* Palabras al Margen

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Se ha generado una imagen que muestra a todos los hinchas como seres humanos que tienden naturalmente a la violencia y al delito, obviando esfuerzos organizativos que han cambiado el discurso y la práctica de ser hincha. Se generaliza con base en el desconocimiento y posteriormente se individualiza un problema colectivo y de carácter estructural. Así las cosas, se termina asumiendo que el problema está únicamente en las consecuencias -asesinatos y riñas- y no se abordan las causas. De allí que la creatividad, en términos de las soluciones, se agote en la generación de medidas orientadas a controlar y reprimir más y mejor.

En esta columna se plantean algunos puntos para el debate, resaltando que la solución a los problemas de violencia evidenciados debe gravitar en torno a políticas públicas que intervengan en las condiciones de la juventud, con el cometido de prevenir los fenómenos y no sólo de corregir los lamentables resultados.

Más allá de la inmediatez

Es necesario entender, entonces, que hay que abordar la generación de violencia por parte de las hinchadas -eso es ineludible-, pero asimismo se debe asumir que la exclusividad de la acción judicial no va a resolver la problemática. Si no se intervienen las dinámicas sociales y económicas que marcan la vida de la juventud colombiana, la situación de estas últimas semanas se repetirá, como lo ha venido haciéndose mediática y, lo que es peor, cotidianamente en los barrios en los últimos años.

En la última década se ha vuelto costumbre ver que jóvenes hinchas de un equipo hieren, roban y/o asesinan a otros, en ocasiones hasta del mismo equipo. Hay territorios de la ciudad en donde es peligroso tener una camiseta de un equipo de fútbol cualquier día de la semana, independientemente de si hay partido o no. Esta densa problemática debe suscitar el debate por parte de los diversos actores de la sociedad colombiana.

Es claro que el problema no remite única y exclusivamente a los jóvenes que han cometido los delitos publicitados esta semana y los muchísimos que no se han comunicado. En este sentido, se asume que el problema es estructural y que atacarlo desde la individualización antes que ofrecer soluciones reales va a generar paliativos efectivos en el muy corto plazo. Desde la acción estatal deben superarse el control y la represión como las únicas medidas frente a las denominadas barras bravas, ha de problematizarse el negocio del fútbol y, más importante aún, se debe caminar hacia la garantía de los derechos a la salud, la educación, la seguridad social y el empleo de las denominadas barras bravas y de la juventud en general.

Los límites del control y la represión

Muy a pesar de lo que se podría pensar en términos del estadio de fútbol como escenario de la violencia, el campo de batalla se ha trasladado a las calles de las ciudades1. Es claro que no han desaparecido los ataques relacionados con partidos y con viajes de hinchadas a otras ciudades del país. En los medios masivos la pregunta frecuente es cómo controlar y/o eliminar la violencia reproducida por las barras bravas2. Lo que no se ha abordado con suficiencia y no se pone en el escenario de lo público es la necesidad de rastrear y atacar las causas de la situación de los jóvenes que integran las denominadas barras bravas.

En este marco, de manera muy desprolija se asume la necesidad de copiar y pegar medidas adoptadas en otras latitudes para controlar la violencia en los estadios. De allí que no sea extraño escuchar reiteradamente la remisión a las medidas que se adoptaron en Inglaterra en contra de los hooligans. Más allá del colonialismo del cual están prendadas propuestas tan básicas, el punto es que en los estadios y sus cercanías la violencia ha bajado notoriamente. Es más, los hechos de violencia que han prendido las alarmas en Bogotá se dan lejos de los estadios y son perpetradas por pequeños grupos.

Quienes toman el estadio como punto de referencia olvidan que la eliminación de las vallas en el Estadio el Campín no ha derivado en invasiones, batallas campales o cuestiones similares. En el caso de Bogotá el programa “goles en paz” y el proceso en la década anterior han surtido un efecto en términos de la vivencia del fútbol en el estadio. La cuestión es que las denominadas barras bravas no solo se reúnen y comparten en torno a los partidos del equipo respectivo.

Las dinámicas organizativas de los jóvenes agrupados en las denominadas barras ponen de presente la existencia de nexos y valores colectivos dinamizados de maneras poco tradicionales. En Chile, finalizando el siglo pasado, se evidencia la innovación de las dinámicas colectivas de dos agrupaciones antagónicas, resaltando la existencia de valores y vínculos humanos fuertes. En últimas, en el mundo del fútbol, la identidad tiene diversos niveles y está supeditada a lógicas cotidianas, no sólo al acto de consumación del espectáculo. Según el autor, en el mundo del fútbol es posible “reconocer en juego tanto identidades culturales particulares como metaidentidades”3.

Este punto hace que la mirada se dirija a una cuestión articuladora en el escenario de las hinchadas: los consumos y sus lógicas. La barra o hinchada no es una cuestión de domingos y miércoles, remite a la cotidianidad de los jóvenes y está presente allí donde se desenvuelven. Estamos hablando de consumos legales -como ropa, alcohol, accesorios y artículos deportivos- e ilegales –como todo tipo de alucinógenos. Entonces los jóvenes de las barras hacen parte del floreciente negocio del fútbol y como consumidores son valiosos. Lo complejo es que como ciudadanos son sujetos de exclusión, segregación, desempleo y marginalidad. Desafortunadamente las propuestas de acción se orientan a desconocerlos como ciudadanía y reafirmar y proteger el vigoroso mercado del fútbol.

Es necesario superar la óptica del negocio

Segundo, problematizar a quién se está defendiendo y cuál es el problema de fondo. A muchas personas les interesa que el negocio del fútbol se re-produzca sin ningún tipo de inconveniente. Aquí es necesario resaltar la importancia que ha venido tomando el fútbol en tanto industria. Es más, las dinámicas económicas, sociales y políticas de la creciente y floreciente industria del fútbol nos ubican en un escenario marcado por la “progresiva racionalización, transnacionalización y privatización de la organización, práctica y consumo del fútbol de alto rendimiento.” (Villena 2003:261)

Esta importante industria en la que se mueven las grandes transnacionales de artículos deportivos como adidas, nike, umbro o puma ha venido tomando relevancia e incidido fuertemente en la dinámica del fútbol mismo. Pero a la importancia de tales empresas se adhiere el peso que tiene en los últimos años la televisión y los derechos sobre las ligas. Cuando se escuchaba a algunos dirigentes, parecía que el problema no eran las complejas dinámicas sociales ligadas a la violencia sino el daño al negocio del fútbol.

Esto se ha venido planteado hace algunos años. Ghersi propone un recurso al derecho de propiedad en el mundo del fútbol para salvaguardar el negocio del vandalismo de las barras bravas. En palabras del autor, “la mejor legislación que puede proponerse es aquella que reconstituya los derechos de propiedad en este deporte, para que los incentivos estén donde deben y sean los propietarios del negocio los que se encarguen de cuidarlo, reduciendo la cantidad de daños, compensando a las víctimas y combatiendo hasta desaparecer a las barras bravas”4.

Se evidencia que el contubernio entre el fútbol y el mercado global no se da casuísticamente ni en abstracto. Antes que ello, tiene lugar en el marco de lo que se ha dado en llamar globalización y que, en aras de cerrar el camino a eufemismos, Amin denominará la mundialización de la ley del valor. Y esto, a su vez, se puede traducir en términos de inversión extranjera y le generación de confianza económica. Así, se completa el cuadro de lo vivido hace pocas semanas en el marco del paro nacional agrario y popular. Según la opinión de muchos, la legislación del país, antes que garantizar derechos a la ciudadanía colombiana, debe orientarse a satisfacer las necesidades de los inversores, sea en el escenario de la agroindustria o en el masivo y masificado negocio del fútbol.

En este contexto, huelga resaltar la necesidad de generar un viraje en las determinaciones del Estado respecto de las problemáticas sociales más allá de los intereses de los grandes grupos de inversores que re-producen el negocio del fútbol. El objetivo no debe ser que se sigan llenando estadios, vendiendo artículos deportivos y reproduciendo eficientemente el negocio a pesar de miles de vidas de jóvenes estén condenadas a la violencia y la exclusión cotidiana de la sociedad.

La importancia de la intervención estatal

El problema de las hinchadas ha ocupado en los últimos días un lugar muy importante en los medios de comunicación. Ante las, para nada ingeniosas, soluciones que se han puesto a circular en los medios de comunicación, es necesario reorientar el discurso y poner de presente la urgencia de generar medidas de corte estructural que desborden la inmediatez y asuman a las hinchadas y a la juventud en general como sujetos de derechos.

El problema es mucho más grave de lo que han planteado los medios. Allí no se han tocado las dinámicas de inseguridad y de álgida conflictividad que se re-producen en territorios de la ciudad cotidianamente. Es claro que esta desafortunada ola de violencia pone de presente las dificultades por las que pasa la juventud. Pero también, y ante todo, pone de presente la precariedad del abordaje de problemas estructurales como cuestiones individualizadas.

Es claro que hay que juzgar a quienes asesinan y delinquen, pero es necesario tomar medidas que permitan diezmar las posibilidades de que tal situación se repita indefinidamente con otros jóvenes sujetos de exclusión social, precariedad y marginalidad. Pero la intervención del Estado debe orientarse hacia la garantía de la educación, la salud, la seguridad social y el empleo en tanto derechos de los jóvenes, tanto de las barras como de los que no lo sean. Es necesario desbordar la presencia del estado desde la coacción, mucho menos legítima que abusiva.

En esa dirección, es necesario reconocer que en Bogotá se ha avanzado y se han generado dinámicas de interlocución y trabajo entre las hinchadas y el distrito, superando la visión estigmatizadora de las hinchadas. Pero la dimensión de problema hace que sea necesario redoblar esfuerzos y poner de presente la necesidad de un viraje radical en las dinámicas de intervención estatal respecto de la juventud.

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1Se pueden consultar, entre otros: http://www.semana.com/nacion/articulo/investigacion-fiscalia-violencia-barras-bravas/358829-3 ; http://ndeportes.cl/barras-bravas-un-problema-que-va-mas-alla-de-la-galeria/

2Ver http://www.eltiempo.com/colombia/bogota/violencia-entre-hinchas-que-hacer-para-evitarla_13080397-4
3ANTEZANA, Luis. (2003). Fútbol: espectáculo e identidad, en VV.AA (2003). Futbologías: fútbol, identidad y violencia en América Latina, Buenos Aires, CLACSO. p. 91.
4GHERSI, Enrique. (2003). Barras bravas: teoría económica y fútbol, en Revista Estudios Públicos, Vol. 90, Otoño de 2003. pp. 29-45.