* Palabras al Margen

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En consecuencia, estas elecciones, que podían ser percibidas como un plebiscito sobre las políticas del gobierno Santos antes de la primera vuelta, ahora parecen representar un plebiscito en favor o en contra del retorno del uribismo en el poder. Esta transformación ha sido instantáneamente entendida dentro de la izquierda colombiana, tanto por los electores como por las distintas corrientes que la componen, siendo objeto de un profundo debate. Básicamente, son dos las preguntas que ocupan los espíritus de la gente de izquierda desde el domingo pasado. Dos preguntas que parecen bastante idénticas, pero cuyas respuestas pueden llevar a decisiones muy diferentes: ¿Santos y Zuluaga representan opciones políticas distintas? ¿Colombia tendrá el mismo futuro bajo un gobierno de Santos que bajo un gobierno de Zuluaga?

Existen posiciones variadas dentro de la izquierda con respecto a estas dos preguntas, que aportan elementos de respuestas interesantes. Por lo general, a la excepción de Petro cuyo respaldo a Santos desde la primera vuelta puede ser entendido más como una maniobra política en beneficio personal que como el resultado de un análisis político, la gran mayoría de los sectores de la izquierda coinciden en que las diferencias políticas entre Santos y Zuluaga son mínimas. Ambos son considerados, con razón, como dos representantes de un modelo neoliberal productor de un empobrecimiento de las clases populares y de la apropriación del territorio nacional por parte de las grandes empresas multinacionales.

Sin embargo, y a sabiendas de que los dos candidatos tienen un programa político y socio-económico muy parecido, es necesario mirar un poco en detalle para introducir algunos matices. En primer lugar, la llegada al poder de Santos se tradujo por una ruptura bastante neta con la diatriba guerrerista y polarizadora de su predecesor Uribe, al hacer uso de un discurso relativamente más respetuoso de los derechos humanos y sobre todo al reconocer la existencia de un conflicto armado interno. Paralelamente, Santos reconoció la existencia de las víctimas y llegó a votar la Ley de Víctimas y de Restitución de Tierras (Ley 1448), que si bien contiene serias deficiencias representa un avance que nunca hubiese sido posible bajo el gobierno anterior. Además, cabe señalar que Santos logró acercarse a los países vecinos, especialmente a Venezuela, con quien Uribe tenía relaciones muy conflictivas.

En consecuencia, es posible afirmar que si bien las diferencias políticas entre Santos y Zuluaga son muy limitadas, la actuación del gobierno actual, en comparación con el gobierno anterior, permitió la recuperación de pequeños espacios democráticos. Basta con recordar, entre otros, el pésimo panorama de los derechos humanos bajo los ocho años de poder de Uribe y el espionaje y señalamientos sistemáticos a los opositores de tener relaciones con la insurgencia. Es importante no tener la memoria corta y volver a pensar sobre lo que representó el uribismo éticamente para el país, es decir, la penetración más fuerte de la criminalidad paramilitar dentro del Estado colombiano, simbolizada por ejemplo por los aplausos que recibió Salvatore Mancuso durante su discurso en el Congreso, que marcaba la victoria de la “refundación de la patria”.

En cuanto a la segunda pregunta, sobre el futuro de Colombia con un gobierno de Santos o de Zuluaga, las opiniones dentro de la izquierda divergen y se traducen en opciones diferentes. Muchos destacan la existencia del proceso de paz con la guerrilla de las FARC para hacer entender que es necesario votar por Santos. Esta decisión se basa en el hecho de que el país nunca había estado tan cerca de un acuerdo con la FARC y que la continuación del gobierno de Santos podría llevar al final del conflicto armado, mientras que la victoria de Zuluaga significaría indudablemente el fracaso de las negociaciones y el regreso a una guerra total y sucia. Sin embargo, existe otra corriente que tiende a minimizar este factor para enfocar el debate sobre la similitud casi total entre Santos y Zuluaga, llamando a votar en blanco o a abstenerse. Los que defienden este argumento concentran su atención sobre la primera pregunta y dan un NO contundente como respuesta, dejando de lado la segunda o equiparándola a la primera.

Esta última posición ha sido defendida particularmente por el MOIR, con el senador Jorge Robledo a la cabeza, que desarrolla desde hace cuatro años el argumento de que Santos y Uribe son exactamente lo mismo. Además, el análisis político que hacen del país se ha caracterizado por una subestimación de la importancia del conflicto armado y de sus efectos. Como principal defensor de un supuesto purismo ideológico, Robledo deja entender que alguien realmente de izquierda no podría votar por Santos en la segunda vuelta, haciendo uso de argumentos algo artificiales, como por ejemplo la afirmación de que es “de talante fascista obligar a la gente a escoger entre uno y otro o condenar a la hoguera a quien no escoge”1. Así, Robledo justifica su posición denunciando la instrumentalización de un supuesto clima de miedo y de la “carnada” del tema de la paz para manipular al electorado, mientras que al mismo tiempo usa argumentos para confundir a los electores de izquierda, dejando entender que si el Polo llama a votar por Santos significaría que el partido ya no podría estar en la oposición en un eventual segundo mandato.

Sin embargo, una mayor toma en consideración de la pregunta acerca de las consecuencias para el futuro del país nos puede llevar a consideraciones claves al momento de escoger cuál debe ser el voto. En primer lugar, cabe señalar como hecho fundamental y característico de los últimos años el resurgimiento de los movimientos y de las protestas sociales. Según un informe reciente del CINEP, el 2013 fue el año con el mayor número de luchas desde 1975, con 1.027 protestas registradas2. En estos últimos años se crearon oficialmente, y no dejaron de crecer, dos grandes movimientos de convergencia de las luchas populares: el Congreso de los Pueblos y la Marcha Patriótica. De manera general, se han multiplicado los escenarios, tanto regionales como nacionales, de protesta en contra del modelo neoliberal. Eso se ha dado durante el periodo en que Santos y no Uribe estaba en el poder, y es permitido pensar que no es por casualidad. No porque exista una proximidad entre estos movimientos y Santos, sino por el relativo cambio que se dio en la situación general del país que permitió la recuperación de estos pequeños espacios democráticos que evocamos anteriormente. Es posible pensar que fenómenos como el gran paro agrario del año pasado o la elección del campesino Alberto Castilla al Senado simplemente no hubieran podido tener lugar bajo el gobierno de Uribe.

Por lo consiguiente, es legítimo temer que la lucha popular se vea muy afectada y restringida por el retorno de un gobierno uribista. Es más, el regreso a la presidencia del uribismo, con su cercanía tanto ideológica como personal con el proyecto criminal paramilitar, significaría sin duda un debilitamiento muy fuerte de la oposición en general, incluso a través del asesinato de muchos militantes o personas comprometidas con las diferentes luchas. El muy probable fortalecimiento de los nuevos grupos paramilitares conllevaría a un verdadero riesgo de muerte para los militantes de los movimientos sociales que han dado la cara en los últimos años, sobre todo en las zonas rurales. Algunos dirán que se trata de un escenario catastrófico, pero la historia de Colombia y la experiencia de ocho años de un gobierno uribista permiten pensar que es sólo la descripción de un riesgo factible, donde la izquierda sería reducida a la mera resistencia y a la supervivencia.

Las consideraciones con respecto al futuro del país nos llevan también, de manera evidente, a reflexionar sobre el proceso de paz. Las negociaciones que han empezado bajo el gobierno saliente ya han conocido avances sin precedentes y su buen término abriría un escenario absolutamente nuevo para Colombia. Lo primero que hay que señalar, que parece obvio pero que tiende a olvidarse cuando uno vive en los grandes centros urbanos, es que el final del conflicto armado debería significar una baja considerable de personas asesinadas y de violaciones a los derechos humanos, lo que no es un asunto de poca monta. Lo segundo a subrayar es que el final del conflicto armado también tendría efectos claramente políticos y en favor de la izquierda. Concretamente, abriría un escenario inédito donde las fuerzas de izquierda dejarían de ser señaladas de colusión con la insurgencia armada y podrían luchar con “armas legales” junto a las demás fuerzas políticas.

Esto significa que el conjunto de los movimientos de izquierda podrían continuar la lucha por lo que consideran como una auténtica paz, a saber una paz con democracia, justicia y equidad social. Porque hay una cosa clave que el conjunto de la izquierda debería tener en mente, y es que no habrá nunca un gobierno de izquierda en Colombia mientras existan las guerrillas, cuya existencia ha sido instrumentalizado constantemente por la oligarquía para descalificar todo pensamiento de izquierda. Algunos dirán que se trata de un escenario utópico y que no hay ninguna garantía de que el proceso de paz llegue a buen puerto con Santos, y sí los riesgos existen, sin embargo algo es seguro, y es que este escenario es absolutamente imposible con Zuluaga.

En conclusión, y a la hora de escoger, es importante dejar las cosas claras sobre lo que significa, en el contexto de la segunda vuelta, votar por Santos. No para dar lecciones o juzgar a los que van a votar en blanco o abstenerse, sino para que cada uno pueda decidir en conciencia cual será su voto y ponerse a la altura de las circunstancias históricas. En primer lugar, votar por Santos no significa ni apoyarlo, ni darle un cheque en blanco, ni dejar de hacerle oposición. Igualmente, apoyar la continuación del proceso de paz no es hacer prueba de santismo sino defender un derecho constitucional que tienen todos los colombianos. Votar por Santos no significa renunciar a los idearios de izquierda sino absolutamente todo lo contrario, es crear las condiciones para que estos idearios puedan seguir creciendo, no solamente desde el Congreso sino desde todos los territorios de Colombia.

Sí, existe el riesgo de que el proceso de paz fracase durante un segundo mandato de Santos, pero se trata de un riesgo menor en comparación de las consecuencias posiblemente dramáticas que puede llevar una victoria de Zuluaga. El voto del 15 de junio no será un voto de confianza, ni un voto expresión de una opinión personal, será un voto por el futuro del país y en contra del proyecto mortífero uribista. Será un voto que va más allá de lo político, donde el pueblo colombiano tiene la oportunidad de hacer una manifestación ética en contra del uribismo.

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1 http://www.elespectador.com/noticias/politica/santos-y-zuluaga-son-mismo-articulo-494936
2 http://cedins.org/index.php/86-noticias/timas/545-luchas-sociales-en-colombia-2013-informe-cinep