* Palabras al Margen

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Es claro para los excluidos, los marginados, los empobrecidos, los silenciados, los desarmados y ahora los armados que es la hora de la paz en Colombia. Hay coincidencias de que no es una paz a cualquier precio, no al precio de propiciar beneficios políticos a unos y rentas a los otros y en cambio de silenciar a los demás. Las cinco décadas de guerra parecen suficientes para que los mayores, los que ponen reglas, orientan discusiones, gobiernan y representan a los que tienen un inclaudicable espíritu de guerra, entiendan que los jóvenes y la niñez no pueden seguir esperando eternamente que cambie el camino de obstáculos que les impide vivir en el presente y les elimina el futuro.

En 2012 Colombia alcanzó el puesto 144 entre 158 países sobre los que se aplicó el Índice de Paz Global de las Naciones Unidas. Las tablas marcan a un país en rojo en máxima alerta de inviabilidad, que comparte posiciones con Chad, Libia, Siria, Somalia y Afganistán; de los cuales la prensa oficial no cesa de informar y mantener vivas las imágenes de la muerte. Los noticieros registran aviones bombardeando, tropas disparando, estelas de humo en todas partes, cuerpos arrastrándose. De Colombia, en cambio, escasamente se sabe actualmente de cifras parciales, de tropas con corazones pintados y alentados por la fe en una causa interminable, difusa, que pocos entienden que no es otra cosa que asesinar con eficacia, destruir para llegar a la victoria.

En los últimos 3 años el comportamiento de la paz ha ido en retroceso, pasó del puesto 130 en 2009 y 139 en 2010 y 2011 al 144. Va ganado la muerte, es mejor la capacidad de la guerra, más sangre derramada en las filas de hermanos colombianos, todos salidos de la clase social que está por fuera del poder. En el mismo tiempo, en cambio, la economía regentada por la clase vinculada al poder ha logrado estabilidad en los niveles de crecimiento real del PIB con un 4.4% en 2009, 3.9% en 2010 y 2011 y superior al 3.6% en 2012 (datos de Economist).

La tendencia en la última década se mantiene en los dos aspectos: paz en detrimento y mercados en crecimiento. La confianza inversionista se levantó sobre las cifras de la muerte, entró a hacer parte de la cotidianidad creer que a más “enemigos liquidados” mayor seguridad y prosperidad colectiva. Sin embargo la realidad muestra que aumentó la concentración de la riqueza a la par con el sostenimiento de los volúmenes de pobreza, no hubo redistribución de la riqueza conquistada, ni el capital producido sirvió para rebajar los indicadores de la guerra. Las compañías extranjeras ampliaron su participación en la extracción y explotación de recursos pero no ofrecieron empleo, ni condiciones de mejor bienestar o redistribución de las riquezas extraídas al suelo, subsuelo y patrimonio de la nación.

A 2012 las empresas extranjeras se muestran posicionadas en el país con un crecimiento de sus inversiones que pasaron de 10.620 millones de dólares en 2008 a colocarse por encima de 13.000 millones de dólares en 2012 (datos de Proexport). Lo más significativo es que los excedentes obtenidos resultan inmorales en un país de guerra. Por cada dólar invertido obtienen otro dólar de ganancias, que no son reinvertidas en Colombia, sino que alimentan los capitales privados de inversionistas que, a la manera de los mercenarios, no les importa el país que les da la confianza y menos la estela de dolor y sufrimiento que dejan a su paso. Para ellos por encima de la vida humana y del equilibrio del planeta importan los negocios, los buenos negocios. Además cuentan con el vertiginoso papel del capital financiero para el que se produjeron reformas especiales a costa de miles de empleados despedidos y de eliminar del sector los derechos (para ellos barreras) que permitieron la privatización de los bancos nacionales dando mayor libertad y garantías a la banca trasnacional que ha universalizado los negocios con exorbitantes ganancias que los periódicos oficiales señalan, con grandes titulares de primera página, destacando el éxito inmoral del capital, mientras en letra pequeña anuncian las pérdidas sufridas por los débiles ahorros de asalariados, de pensiones de jubilados, de recursos de sanidad, educación y desalojo de viviendas de quienes no lograron pagar los impagables intereses.

El índice de paz global mide el número de muertos en la guerra, el número de homicidios, el número de desplazados, el nivel de criminalidad, el nivel de respeto por los derechos humanos, el gasto militar, el número de personal militar, el número de personas encarceladas, las compras de armamento y el nivel del conflicto, entre otros. Este contenido permite identificar la paz como una creación de la cultura que se aprende, se enseña, tiene prácticas sociales, tiene un lenguaje que la anuncia y explica, unos contenidos materiales que la vuelven realidad. Por eso la paz no puede ser una fórmula de garantía que se puede comprar a cualquier precio.

Al tomar como ejemplo el Índice de Paz Global, hay que trabajar sobre el todo pero también sobre cada una de las partes del indicador en específico. Hay que abolir la posición errada del Estado de adelantar el proceso guiado por la tramposa formula israelí de “negociar como si no hubiera guerra y hacer la guerra como si no hubiera negociación”. Hay guerra por eso hay negociación. El objetivo no es acabar la insurgencia, si no acabar el conflicto. El Estado no puede jugar un juego de ganadores con cartas marcadas para tratar de salir de la insurgencia, eliminarla, aislar sus bases de su dirigencia, sino eliminar el conflicto, cerrar el capítulo del uso de las armas como instrumento de acción política y social. Se trata de negociar para derrotar al conflicto, no para derrotar al adversario. No puede haber un doble lenguaje como si fueran dos estrategias, debe haber una sola: apostarle a la paz. Es preciso detener los alientos a la guerra, el afán de tener héroes antes que seres humanos, forjar ambientes de paz, desarmar a los armados por fuera del conflicto.

No se puede mejorar la posición de Colombia en el Índice de Paz sin abordar la economía, sin revisar el sentido de la confianza inversionista, sin abandonar la persistencia por imponer un modelo de pax romana de vencedores, sin empezar a disminuir los gastos de la guerra y a aumentar los de la paz representados en educación, salud, vivienda, agua potable, vías, infraestructuras. El Estado está llamado a convocar a la nación, a los movimientos sociales, a los excluidos del poder político y económico para crear mecanismos de redistribución de la riqueza nacional, de la biodiversidad, de los recursos energéticos y mineros, de las patentes agrícolas.

La paz es un riesgo del que tenemos que ocuparnos los hombres y mujeres de este país, los armados y los desarmados para eliminar la amenaza de quienes hacen cálculos políticos o empiezan a orientar sus artefactos de manipulación para minar las bases de la mesa de conversaciones y preparar la retirada. En paz los negocios también son prósperos pero pueden ser más justos y los jóvenes vivir sin carencias, con oportunidades y con dignidad. La paz es una herramienta que sirve para recuperar la dignidad nacional superando el terrible lastre de ocupar los primeros lugares en matarnos y en asumir el despojo como regalo. La paz no resulta solo de la firma de un acuerdo, hay que aprender su lenguaje, su discurso, sus prácticas, sus valores, sus modos de convertirla en bienestar y respeto por los derechos y esencialmente por los seres humanos y el entorno natural.