* Palabras al Margen

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Con total simetría de este pensamiento común que tiende a equiparar orden con política, el presidente Santos hace públicas sus “medidas de choque” para contrarestar los peligros de una sociedad excesivamente desordenada. Y todos lo sabemos, aquella ciudad desordenada era una Bogotá, a juicio de nuestros oligarcas, confundida: no cumplía al pie de la letra los mandatos de un mundo neoliberal suspendiendo contratos a voraces empresarios privados, tampoco implementó medidas excesivas en seguridad, y no invertía racionalmente dilapidando valiosos recursos en mera inversión social. Tenemos que, así como los grandes dictadores que se toman en serio su papel de soberano, Santos, haciendo de sus palabras una fuerza de ley y como un héroe de la derecha colombiana, se esfuerza por arreglar el desorden en el que estaba la Bogotá Humana.

¿En qué consistía tal desorden? Me gustaría responder esta pregunta de una forma un tanto extraña pero espero sea comprendida en su suma simplicidad: el ambiente festivo de la Bogotá Humana tenía que ver con la relación estrecha que se estaba tejiendo entre Arte y Política. Por eso, contrario a lo que común se cree, la política en este caso deja de estar relacionada con el orden, para dar cabida a una política del desorden, o mejor aún, a una política de imágenes, de apariencias y sobre todo de seres libres. Y recordémoslo, esta política del arte es la política democrática. Esto porque el demos desde siempre sembró el desorden en tanto su voz interrumpió e interrumpe el orden con el que está construido la naturalidad de las cosas.

Pongamos unos ejemplos. A pesar de los problemas que posee la educación media pública en la ciudad, el gobierno de la Bogotá Humana se propuso reducir la brecha que se venía construyendo entre calidad de los colegios privados y la de los colegios públicos, logrando para el año 2013 un ICFES superior para el 60 % de los colegios públicos. Así mismo, la Bogotá Humana puso su empeño por interrumpir una práctica para el deleite de la lumpenburguesía bogotana: las corridas y asesinatos de toros, y puso al servicio de los grafiteros los muros de la calle 26 para hacer hablar a las paredes. Aunque para muchos intelectuales esto es puro reformismo y no toca la raíz de las formas de opresión estructurales, creo que estas pequeñas medidas en sí mismas son radicales. Si no es así ¿por qué la derecha colombiana instaura un estado de excepción para recuperar el rumbo de la ciudad? Nuestros oligarcas han demostrado que no tienen interés alguno en renunciar al más ínfimo de sus privilegios, hasta tal punto que darle las palabras a los muros representa un riesgo para ellos.

Como en las dictaduras más crudas, las medidas de choque de Santos violentan el lazo íntimo que une a la política con el arte. No meramente negando el papel de arte en la política, sino aniquilando la lógica que hay al interior de una política del arte: que personas, objetos que usualmente no tienen razón alguna para hablar, hablen. ¿Por qué ocurre esta negación o esta aniquilación del arte en el seno mismo de la política? La respuesta es sencilla y la podemos encontrar incluso desde Platón: el arte en los asuntos públicos, los artistas en los asuntos políticos distraen. Como lo dice un exponente francés del arte callejero, Blek Le Rat, el graffiti, por ejemplo, sorprende a cualquiera con imágenes inesperadas, distraen y deleitan a los transeúntes sacándolos de sus preocupaciones cotidianas.

No es para nada descabellado creer que el grafitti cumple tal función. Mentes víctimas de un bombardeo ideológico a través de RCN y Caracol, o incluso a través de los pobres análisis de la realidad de nuestros expertos políticos, distraen su atención con un muro hablando. Podríamos decir entonces que se distrae una mente enfocada en trabajar y consumir. De ahí que, como los grandes eruditos y críticos del arte que contemplan una obra de arte en un museo distinguido, una persona cualquiera se distrae simétricamente de la misma manera elevando sus formas de pensamiento a instancias seguramente más ricas y diversas que lo que provoca las palabras de “J. Mario”.

¿Esto significa que las fuerzas policiales empezaron a borrar los graffitis de la calle 26 porque prefieren que las personas se deleiten con J. Mario, que con una imagen inesperada que interrumpe su ciclo vital, entre el trabajar y ver RCN? Por lo menos para nuestros oligarcas “restaurar el orden” significa jerarquizar el mundo: unos se dedicarían a disfrutar de las grandes riquezas que produce nuestro país, mientras otros ocuparían su existencia en asumir su pobreza consumiendo smartphones. Sin embargo ¿el mundo funciona así? ¿Realmente asumimos que la división entre sabios e ignorantes es un hecho natural? ¿Los artistas que siembran el desorden son equivalentes a unos seres que retardan el progreso de una sociedad empeñada en asumir que la política es equivalente al orden?

Dividir el mundo entre sabios e ignorantes, entre expertos que saben construir el orden en la ciudad y locos que se empeñan por perturbar aquello que nuestra lumpenburguesía disfruta, no representa otra cosa más que una mera aspiración. Es cierto que las consecuencias de asumir un mundo dividido así tiene sus efectos: índices extremos de pobreza, formas de alienación nunca antes conocidas en la historia de nuestra humanidad, sin embargo un mundo dividido siempre escapa en el cuerpo y espíritu de muchos. Así, aquellos desgraciados policías que se empeñan por seguir órdenes para poner los muros grises se van a encontrar siempre a sus espaldas colores y palabras haciendo hablar de nuevo a los muros de una ciudad capital que jamás podrá llenarse de gris.

La filiación entre el arte y la política es inquebrantable, tanto así que veremos siempre frustrada las ansias de nuestros gobernantes de igualar el orden con la política y, quizás la única forma de lograr tal cometido, en últimas totalitario, sea al precio de aniquilar a la humanidad de la faz de la tierra. Terroristas, pobres, salvajes, indios han sido los calificativos que nuestra “gente de bien” les confiere a los artistas, es decir, a quienes a través de actos estéticos han decidido desordenar la comodidad de un mundo siempre proporcional a la injusticia.