* Palabras al Margen

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Yo me imagino que se trata de un matrimonio heterosexual de edad media que acaba de ver en la televisión (o de leer en el periódico) que nuevamente se discute la posibilidad de extender el matrimonio para las parejas del mismo sexo. El dibujo explica lo que la frase enuncia de manera implícita. El matrimonio no es un horizonte de emancipación, todo lo contrario. Como me dijo una amiga hace algunos días en un bar, cuando recordaba el día en que su esposo le pidió matrimonio y ella le contestó, “pero si todo va muy bien, por qué te quieres casar?” El sufrimiento que el matrimonio ha causado en la pareja se hace visible en la topografía del dibujo. La distancia es tanto corporal como visual. Cada uno parece absorto en su propio mundo. La pareja comparte un espacio—la sala de la casa—para hacer explícito lo que ya no comparte, cada uno en su rincón y con su medio diferenciado de acceso al mundo del espectáculo (la televisión y el periódico). La des-erotización de la imagen también advierte el posible costo de su legalización. La pareja heterosexual le dice a la pareja homosexual que la sanción jurídico-política de su relación, la tan buscada legalización del matrimonio como horizonte de emancipación, puede significar la muerte del deseo, el sacrificio del placer, la subsecuente codificación de la sexualidad transgresora de la homosexualidad en la agenda inclusiva del estado liberal en la monogamia familiar.

Si la caricatura representa un desafío en el contexto colombiano es, precisamente, porque la inquietud que formula esta pareja heterosexual no está motivada por los absurdos prejuicios reaccionarios y conservadores que se esgrimen contra gays y lesbianas para justificar su exclusión, sino por un implícito reconocimiento al valor político y emancipatorio de la homosexualidad en su capacidad para contestar la hetero-normativa regulación del deseo. Es decir, por un lado es claro que la campaña por la legalización del matrimonio entre las parejas del mismo sexo en Colombia, como en muchas otras partes del mundo, descansa en una lucha histórica de los movimientos sociales—principalmente del movimiento LGBTQ—contra la normalización de la heterosexualidad y la desigualdad política y social que dicha normalización reproduce. La ley, la codificación jurídica del comportamiento sexual, es, sin duda, un espacio privilegiado de contestación política. En la medida en que el reconocimiento jurídico que otorga el Estado a la relación heterosexual determina ciertos beneficios, su no-reconocimiento a las relaciones homosexuales también determina toda una serie de exclusiones.

Menos visible, pero igualmente importante, es la reificación estatal que tal lucha reproduce y que se traduce ya no en emancipación sino en sufrimiento. Lo que la pareja heterosexual de la caricatura puede sugerir es que todo un discurso liberal alrededor del Estado —como “arbitro neutral— y del ciudadano —como “sujeto de derechos— resulta silenciosamente re-legitimado. Así como la lucha por el matrimonio igualitario hace visible que la universalidad jurídica que reclama el Estado colombiano en realidad articula una muy excluyente particularidad —la monogamia heterosexual como norma—, esta lucha también reproduce el fetichismo que hace del Estado el espacio ideal de reconocimiento social y político sobre la base de una identidad y el matrimonio como horizonte del deseo. En este caso es importante hacer una aclaración. No se trata simplemente de decir que la legalización del matrimonio, si bien no obliga a la monogamia y el matrimonio, sí promueve estas prácticas en la medida en que participa de la ideología que privilegia las relaciones socialmente sancionadas por el Estado contra aquellas que no buscan su reconocimiento en mediaciones jurídicas. Se trata de problematizar lo que pasa cuando un problema político de igualdad, que gira en torno a la forma de vivir el deseo, se codifica jurídicamente en el Estado.

Es por esta razón que considero útil volver a La Cuestión Judía de Marx, escrita en el otoño de 1843, en respuesta al intento de Bruno Bauer por sustentar la emancipación de una identidad religiosa—la judía—mediante la secularización del Estado. De forma homóloga, la no discriminación sexual por parte del Estado, a la hora de sancionar el matrimonio, se manifiesta como la emancipación política de una identidad sexual. De ahí la utilidad del texto de Marx. Sin desconocer el anti-semitismo de su argumento, que termina por reducir el judaísmo al comercio capitalista, hay tres elementos que me parecen vitales en su crítica. En primer lugar, lo que Wendy Brown llama la de-literalización tanto de la religión como de la secularización, por medio de la cual Marx “logra establecer que la religiosidad es inherente al Estado, no en sus explícitos pronunciamientos religiosos sino en su ideología trascendente” (mi traducción, Wendy Brown, States of Injury, p. 105). La religiosidad del Estado en tanto identidad no literal —como sucede con su particular privilegio de la heterosexualidad y la monogamia— reside, en este caso, en remplazar la igualdad por la declaración jurídica de la igualdad, una declaración que no solo no libera al individuo de las condiciones sociales y políticas que condicionan su identidad sexual como subordinada e inferior, sino que la vuelven a subyugar a partir de la sustitución de experiencias concretas en las que se vive su exclusión por abstracciones políticas en donde se reivindica su inclusión.

En segundo lugar, la concentración de la lucha política en la codificación jurídica que opera el Estado, niega y oculta los condicionamientos materiales del nuevo “sujeto de derechos”. No se trata ya de demostrar la religiosidad del Estado secular, sino la función política que opera esta distinción entre lo religioso y lo secular, y que reside en ocultar el tipo de religión —no literal— que aún informa la estructura política secular en tanto que justifica y promueve la brecha entre una vida terrenal degradada y una vida celestial inaccesible a partir del rechazo discursivo de una religiosidad que materialmente reproduce su idealismo. Algo similar sucede cuando el Estado articula su hetero-normatividad, ya no a partir de un privilegio explícito de la heterosexualidad y de una exclusión explícita de la homosexualidad, sino precisamente a partir de la no-discriminación sexual en su sanción sexualmente “neutral” del matrimonio. Finalmente, la emancipación estatal opera como una forma de neutralizar, políticamente, los poderes sociales que legitiman la heterosexualidad como norma al despolitizar los contra-poderes sociales que legitiman las otras formas de vivir el deseo y que se resisten incluso a su codificación discursiva en categorías sociales y fijaciones identitarias. Dicha neutralización y desmovilización reside en fijar, jurídicamente, el horizonte de la lucha en un derecho constitucional. El Estado, en este sentido, practica su soberanía mediante la despolitización de la lucha, ahora codificada según los parámetros de la familia nuclear “sexualmente neutral” como horizonte. Ya no se trata de la homosexualidad que transgrede las normas, genera una ruptura, rechaza los procesos de subjetivización por medio de los cuáles los individuos resultan clasificados —heterosexual/homosexual— y resiste las formas burocráticas a partir de las cuáles la sexualidad del sujeto se vigila y se controla, sino de inscribir dicha sexualidad en la estructura burocrática del Estado para alcanzar una igualdad formal frente a la ley.

Aquí cabe recordar que Marx celebró la emancipación política como una etapa necesaria, aunque limitada, en el progresivo avance hacia la emancipación social mediante la lucha de clases, en donde la igualdad formal del idealismo estatal terminaría por traducirse en una verdadera igualdad material. En ausencia de una visión teleológica de la historia, la emancipación política de la sexualidad, mediante la legalización del matrimonio entre las parejas del mismo sexo, resulta más discutible. Si bien es cierto que la igualdad jurídica promueve, a nivel tanto simbólico como material, la igualdad real entre distintas formas de vivir la sexualidad, también naturaliza la producción disciplinaria de la identidad sexual que buscaba empoderar al hacer del Estado el vértice de su re-producción simbólica. La igualdad socio-sexual que la ley establece no se puede desasociar ni del complejo aparato jurídico y burocrático que reproduce todo tipo de desigualdades, ni de las tecnologías de poder por medio de las cuáles al mismo tiempo se vigila y disciplina la sexualidad que se empodera.

La caricatura funciona como una advertencia contra este tipo de despolitización ideológica, en donde el matrimonio, la monogamia, la vida en familia, los valores que caracterizan la heterosexualidad burguesa y su andamiaje disciplinario, aparecen —sin ser suficientemente problematizados— como los horizontes normativos de la igualdad sexual que lucha por el matrimonio igualitario. La pareja heterosexual de la caricatura se pregunta ¿por qué quieren sufrir como nosotros? No porque no sea consciente del sufrimiento que implica no tener la posibilidad de casarse o no, sino por temor a que la pareja homosexual no sea consciente del sufrimiento que también implica tener esa posibilidad. Lo que la pareja heterosexual —en clave marxista— advierte es que la posibilidad de elegir entre casarse o no, de ejercer o no ese derecho, no implica solamente que la homosexualidad “avanza” hacia la igualdad, sino también que todo un discurso liberal, con su énfasis en la reforma jurídica y el relato del ‘progreso’, vuelve a silenciar el modo en que dicho discurso participa en las exclusiones sociales de las que ahora se reclama emancipador.

Claro que no es lo mismo hablar del sufrimiento que acarrea el matrimonio cuando uno tiene la posibilidad de casarse con quien desea sexualmente, que hablar de ese mismo sufrimiento cuando dicha posibilidad no existe. Aún así, no es lo mismo hablar del matrimonio igualitario como emancipación política, que hablar del matrimonio igualitario como un derecho que —al mismo tiempo— empodera pero que también regula. El matrimonio igualitario es un derecho que reduce la estigmatización, pero que también produce determinadas formas excluyentes del deseo; que permite una elección, pero que también fetichiza esa elección como parte de la ideología liberal que la promueve y la sostiene; que busca incluir, pero que también reifica la igualdad que no puede conferir; que intenta responder a la demanda de universalidad que se le hace desde la democracia, pero que al mismo tiempo desmoviliza dicha apertura democrática al re-introducir su particularidad como objetividad neutral de la ley que oculta el propio poder que ejerce. Carente de una visión teleológica de la historia, es preferible cultivar una sensibilidad política trágica en la que se defienda el matrimonio igualitario por sus siempre limitadas contribuciones a la igualdad y la des-estigmatización de la homosexualidad, al mismo tiempo en que se advierte la sexualidad —no literal— del estado jurídico-político que soporta, con su conservadora inclinación hacia la familia, la monogamia y el matrimonio como unión sexual legítima.

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1http://www.condenaststore.com/-sp/Gays-and-lesbians-getting-married-haven-t-they-suffered-enough-New-Yorker-Cartoon-Prints_i8544598_.htm