* Palabras al Margen

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Estos son los lugares a donde los parisinos van a tomar una copa con sus amigos las noches del viernes, donde celebran los cumpleaños o dan cita para una cena romántica no demasiada formal. Estos son los lugares donde París disfruta de la vida después de una semana de trabajo. Estos son los sitios que se han convertido en los blancos de los terroristas de una red global oscurantista y opresiva.

Más que el centro del poder o de las finanzas, atacaron la mejor parte de nuestro estilo de vida: los lugares donde compartimos emociones escuchando a una banda en una sala de conciertos, viendo un partido de fútbol en el Estadio de Francia o en la pantalla de un bar lleno de gente, donde conversamos animadamente alrededor de las mesitas de restaurantes alejados de los puntos turísticos y del oeste ‘burgués’ de la ciudad. En esta felicidad compartida de la noche de un viernes cualquiera late el corazón de París.

En esa noche del viernes, los jóvenes que celebraban la vida se convirtieron en blancos. París era su ciudad.

Los asesinos eran también jóvenes, al parecer aún más jóvenes que sus víctimas. Y por lo menos algunos de ellos eran tan parisinos como sus víctimas. Conocían perfectamente el barrio donde los parisinos se reúnen y celebran los viernes por la noche.

Los que celebran la muerte dispararon contra los que celebran la vida. El campo de batalla es global. Y París, obviamente, se encuentra en el corazón de esta batalla. El discurso del odio y los proyectos totalitarios del Daesh encontraron eco en el corazón de esta ciudad global. Los tiroteos, bombas y matanzas de Siria e Irak resuenan en nuestras calles.

Los flujos globales de odio y la radicalización atraviesan la ciudad y el mundo, y someten a los pueblos en nombre de una ideología que está más cerca del fascismo que de alguna religión. Estos flujos se originan en el Estado Islámico, pero también en los suburbios de París y de Europa y en el corazón de nuestras ciudades. Mucho antes de los ataques en contra de Charlie en enero, sociólogos como Farhad Khosrokhavar demostraron cómo la radicalización opera en nuestras cárceles y nuestras ciudades. Estos jóvenes radicalizados no crecieron en Siria o en Irak, sino en Francia y Bruselas. Ellos integran batallones de sangrientos guerreros en el Medio Oriente. También operan en su propio país y en su ciudad natal.

Las raíces de estos ataques terroristas son profundas. Se encuentran en parte en Siria e Irak, pero también en nuestras ciudades francesas y europeas. En esta ciudad global que promete Libertad, Igualdad y Fraternidad, y que no da las mismas oportunidades a todos para construir una vida con sentido y para celebrar la vida a su manera. Conmemoramos este año los 10 años de los disturbios masivos de los suburbios franceses, sin que se haya dado una respuesta política y social a la altura del desafío.

Ahora que la información entra lentamente a nuestras cabezas y que nos damos cuenta de que no es una pesadilla, ¿qué podemos hacer frente a los ataques que terroristas perpetraron en París teniéndonos a todos como blancos? Ceder en nuestros valores sería una auténtica victoria para ellos. Permitir que el miedo amenace nuestros estilos de vida, nuestra voluntad de celebrar la vida, la amistad y las noches del viernes sería un acto de rendición. Eso mismo sería caer en la estigmatización de los musulmanes jóvenes que viven en nuestras ciudades y que ya sufren de una fuerte discriminación. Caer en estas trampas fáciles nos haría caer en el juego de los terroristas, dividiendo nuestras sociedades aún más y permitiendo que crezca el contingente de quienes celebran la muerte. Sería la renuncia a los valores y el estilo de vida prometidos y encarnados por París, la noche del viernes, más que en cualquier otro día de la semana.

El atentado reciente en la manifestación por la paz en Ankara nos recordó que los activistas por la paz y la sociedad civil son los peores y más efectivos enemigos de quienes buscan la guerra y el autoritarismo y, por lo tanto, se pueden convertir en sus objetivos. Los ataques del viernes por la noche en París nos muestran que la felicidad y la celebración de la vida son los enemigos de los que quieren arrastrar a los jóvenes hacia el terror y del proyecto fascista totalitario promovido por Daesh.

La noche del viernes, los jóvenes que celebraban la vida se convirtieron en blancos. París era su ciudad. París lo sigue siendo.

Geoffrey Pleyers es Profesor de sociología en la Universidad de Lovaina y en el CADIS-EHESS París. Es el presidente del comité de investigación 47 “Movimientos sociales” de la Asociación Internacional de Sociología. Sus textos y artículos están disponibles en www.uclouvain.academia.edu/GeoffreyPleyers Geoffrey.Pleyers@uclouvain.be