* Palabras al Margen

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Quiero aquí dar un espacio a la vida de Alicia, una de las tantas personas en situación de precariedad extrema que he conocido y escuchado durante más de 20 años de investigación y reflexión sobre la pobreza en Francia y convertirla en narración. Es una manera de aproximar estas personas a nuestra mirada. Que sus recuerdos, sus saberes, sus presentes activos, pero llenos de incertidumbres, y sus futuros diferidos, puedan iluminar, aún de una manera discontinua, las zonas que compartimos con ellas; zonas frecuentemente opacas a nuestros ojos y a nuestras sensibilidades pero que nos ligan necesariamente. Sin embargo, aproximarlas a nosotros implica también poner en evidencia la distancia entre ellas y nosotros, en derecho, en justicia y en reconocimiento social. Una distancia inaceptable, intolerable.

Alicia es francesa, tiene cuarenta años y posee documentos de identidad que garantizan su pertenencia nacional, pero eso no cambia gran cosa frente a su situación precaria en una Francia en crisis que pena por conservar su rumbo ciudadano, su Estado social protector.

Alicia está sola. Sin embargo, ella no eligió la soledad. Pero ¿cómo actuar de otra manera en un periodo de vida donde las protecciones sociales son frágiles?

En estos últimos tiempos, Roberto se acercó a ella. “Yo no sabía lo que era estar sola días enteros…piensas mucho, demasiado”. Pero Roberto no sabe nada de ella aún: “Es solo una compañía, nos conocemos apenas” agrega Alicia, sin más.

Cuando encontré a Alicia, estaba sentada en el piso, al lado de la parada del bus 34 que lleva al barrio Petit Nanterre, barrio del suburbio parisino. Algunos jóvenes se acercaban únicamente a mirarla, otros saciaban su curiosidad un poco mórbida, cuando no observaban inquietos sin saber qué hacer, qué decir: la mirada fraternal y el actuar colectivos, débiles, desfallecientes.

Los pies de Alicia estaban hinchados, los zapatos eran muy chicos, demasiado apretados. Un hilo de sangre corría en su tobillo y Alicia se tocaba suavemente. Trató de levantarse, pero sus pies no la sostenían. “¿Necesita ayuda?”, le pregunté acercándome. Me explicó que esperaba el bus para regresar a la “Maison de Nanterre” (así llaman al asilo de personas en situación de calle que vienen de Paris), agregando inmediatamente que es allí donde se alberga de manera intermitente desde hace algunos años.

“Sí, encontré estos zapatos en el Secours populaire (asociación de ayuda y asistencia ligada al Partido comunista). Me parecieron lindos, pero evidentemente no son para mí”, me explicó con un gesto de contrariedad. “Debería quitárselos” sugerí prudentemente para no ofenderla. Entre tanto Alicia ya se había apoyado sobre mi brazo para quitarse los zapatos sin caerse. Le propuse ir a la farmacia que había en la acera de enfrente. Cargué su bolso pesado donde Alicia conservaba una parte de su vida. Es habitual así con todas las mujeres, es así sobre todo con Alicia.

Nos dirigimos a la farmacia. Había una silla donde la invité a sentarse. El farmacéutico miraba discretamente. Alicia se sacó los zapatos y un rumor se hizo sentir en la sala. Los pies estaban informes, llenos de escaras y de heridas. Primo Levi decía que en el campo de concentración la muerte comenzaba por los pies. Alicia no está en un campo de concentración y de ello estoy convencida, su miseria infinita y profunda no es el resultado de una empresa de la muerte. Allí reside todo el estupor: los pies “concentracionarios” de Alicia caminan en las calles de una ciudad que se dice ciudadana y caminan mucho, caminan hasta el agotamiento. Pero la ciudadanía para Alicia y para tantas otras personas en su condición es una idea abstracta. Caminan así todo el día para acceder a derechos que se les dice ser propios, aunque son siempre derechos condicionales que exigen contratos, contrapartidas: “Quisiera una casa”, “Quisiera un trabajo”, “Coticé, es mi derecho” dicen esas personas. “Antes de eso habrá que acostumbrarlas a apropiarse de un lugar, a aprender a vivir y a levantarse temprano para ir a trabajar”, dicen a su turno los agentes sociales y políticos. Deberán así pasar por un periodo de “acompañamiento social”, verdadero dispositivo de normalización para probar que son elegibles al derecho.

Un empleado de la farmacia me trajo un desinfectante y vendas y yo decidí comprarle a Alicia unas pantuflas para que pueda desplazarse hasta el asilo. Alicia guardaba silencio. Sugerí pasar por urgencias del hospital. Ella aceptó sin explicaciones. En el trayecto en bus, me pidió su bolso y buscó una foto de Ana, su hija, una pequeña foto descolorida, un poco arrugada, que activó su sufrimiento. “Tiene 15 años, la veo poco… vive con una señora…” me dijo con un tono pensativo y una mirada lejana. Alicia se enjuga de tanto en tanto sus lágrimas con su falda. Sentí su tristeza que inevitablemente suscitó la mía así como mi indignación. Tristeza e indignación han siempre constituido mi distancia para comprender esas vidas extremas, una objetividad que no puede ser sino a golpes de una subjetivación profunda.

La vida de Alicia está jalonada de “tristezas”, como ella me lo expresa. Su padre le pegaba, su madre murió cuando tenía 8 años. Vivió un tiempo con su tía materna, cerca del mar, en Normandía, periodo que recuerda con alegría, un tiempo de tristezas suspendidas: muñecas, salidas, afecciones, la playa. A los 17 años se puso a trabajar como empleada en un supermercado. “No estaba mal, Era una buena época… no duró mucho…” Es allí donde conoció al padre de su hija. Abandonó sus estudios en el liceo. Y luego de un tiempo, se separó “así… (acompañando sus palabras con un gesto de su mano al vuelo) no funcionaba entre nosotros… su desempleo, mi embarazo, nuestras miserias acumuladas…”. Y es así que la “tristeza” invadió a Alicia, “es de un día al otro que me vino eso…”. Comenzó a tomar “cosas”, Alicia todavía depende de esas “cosas”.

Las “changas” (trabajos transitorios) se sucedieron: limpieza de oficinas, empleada doméstica, empleada en una panadería, periodos de desempleo, cuidar niños, subalternidades cotidianas. Trabajar para su hija era primordial, lo es aún hoy. Alicia me dice que no tuvo suerte en la vida, “pero quién hubiera pensado que me encontraría en esta situación”, sin embargo afirma que eso no es muy grave, pero su hija es otra cosa: “Ella no eligió, en realidad yo tampoco… perdí todo cuando no podía elegir… pero hay que decir que la sociedad no me ayudó mucho, sí, hay que decirlo. La sociedad somos nosotros, ¿no es cierto? Soy yo la sociedad, por lo tanto ayudo a mi hija”. Alicia es la sociedad, ella lo dice porque hay que decir(lo), porque hay que recordar a los otros que su precariedad socioeconómica no significa precariedad de su ser, ni desafiliación terminal.

El cuerpo de Alicia está lleno de manchas y de cicatrices. Ella me las muestra y me cuenta su vida a través de ellas. Su cuerpo registra el pasaje del tiempo y constituye un mapa de su vida. Pero, para mi sorpresa, es de los “laterales” de esas marcas corporales que me habla también: de la pulsera de oro con los pequeños hombrecitos colgantes que su padre, sí, aquel que la golpeaba, le había regalado un día cuando era niña, “le ocurría de ser gentil conmigo en aquella época”, de su hermano mayor que era tan divertido y que quería protegerla de las agresiones de su padre sin lograrlo siempre, de los días apacibles con su madre, de las amistades actuales a pesar de todas las dificultades. Y luego Alicia vuelve a los relatos de sus penas, sin solución de continuidad pero sin confundirlas. Ninguna persona “sin techo” con las cuales he hablado confunde los acontecimientos de sus vidas, están los buenos momentos, los menos buenos, los justos, los injustos, los insoportables.

Entramos a urgencias del hospital. Alicia parecía conocer el camino a la perfección. “La conocemos señora, puede irse tranquila” me dijo una enfermera cuando nos vio llegar. “¿Por qué partir? les pregunté. “Nos vamos a hacer cargo, no se preocupe” insistió otra enfermera. Me quedé.

“Nos ocupamos, nos hacemos cargo”, es la frase tantas veces pronunciada, invitándome a partir, cuando acompañaba a las personas sin techo a hacerse atender o a presentar un pedido de asistencia o para obtener un derecho. Se encargan del individuo, en cambio el lazo social, la compañía, están de demás para la ayuda social o la institución médica. Esta no sabe qué hacer, es humana, de ahí su inhumanidad. Las personas pasan de mano en mano sin ningún entrelazado, sin acumulación social. Aunque paradójicamente se ocupan bien y de manera insidiosa de señalar que “esos sin techo” están “en ruptura social, que hay que ayudarlos a reanudar los lazos”. Es así siempre, me dice Alicia. Cuando vengo con mi amigo, pasa igual, pareciera que molesta…se tiene que ir. Me tengo que quedar sola, debe ser una cuestión de organización… les importa un cuerno si uno quiere o tiene necesidad de estar acompañado…”. Alicia es fina observadora y no se equivoca, el tratamiento y la recepción de las personas se traduce en el lenguaje organizacional: hay que asegurar la eficacia y la contabilidad. La enfermera, de regreso, miró los pies de Alicia. La sermoneó “casi haces una flebitis, te dijimos que no había que ponerse ese tipo de zapatos” y agregó mirándome y buscando mi complicidad: “Son todos iguales” y se fue. Alicia estaba molesta por el tuteo y me lo hizo saber. “¿Que se cree? No soy su hija. Se permiten todo con nosotros.” Nosotros, dijo Alicia, Ustedes, ellos, dijo la enfermera. Allí está el malentendido o la incomprensión. El sentimiento perturbado por la semejanza activa el deseo de la diferencia. El Nosotros de Alicia es el mismo que la mayor parte de las personas sin techo expresan frente a los señalamientos estigmatizadores que las toman como blancos. Es el Nosotros reactivo contra el Ustedes amonestador. Es el Nosotros de la fusión, el Nosotros de la resistencia silenciosa, es el Nosotros que emerge furtivo en el relato del sufrimiento dicho por cada una de esas personas, porque relatar el sufrimiento forma parte del día a día.

Es en esos relatos que el Yo se disuelve en el Nosotros. Luego de haber contado una experiencia difícil de sus vidas (el emplazamiento institucional durante la infancia, el abandono de los padres, la expulsión del hogar, los despidos salvajes, las separaciones conyugales en la miseria, los endeudamientos, las adicciones alienantes, la prisión, los señalamientos sin rodeos del alcoholismo, las “desterritorializaciones” sistemáticas de las políticas municipales impidiéndoles el acceso a los derechos locales, la supresión de la mirada hospitalaria del otro, o al contrario, la presencia de una mirada de más del otro), esas personas terminan casi siempre sus palabras afirmando: “nuestra vida es dura y no la de Ustedes”. Es el Nosotros que opera por diferenciación según la relación interindividual y la posición social del interlocutor, un Nosotros que queda sin embargo bloqueado en el individuo encontrando raramente la vía-la voz para ser dicho colectivamente.

En fin, llegó otra enfermera joven. “Venga, la vamos a curar” y tomó a Alicia de la mano tiernamente. Como ya dije, la institución es humana, de ahí, a veces, también su compasión, su gesto solidario, su reconocimiento. Esperé a Alicia, cuidando su bolso. Una hora más tarde, reapareció, con aire cansado, pero aliviada. Le devolví su bolso. La acompañé al Asilo donde la albergan casi todas las noches. En el camino nos cruzamos con Roberto, su amigo, un joven sonriente que tomó en seguida el bolso de Alicia. Alicia le contó los acontecimientos del día. Eran alrededor de las 18 horas, muy temprano aún para entrar en el albergue. Se sentaron en el pequeño muro contra las verjas del gran establecimiento, hice lo mismo. El día se acababa lentamente y quise terminarlo con ellos, sin ninguna garantía de poder traducir conceptualmente todo lo que me habían hecho sentir. Había un sol primaveral y mirábamos los edificios de enfrente. “Aquí no nos quieren mucho”, dijo el joven señalando al barrio y sus habitantes. “dicen que el barrio es únicamente de ellos”. Alicia agrega: “nunca vi que uno pueda ser el propietario de una calle, la calle es de todos, sobre todo de nosotros (nos reímos) y nadie sabe mejor que nosotros lo que es la vida en la calle, sí, porque es una vida dura, difícil. Hay que decirlo y también uno tiene que decírselo aunque haga mal, quiero decir que no hay que callarse…esto no quiere decir que uno busque la compasión del otro, pero si, uno busca, por lo menos, que alguien lo sepa…al menos nosotros, sí nosotros…para que no olvidemos, para que no nos acostumbremos, si no estamos muertos”. 

“Hay que decirlo y hay que decírselo… no hay que callarse”. El relato del sufrimiento que uno se dice a sí mismo es un desafío cotidiano para esas personas. Tratan de esta manera de no olvidar y así poder enfrentar los momentos difíciles, para no habituarse y poder resistir. “Hay que decirlo y hay que decírselo… no hay que callarse”. Pero esta frase no se refiere solamente a la salvaguarda de una existencia privada en los bordes del mundo social, ella contiene en sí misma también un sentido político porque va más allá del relato del sufrimiento individual: conteniéndolo se dirige a los otros.

A lo largo de mi trabajo de campo comprendí que los actores políticos e institucionales, así como muchos analistas sociales involucrados en la cuestión de las personas sin techo, interpretan el relato del sufrimiento de estas últimas únicamente como la imposibilidad de liberarse de la situación traumática de la vida en la calle. Encierran de esa manera a estas personas en su propia interioridad sin salida, cautivas de un duelo pasivo inmensamente individualizado. Participan así del silenciamiento de un relato que sin embargo busca la mirada del otro, el reconocimiento social. De este modo esos actores olvidan que hablar del sufrimiento de parte de los sin techo, sobre todo en el espacio público, es solicitar al otro, despertarle la curiosidad y la inquietud social por el otro-en-necesidad y ofrecerle un lenguaje a descifrar para que se vuelva un saber humano plural.

Las personas en situación de calle ponen en escena, en público, sus cuerpos heridos y relatan sus padecimientos. Develan así irresponsabilidades políticas, injusticias, juicios arbitrarios. La expresión del sufrimiento interpela, busca la comprensión1, porque las personas sin techo hablan con la certeza de que han tocado el fondo, dicen desde su sufrimiento una verdad que paradójicamente da vida, porque ayuda a no olvidar. Un sufrimiento que constituye esencialmente un testimonio social, y como tal espera que haya una escucha2, que haya un auditor, una compañía-refugio que dé confianza y que junto a los sin techo, cree las condiciones para la emergencia del relato de una vida que conjugue de una manera inesperada, aunque lógica, las desesperanzas de una situación extrema, el gusto amargo de una vida de trabajo interrumpido, la aflicción de un hijo alejado, la sombra de un sueño inacabado, el horror de la incertidumbre en la pobreza, pero también las alegrías de las amistades pasadas y presentes, el honor del viejo trabajador, el coraje cotidiano y sus resignaciones también. Es ese relato de una vida entera el que permite “estar todavía allí”, estar siempre allí, una presencia inalienable. Es precisamente frente a ese “estar allí” que habría que detenerse. Detenerse ya y abandonar la idea de que el tiempo es eterno y atrapar al vuelo la oportunidad que el tiempo presente, experiencia preciosa y única, nos ofrece, cuando nos confrontamos en el espacio público o mediático a las personas sin techo, oportunidad de transformar nuestro sentimiento privado de compasión y de piedad hacia ellas en un sentimiento político y social de cólera y de indignación. Un sentimiento que pueda tomar cuerpo al unísono con el otro en un mundo común sin excepciones. Y como Alicia nos lo recuerda: “No callar, no callarse”.

Durante un tiempo continué viendo a Alicia. Sus pies se curaron lentamente. Una vez más se puso los zapatos del Secours Populaire: “Me van a retar nuevamente, pero no quiero continuar con pantuflas como una vieja, siempre usé zapatos de tacón alto. Sabes, no es porque uno está en la calle, que no te van a gustar las mismas cosas que a los otros, o que a vos.” Las pantuflas las puso en su bolso, ahí donde guardaba preciosamente una parte de su vida: “para cuando tenga los pies cansados” me aclaró, convencida de que continuará caminando aún mucho tiempo en las calles de una República olvidadiza de sus derechos ciudadanos.

Algún día el político y el ciudadano distraído o indiferente deberán escuchar lo que Alicia dice y así, por medio de un actuar justo, lograr contradecirla. Para ello, deberán observar su lucha cotidiana por estar allí de una manera obstinada, ocupando el espacio de los que no están más. Deberán sobre todo comprender que la presencia de Alicia y de tantos otros en su situación, constituye una verdadera prueba visible de una deuda social, extrañamente aceptada, que ni uno ni otro han honrado y frente al cual se deshonran.

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1Esto nos recuerda lo que afirma Jacques Rancière cuando se refiere a los obreros : “Los obreros no hablan en primer lugar para gemir o amenazar, hablan para ser comprendidos” Alain Faure y Jacques Rancière, La parole ouvrière, Union Genérale d’Editions, 1976, p.10
2Walter Benjamin, Le conteur, Œuvres III, Gallimard, collection « Essais », n°374, 2000, p. 114-151.