* Palabras al Margen

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El concepto de la informalidad induce a la connotación de que se trata de una realidad informe, sin estructura. De hecho la literatura sobre la materia habla de “sector no estructurado”. Sin embargo, es todo lo contrario: en el interior de la economía popular existen estructuras y normas propias que la regulan, tales como reparto del territorio, mecanismos de financiación (por ejemplo el gota a gota), división del trabajo, horarios, sistemas de protección social, liderazgos. De manera que el llamado sector informal, no es un sector informe, sino un sector estructurado en sus dimensiones económicas, sociales y políticas. Antes que denominarlo informal deberíamos empezar por reconocer nuestra ignorancia sobre la materia.

Ante la carencia de marcos teóricos, la informalidad se la termina concibiendo como una economía periférica que orbita alrededor de un núcleo económico central. Hay varias perspectivas de este enfoque dual: Economía pre capitalista (versus capitalista), tradicional o pre moderna (versus moderna), marginal (versus economía central), ejército de reserva (versus asalariados), excluidos (versus incluidos), y por supuesto, economía informal (versus formal). Estas visiones, al ver la informalidad como algo periférico, conducen a que su preocupación académica se dirija a caracterizar el núcleo económico central (dependiendo como lo definan) y la informalidad simplemente queda como un residuo.

Además de estas visiones simplistas sobre la informalidad, se tiende a asimilar la informa-lidad con la pobreza. Por ejemplo, la OIT (2013) señala que “las características de la economía informal son en gran medida negativas, ya que puede atrapar a las personas y las empresas en una espiral de baja productividad y pobreza” (pág. 10). Pero los trabajadores de la economía formal que ganan un salario mínimo son pobres, al mismo tiempo que en el sector informal quienes tienen actividades bien ubicadas y acreditadas no son pobres, por el contrario, pueden ser muy ricos.

Un sesgo similar de asociar la informalidad con la pobreza parte de las visiones predominantes de la economía popular que hacen referencia a que se trata de la reproducción de la vida, y no de la acumulación de capital1, en el sentido de que la economía popular se mantiene en el límite de la reproducción biológica de la vida. Sin embargo, como lo señala Roig (2013), si bien esto puede reflejar la realidad de una parte de dichos sectores, allí “hay ahorro – o sea excedentes – gastos improductivos como fiestas, juegos, consumos suntuarios“.

Que la informalidad, o la economía popular, es la economía de los pobres, termina siendo un mito. Que la economía informal es una economía no estructurada, otro. Y hay una tercera afirmación que merece una discusión: que los sectores de la economía popular son solidarios. No lo son en cuanto la mayoría de sus actividades económicas se hacen en el marco de la competencia de unos contra otros, lo son en cuanto se enfrentan a la adversidad.

El principio de la solidaridad es el que se invoca en las propuestas de la llamada economía social y solidaria. Si bien esta propuesta suena bien en el discurso, choca contra la realidad cotidiana. De una parte, porque la mayoría de las actividades se mueven en un mundo de competencia férrea donde cada uno está preocupado por su propio negocio, y de otra, porque los procesos cooperativos son presos de contradicciones internas que sólo pueden ser superadas con niveles de politización que permitan darle una perspectiva diferente a las tensiones cotidianas.

El individualismo, que es una de las caras de la economía popular, es la característica que aprovecha el neoliberalismo para proponer el emprendimiento como alternativa. Esta propuesta cala en los sectores populares porque despierta en cada sujeto la ilusión de agrandar su negocio, de salir de la precariedad siendo un empresario exitoso: tener un local propio, un taller, un restaurante. El problema de esta política es que el fracaso de los emprendimientos supera el 95% en un período de tres años.

Se hace necesario otro enfoque de política pública, que no bascule entre una supuesta solidaridad que no es evidente cuando se trata de la actividad económica, o un individualismo que los presenta como empresarios cuando en realidad se trata de trabajadores precarizados en la mayoría de los casos. Solidaridad e individualismo es un falso dilema porque hay solidaridad en cuanto a derechos sociales que tienen por conquistar o resistencias frente a los ataques del Estado, y hay individualismo en cuanto tienen que luchar día a día por conseguirse “el diario“, los ingresos monetarios para satisfacer las necesidades inmediatas de la familia y pagar las cuentas.

Para terminar, una propuesta de política pública hacia la economía popular, en primer lugar, debe partir de su reconocimiento como un sector productivo, que debe ser tenido en cuenta y consultado, al igual que se hace con los diferentes agentes económicos y sus representaciones legales. Y en segundo lugar, debe reconocer que se trata de ciudadanos que le están entregando el fruto de su trabajo a la sociedad, la cual disfruta de los beneficios de los bienes y servicios que la economía popular les proporciona, pero que no retorna la compensación debida en cuanto a la valoración de ese trabajo.

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1Este era el enfoque inicial de José Luis Coraggio, quien tiene un peso muy importante en la discusión, pero a pesar que ha modificado dicha visión, su enfoque se mantiene en muchos de los estudiosos del tema.

BIBLIOGRAFÍA

– OIT (2013). Informe V (1). La transición de la economía informal a la economía formal. OIT, documento ILC.103/V/1 preparado para la Conferencia Internacional del Trabajo, 103.ª reunión, 2014. Ginebra
– Roig, A (2013). La economía política de lo popular como fuente de derechos sobre lo público. Presentación de Alexandre Roig en Cátedra Jorge Eliecer Gaitán, Universidad Nacional de Colombia, el 18 de noviembre del 2013, Bogotá.