* Palabras al Margen

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La intervención militar de los Estados Unidos en Iraq llevó a que Seamus Heaney aceptara la invitación que le hizo el Teatro Abbey de Irlanda, de traducir nuevamente la tragedia de Antígona para la celebración de su centenario (el Teatro Abbey abrió sus puertas al público el 27 de Diciembre de 1904). En cualquier caso, más de una violencia confluye en El entierro de Tebas. De acuerdo con S. E. Wilmer “al momento de pensar sobre la lucha entre Antígona y Creonte por determinar a quién le pertenece el cuerpo de Polinices y quién puede tener acceso a él, Heaney recordó la situación de Francis Hughes, su vecino de 25 años en Irlanda del Norte, que murió en prisión en 1981 después de haber realizado una huelga de hambre (demandando el reconocimiento político de los prisioneros del IRA) que duró 69 días” (mi traducción de su artículo, “Realizando Antígona en el siglo XXI”, contenido en el volumen que ayudó a coeditar, Interrogating Antigone in Postmodern Philosophy and Criticism, p. 384-385). Considerados como simples criminales desde 1976, la llegada de Margaret Thatcher al poder en 1979 supuso, entre otras cosas, la definitiva criminalización de la lucha anti-colonial irlandesa, al declarar públicamente que el gobierno británico no le otorgaría el estatuto político a los prisioneros de Maze en el Norte de Irlanda, prisión también conocida como los “H-Blocks”. El cuerpo de Hughes sufriría el mismo destino que el de Polinices. Sobre su cadáver se enfrentarían el gobierno (Royal Ulster Constabulary) que lo tenía bajo su custodia y la familia de Hughes. Fue así como la antigua tragedia de Antígona le permitió a Heaney sobreponer dos eventos históricamente distantes pero políticamente cercanos, la política colonial del gobierno británico en Irlanda y la política imperialista del gobierno estadounidense en Iraq. En mi concepto, Antígona también nos permite conectar otros dos eventos igualmente distantes en el tiempo pero cercanos en su lógica policial: el golpe militar contra el gobierno democráticamente electo de Salvador Allende el 11 de septiembre de 1973 y la “guerra contra el terror” que desató la interpretación autoritaria del 11 de septiembre del 2001 por parte del gobierno estadounidense.

Cuando Creonte declaró la muerte para quien enterrara el cuerpo de Polinices en Tebas la sentencia consistía en tirarle piedras al culpable hasta quitarle la vida. El método punitivo aseguraba la distribución de la culpa entre los verdugos pues nadie podría determinar con certeza qué piedra había sido la decisiva. Antígona es quien entierra a Polinices y, sin embargo, no muere a pedradas como lo contemplaba el edicto. Al enterarse que se trata de su sobrina, quien invoca a los dioses del inframundo para justificar su acto, Creonte decide modificar el castigo. Antígona ha de ser encerrada en una cueva con algo de comida para que el dios de la muerte, Hades, tenga tiempo suficiente para rescatarla si es cierto que simpatiza con su causa. Nuevamente el edicto no se cumple. Antígona muere pero no de hambre, abandonada por Hades y condenada por su tío, sino por su propia mano. Ella se ahorca en la cueva provocando el suicidio de Hemón (el hijo de Creonte), que a su vez desata el suicidio de Eurídice (la esposa de Creonte). La interpretación que aquí propongo depende de ver en Hughes no a Polinices sino a Antígona, no a un cadáver que inaugura un conflicto entre el Estado y la familia sino a un cuerpo viviente y militante que sigue luchando incluso cuando se trata de definir los términos de su propia muerte. Tanto Antígona como Hughes se suicidan, protestando contra los términos de sus encierros. Así mismo, ambos actos giran alrededor del hambre, aunque de manera distinta. El hambre de Antígona es el hambre impuesta como castigo por el que domina. El hambre de Hughes es el hambre auto-impuesta como protesta por el que resiste.

Hambre (2008) es el título de la película que dirigió Steve McQueen sobre las últimas semanas de Bobby Sands, otro miembro del IRA (Ejército Republicano Irlandés), que murió a la edad de 27 años el 5 de mayo de 1981, después de 66 días en huelga de hambre. Para esa fecha ya se contaban 2187 personas asesinadas desde 1969 en lo que se conoció como “The Troubles”, la guerra entre el IRA y el gobierno británico. En 1981 Bobby Sands cumplía el noveno año de su condena en los H-Blocks. Antes de recurrir a la huelga de hambre los prisioneros, sumidos en las condiciones más inhumanas (torturas, golpizas diarias, inspecciones constantes, aislamiento), realizaron otras dos protestas para presionar el reconocimiento político de su lucha por la liberación de Irlanda. Primero se rehusaron a vestir el uniforme de los criminales (protesta llamada “Blanket”), lo que significaba para ellos soportar el frío del invierno desnudos en las celdas. Luego se rehusaron a bañarse (“No Wash”), convirtiendo la propia prisión en la superficie textual de la degradación humana que diariamente se efectuaba en ella, llenando los corredores de orina y pintando las paredes de las celdas con excremento. El gobierno británico respondió a ambas protestas con más represión, intensificando la tortura. Sólo accedió a ciertas demandas (no al estatus político) 7 meses después, cuando otros nueve prisioneros habían muerto en la huelga de hambre.

El hambre ha sido tradicionalmente una política de control colonial. Murieron más irlandeses por la gran hambruna impuesta por el imperio británico entre 1845 y 1846 que durante “The Troubles”. El hambre también fue la principal estrategia que utilizó la élite chilena y el gobierno estadounidense para desestabilizar el gobierno de Allende en los setenta, ya fuese financiando el paro de las empresas transportadoras de alimentos o el cierre de los establecimientos de abastecimiento. No menos importante ha sido el hambre como estrategia de tortura en los centros penitenciarios. Pinochet no fue el primer dictador en utilizarla y también la sufrieron los prisioneros del IRA en los H-Blocks, antes de resistir con ella. En su famosa memoria, Un día en mi vida, Sands se refiere al desayuno de los H-Blocks como “la segunda catástrofe del día” (p. 31). Afortunadamente éste no ha sido el único destino para el hambre. Kafka le abrió un lugar en el arte cuando escribió su El artista del hambre y no menos importante ha sido el hambre para desarrollar una estética del ser en culturas y religiones que practican el ayuno. En estos casos la lógica del hambre es la opuesta a la de la política colonial. Si el hambre del terror de Estado se propone romper el espíritu del ser humano al reducirlo a sus necesidades corporales más básicas, el hambre del artista se propone todo lo contrario, cultivar el espíritu al hacer las necesidades corporales indisociables al compromiso individual con el ideal, sea este estético, religioso o político.

Hoy en día siguen confrontándose estas dos formas de ser del hambre. El hambre colonial que lleva a una sociedad completa a la pobreza y la inanición mediante la imposición de sanciones económicas (como las que se le impusieron a Cuba, Iraq, Sudán, Irán, etc.), mejor llamadas “armas de destrucción masiva”, y el hambre del disidente político que resiste y lucha por la dignidad de la vida humana incluso en el caso extremo que entraña su propio sacrificio. Huelgas de hambre protagonizan desde hace varias semanas los dos ciudadanos canadienses, John Greyson (realizador de cine) y Tarek Loubani (médico), encarcelados sin cargos por más de un mes en una prisión de Egipto cuando fueron testigos de una masacre cometida por el ejército contra los seguidores del presidente Mohamed Morsi durante su viaje hacia Gaza por razones humanitarias. Huelgas de hambre protagoniza también el grupo de punk feminista Pussy Riot contra las condiciones de la colonia penal de Mordovia en Rusia. Pero todo indica que la más extensa huelga de hambre del siglo XXI la han protagonizado los “detenidos” (no tienen estatuto de prisioneros) en Guantánamo. Desde febrero de este año más de 100 de los 166 que están encerrados decidieron protestar contra su injusto encarcelamiento. Solamente Nabel Said Hadjarab y Mutia Sayyab han sido liberados en Algeria, a pesar de que 86 “detenidos” ya han sido exonerados de todo cargo.

La estrategia de Creonte ha cambiado. Antígona ya no puede definir los términos de su propia muerte al rehusarse a vivir en las indignas condiciones a las que la somete el gobierno autoritario. Ya no es hambre lo que se decreta para ella sino alimento. Parafraseando a Foucault, ya no se trata de dejarla morir sino de hacerla vivir. De las 12 personas aún en huelga de hambre en Guantánamo a 11 se les alimenta forzosamente por tubos nasales, un método que la mayoría de los ciudadanos estadounidenses han visto en las noticias no porque se reporte lo que sucede en la infame prisión sino por las protestas que han realizado quienes se solidarizan con la causa de los prisioneros frente a la Casa Blanca, recreando la medida policiva. Por qué esta necesidad de alimentar el cuerpo del excluido que, por otro lado, el imperio insiste en dejar morir, en exponer a condiciones sociales invivibles bien sean la pobreza (el hambre) o la guerra? En su reciente libro, Antigone, Interrupted, Bonnie Honig nos ofrece herramientas para esbozar una hipótesis. El alimento, el deseo narcisista por satisfacer las necesidades corporales, es lo que nos permite romper con la fidelidad frente al objeto perdido, interrumpir el lamento. En el mundo post-heroico de la democracia ateniense, dice Honig (p. 27-29), es el soberano el que se abroga el derecho a romper el lamento. Y cuál es ese objeto perdido cuyo lamento el soberano quiere interrumpir? Quizás se trate de ese otro 11 de septiembre en donde se impuso el hambre y el terror de estado. Ese 11 en donde se acabo con un régimen socialista democráticamente electo, que buscaba redistribuir el poder político para transformar la sociedad con el respaldo del pueblo y por vías pacíficas. Ese 11 en el que se normalizó un sistema punitivo extra-legal que institucionalizaba la tortura para que, hoy en día, Cheney reciba de la compañía militar Halliburton 150 mil dólares al año en compensaciones mientras miles de iraquíes (4 mil este año) siguen muriendo sin que se sepa en qué condiciones están los 38 mil detenidos en Iraq, 14 mil de ellos en detención secreta (ver Wilmer, p. 392). El soberano debe alimentar forzosamente al artista del hambre para que el 11 de septiembre del 2001 interrumpa al 11 de septiembre de 1973. Para que del huelguista del hambre no quede nada más que una vacía voluntad de muerte, el homo sacer de la interminable “guerra contra el terror”, y no un deseo irrenunciable por construir una sociedad más justa y un mundo más humano.