* Palabras al Margen

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Este sueño oligárquico se complementa perfectamente con una torta muy bien repartida. Aquellos que se dedican a los penosos asuntos de gobierno y de decisión deben tener por mérito la mayor parte del conjunto de la torta, pues su trabajo es el que hace mover la historia y no hay nada más digno que decidir. Y mejor aún cuando aquellas decisiones concuerdan perfectamente con una historia ya escrita, con la naturaleza de las cosas. El resto de la torta correspondería a quienes no tienen la última palabra sobre el rumbo de la historia, pues aquellos seres no merecen ser recompensados de la misma forma que los gobernantes ya que sólo se dedican a los asuntos de la reproducción. A este conjunto inmenso de personas llamémoslos proletarias. Con esta palabra aludo simplemente a un conjunto siempre mayoritario y supernumerario que sólo se dedica a las labores reproductivas, como la palabra misma dice a producir hijos e hijas. Son personas que, para los oligarcas, tienen sus mentes atrofiadas por su relación directa con la naturaleza en tanto están alejados y alejadas de los asuntos propiamente humanos que tienen que ver con la capacidad de decidir, de gobernar. Y la pregunta entonces crucial es: ¿De qué está hecha la torta? ¿Qué tiene de especial aquello que se reparte de acuerdo a las capacidades de cada quien?

Tanto la persona proletaria como el oligarca tienen visiones distintas. En cuanto a la concepción del oligarca me gustaría traer como ejemplo la perspectiva de un texto publicado en La Silla Vacía, de un representante “intelectual” de quienes piensan que el gobierno es de los pocos. Me refiero a un artículo titulado “De pobres a pobrecitos” publicado el lunes 15 de julio de 20131.  Un oligarca piensa que la torta está hecha, en esencia, de dinero. Y nada más evidente que el autor de la columna ponga de manifiesto que la gestión de nuestros gobernantes, que se parten el lomo por nosotros, ha logrado reducir la pobreza en Colombia de un 70 % a un 20 % en los últimos casi 60 años. Esta reducción se traduce, entonces, en una distribución equitativa del dinero que circula en un país. Como si se tratara de unos seres que sólo se contentan con tener plata, los oligarcas creen que los proletarios obtienen su realización casi humana con vivir con más de dos o tres dólares al día. Los pobres, así, cada vez son menos, pero, el autor advierte, hay una especie de síndrome en tanto están proliferando los pobrecitos.

Los pobrecitos, según el autor del artículo, son quienes no se contentan con las migajas de la torta y exigen más de la cuenta perturbando la circulación del fetichizado dinero. Cuando los arroceros, los paperos, los cafeteros o todo ese montón de EROS hacen que el Estado abra la billetera de los colombianos, hay pobrecitos. Para el oligarca los mineros o los campesinos del Catatumbo hacen parte de estos EROS (y por lo tanto pobrecitos) que exprimen el dinero de la gente de bien que ha dicho sí al reparto de la torta. Y para finalizar su excepcional deducción, aquel escritor concluye su artículo ofreciéndonos dos alternativas: inversión pública responsable y razonable o tajadas periódicas a los pobrecitos  que están enardecidos porque no les fue bien con sus negocios.

Pasemos al punto de vista de los pobrecitos y ya poniéndonos serias y serios, al punto de vista de las personas proletarias. Como si se tratara de una burla a la brillante deducción de alguien que piensa que la torta está hecha de dinero, aquellos que se suponen que deben sólo dedicarse a tener hijos exponen, sin duda, una inteligencia enorme. Los pobrecitos además de producir hijos razonan y ponen de manifiesto que ver la torta hecha de dinero sólo hace parte de un sueño que pretende embrutecer inútilmente a los proletarios. Un campesino del Catatumbo hace con claridad un comentario general de la problemática de la región diciendo lo siguiente:

Nosotros vivimos en una crisis bastante problemática desde un pasado. Un pasado que vivimos en paz, pero esa paz que logramos vivir, cuando creímos que teníamos paz, nos dio una vuelta. Nos generó una gran violencia en la región porque el Estado que tenemos vio que la paz que teníamos en la región, no le servía para que el pueblo gobernara, para que nosotros los pobres gobernáramos en el país que queremos. Eso nos generó una violencia grande en la región2.  

Ante la simpleza que el oligarca puede denunciar de las palabras de un ser cualquiera como un campesino, la perspectiva del proletario es evidente: la paz que alguna vez existió por esos lares era incompatible con el gobierno de los pocos, el gobierno oligárquico recurrió a toda una suerte de artimañas para eliminar físicamente a aquellos proletarios y proletarias que no pidieron jamás limosnas ni se victimizaron, sino que hicieron como si pudieran decidir sobre los asuntos comunes, sobre la posibilidad de construir una historia que no estaba escrita. La paz de los pobres no significa meramente vivir con cierta cantidad de dólares al día, pues aquellos y aquellas se resisten a ver un mundo compuesto y hecho de dinero. La torta entonces está hecha de actos y puestas en escena en donde ponen en práctica el gobierno, es decir aquello de lo cual los oligarcas con fines nobles se han cargado sobre sus hombros. El empeño de aquellos pobrecitos consiste en resistirse a pensar que haya algo que repartir para que cada quien sea feliz con su billetera. Del simple mundo hecho de dinero y de mercancías, los proletarios construyen un mundo de sujetos que encuentran el sentido de existir en la misma posibilidad de ser personas que deciden y que ponen en marcha todo su empeño e inteligencia por construir y reinventar una historia, un conjunto de relatos y gestos que dibujan un paisaje que sería la morada misma de quienes nos resistimos a pensar que la palabra de unos pocos pueden explicar el sentido de nuestro pasado, presente y futuro.

Todo intento de parte del gobierno por imponer condicionamientos a todo escenario de interlocución con los actores que están poniendo en entredicho los cimientos del mundo que habitamos, expone una visión oligárquica de la política que presupone que los muchos no tienen la capacidad de reinventar el sentido de lo humano, de la paz y de las relaciones sociales. Los paupérrimos y descabellados argumentos de quienes piensan que las personas que se toman las calles y realizan paros cívicos son os pobrecitos que sueñan cosas imposibles, se estrellan ante la efervescencia de seres, que presuntamente se dedican a reproducirse y trabajar, actúan como si fueran capaces de decidir por ellos y ellas mismas. La falta de atención de nuestros oligarcas para ver estos gestos de alegría y coraje se traduce en la pobreza de nuestros oligarcas que ha hecho del exterminio de una gran cantidad de vidas de proletarios y proletarias, una práctica desdeñable e ignominiosa que tiene que cesar inmediatamente.

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1http://www.lasillavacia.com/elblogueo/blog/de-pobres-pobrecitos
2 http://www.nasaacin.org/index.php/informativo-nasaacin/3-newsflash/5949-catatumbo-memoria-del-saqueo-que-obliga-al-pais-a-levantarse