvaje capitalismo transnacionalizado. La democracia se ha ido re-creando en un escenario histórico en el cual la delimitación representativa se ha tornado cada vez más estéril a la hora de concretar la libertad y la dignidad de las colectividades en general y de cada ser humano en particular.

Así las cosas, nos hallamos en frente de una concepción de la democracia cuyos  horizontes están ligados a las dinámicas de funcionamiento de un orden instituido que se yergue incuestionable. Las condiciones de vida y el ejercicio de los derechos y las libertades de los seres humanos que engrasan tal maquinaria de gobierno no ocupan un lugar central en la agenda. En coincidencia con el profesor Rodolfo Arango, “si se toma en serio la democracia, se toman en serio los principios solidarios y de igualdad de oportunidades”1.

Reinventar la democracia implica, entonces, poner de cabeza el actual escenario. Ya no se trataría de robustecer el entramado del poder instituido a partir de las penas y afujías de la gente de a pie, sino, por el contrario, de generar dinámicas en las cuales las necesidades, libertades y derechos de las poblaciones den lugar a entramados institucionales cuyo horizonte esté signado por la libertad. Siguiendo a Castoriadis, “la democracia como régimen es, por tanto, el régimen que intenta realizar, tanto como resulta posible, la autonomía individual y colectiva y el bien común tal como es considerado por la colectividad considerada”2.

Sea en el marco de la exitosa Marcha por la paz, la democracia y la defensa de lo público realizada el 9 de abril, en el marco de los Congresos regionales para la paz o en el Congreso Nacional para la paz -a realizarse entre el 19 y 22 de abril en Bogotá-, las luchas por la paz convergen en la necesidad de plantearse nuevas formas de gobierno y de participación en las que el poder constituyente deje de estar a la sombra de los sectores hegemónicos. En este sentido, vale la pena recalcar que “la autonomía de la colectividad, que no puede realizarse más que a través de la autoinstitución y autogobierno explícitos, es inconcebible sin la autonomía efectiva de los individuos que la componen”3.

Concebir la democracia como régimen implica poner en el centro la participación política como mecanismo central en la reconfiguración de las dinámicas relacionales desplegadas en nuestra sociedad. Un escenario en el cual los históricamente excluidos marquen sus derroteros, pasando de espectadores a protagonistas.

De las gradas a la cancha

La participación política, descafeinada en un escenario cada vez más tecnocrático, también  ha estado sujeta a cuestionamientos teóricos y prácticos de diverso cuño. La participación política dentro del actual régimen promueve la concepción del ciudadano como espectador de la historia que hacen esos otros que le “representan”. Así las cosas, la ciudadanía no define cómo se invierten los recursos estatales, pero está capacitada para entrar en las publicitadas dinámicas de la accountability a las organizaciones estatales. En este marco, han tenido lugar prácticas que ponen en tela de juicio tal condición de la ciudadanía como espectadora de un partido que juegan otros.

En América Latina los habituales espectadores del partido que se juega entre las facciones de las oligarquías nacionales han pasado a jugar pisando el césped y plantando cara al adversario. En tal dirección, se evidencian esfuerzos populares teóricos y, ante todo, prácticos que conciben las relaciones sociales, políticas, económicas y culturales más allá de los dictámenes y las necesidades del capital.

Así las cosas, la democracia pasa a concebirse como un escenario complejo en el cual se retroalimentan y complementan las dimensiones de lo individual y lo colectivo en donde la diversidad debe ser tanto valorada como promovida. La legislación popular, sea desde cabildos, congresos, mingas, tulpas u otros mecanismos deben seguir poniendo de presente la posición de las colectividades respecto de su territorio y, en últimas, de sus vidas. Si bien, en nuestro país se han generado esfuerzos organizativos como el Congreso de los pueblos y la Marcha patriótica, éstos no son ni pueden asumirse como homogéneos sino que son muestra fehaciente de la diversidad propia de nuestra sociedad. Ello no implica que existan horizontes distintos, sino que hay formas distintas de seguir el mismo sendero que lleve a la paz con justicia social.

Las dinámicas de participación en torno a la construcción de la paz con justicia social no pueden cesar, por el contrario deben refinarse y generar insumos hacia la concreción de un horizonte de reorganización política en y desde los territorios, generando diseños y acuerdos institucionales que vayan reinventando el ejercicio de la democracia y, en simultáneo, debiliten los cimientos de la democracia representativa.    

Consideración final

Si bien el respeto y la promoción de la diversidad son elementos neurálgicos en el trasegar de la construcción de la paz con justicia social, es necesario unir fuerzas y hacer frente conjuntamente al régimen que garantiza y promueve la injusticia cotidiana.  Partiendo de la radicalidad, en términos de Marx, del reto de la construcción que se ha iniciado, urge cerrar filas en torno al objetivo, recordando lo aseverado por Santos, en términos de que “la radicalidad de la lucha hoy no se mide por los medios que se usan -por ejemplo, elecciones- sino por el modo en que aquella afecta al capitalismo”4.

La división de las clases subalternas ha representado tradicionalmente un grave peligro para ellas mismas. A decir de Gramsci: “la historia de las clases subalternas es necesariamente disgregada y episódica: hay en la actividad de estas clases una tendencia a la unificación aunque sea en planos provisionales, pero esa es la parte menos visible y que sólo se demuestra después de consumada. Las clases subalternas sufren las iniciativas de la clase dominante, incluso cuando se rebelan”5. En este camino que se ha iniciado, es necesario vislumbrar un horizonte de unidad en el cual se puedan unir fuerzas y concretar los parámetros de alianzas que tengan como objetivo único el logro de la paz con justicia social y que permitan derrotar a los saboteadores autoritarios y belicistas, tanto públicos como anónimos.

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1ARANGO, Rodolfo. (2013) Colombia es un desafío para el pensamiento, recuperado en http://www.uniandes.edu.co/noticias/ciencias-sociales/colombia-es-un-desafio-para-el-pensamiento
2CASTORIADIS Cornelius, La democracia como procedimiento y como  régimen.  p. 5-19. Consultado en http://www.upf.edu/materials/fhuma/etfipo/eticaa/docs/39.pdf  
3Ibíd. p. 7.
4SANTOS Boaventura de Souza, Reinventando la emancipación social, Buenos Aires, CLACSO. 2008. p. 3.  
5GRAMSCI Antonio, Cuadernos de la cárcel Tomo II, México, Ediciones Era. 1981. p. 27.